El mito no lo había destruido. Lo había abandonado a su propio reflejo. Y sin un origen al cual oponerse, el imitador se deshacía. Porque su arte nunca había nacido del dolor, sino de la mirada ajena. Sin testigo, no había impulso. Sin impulso, no había obra. La tercera sombra sintió el cambio como un alivio inquietante. El aire se volvió menos denso, pero no más limpio. Sabía que algo había sido contenido, no resuelto. Se sentó frente a su propio vacío y dudó por primera vez si crear era un derecho… o una responsabilidad. El Fabricante, desde un lugar que ya no era lugar, cerró los ojos. No había victoria. Solo pausa.
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