El imitador, frente a la obra antigua, comprendió demasiado tarde su error. No había despertado al mito. Había despertado la herida original, esa que no distingue manos ni nombres, solo repetición. Y la herida no quería arte. Quería continuidad. El silencio se agrietó, apenas. Lo suficiente para que algo mirara de vuelta. Y el Fabricante supo que la espera había terminado. No para crear. No para corregir. Sino para cerrar lo que nunca debió quedar abierto.
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