El origen no despertó como una criatura. Despertó como un recuerdo que se niega a cerrar los ojos. No tenía forma, pero ocupaba espacio. No hablaba, pero alteraba el pulso de quienes se acercaban a las obras antiguas. Era una presión lenta en el pecho, una nostalgia sin rostro que pedía ser sostenida. El imitador lo sintió primero como una caricia equivocada: algo familiar que no ofrecía consuelo. Comprendió entonces que había confundido la puerta con el refugio. Las piezas primeras —aquellas donde el Fabricante aún dudaba— no estaban hechas para ser tocadas de nuevo. Eran sellos, no invitaciones. Al acercarse, el imitador creyó oír instrucciones, pero eran solo repeticiones de su propio deseo. El origen no guiaba: amplificaba. Tomaba la intención y la devolvía deformada, más grande, más urgente.
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