El imitador, incapaz de comprender esa quietud, empezó a deshacerse. No por castigo externo, sino por exceso de eco. Todo lo que tocaba devolvía su propia ansiedad. No había silencio que lo sostuviera. No había mirada que lo ordenara. El origen, sin juicio, lo dejaba repetir hasta vaciarse. Entonces ocurrió algo frágil y decisivo. El Fabricante retiró su atención. No como abandono, sino como cierre consciente. Dejó de mirar la herida, y al hacerlo, le negó alimento. El origen no murió; se volvió recuerdo. Un recuerdo que ya no exige repetición, solo cuidado. La grieta se estrechó. El eco se hizo leve.
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