Naomi
Después de su turno en el hospital, no pudo evitar pensar en la incidencia que había ocurrido días atrás sobre aquel hotel en la cual la suite principal tuvo que ser forzada para abrir, eso callo todos su pensamientos sobre su romance/ relación con Erik. Aunque ahora que él viajaba, no era su mayor preocupación o angustia, sabía que los días pasarían rápidos. Ante esto no pudo evitar pasar por el refugio del cuál una vez llegó a ser voluntaria antes de instalarse en San Francisco, California.
Al entrar recordó el olor a lavanda y a perro que tanto los caracteriza.
Allí tuvo recuerdos de ella y Stella de voluntarias, con la ropa mojada de tanto bañar perros y darles amor, el cual necesitaban. Al percatarse la encargada, la reconoció y saludo como en los viejos tiempos. Ahora le pregunto sobre sus otras mascotas y le comento sobre un caso un tanto peculiar. Al refugio había llegado una nueva perra, de pedigree la cual fue dada al refugio después de un decomiso en el hotel de lujo que aparece por dos semanas consecutivas en las portadas de periódico, redes sociales y noticias. Algo que a ella le causó mucha curiosidad.
Al entrar recordó el olor a lavanda y a perro que tanto los caracteriza.
Allí tuvo recuerdos de ella y Stella de voluntarias, con la ropa mojada de tanto bañar perros y darles amor, el cual necesitaban. Al percatarse la encargada, la reconoció y saludo como en los viejos tiempos. Ahora le pregunto sobre sus otras mascotas y le comento sobre un caso un tanto peculiar. Al refugio había llegado una nueva perra, de pedigree la cual fue dada al refugio después de un decomiso en el hotel de lujo que aparece por dos semanas consecutivas en las portadas de periódico, redes sociales y noticias. Algo que a ella le causó mucha curiosidad.
Allí dentro de una jaula, sobre un cojín de terciopelo que claramente no pertenecía al inventario estándar, descansaba Paris. Era un bichón maltese con el pelaje tan blanco que hacía que las nubes parecieran grises.
Es... especial —advirtió la encargada, bajando la voz—. No deja que cualquiera le ponga la correa.
Naomi se acercó con un juguete de goma chillón. Paris ni siquiera abrió los ojos; solo movió una oreja con un gesto de profundo desprecio, como si el juguete fuera una ofensa a su linaje.
Hola, su alteza —murmuró Naomi, sentándose en el suelo, pero manteniendo una distancia respetuosa.
Paris abrió un solo ojo, la escaneó de arriba abajo (deteniéndose un segundo de más en sus zapatillas crocs brillantes) y soltó un suspiro dramático. Con una elegancia coreografiada, se puso de pie, estiró sus patas delanteras y caminó hacia ella . No hubo lametazos; simplemente se sentó y espero cuál sería el próximo movimiento de la joven.
le ofreció una pata con la dignidad de una princesa esperando el beso de un plebeyo.
—Parece que has pasado la prueba de calidad —dijo la encargada, asombrada.
A lo que Naomi sonrió, entendiendo que su vida acababa de cambiar. No estaba adoptando una mascota; estaba contratando a una jefa que, seguramente, exigiría dormir sobre sus mejores sábanas.
Mientras la tomaba para rellenar los papeles de adopción no pudo evitar sacar un moño brillante para ponérselo a Paris y tampoco pudo evitar que al escribir el nombre del padre Erik le viniera a la cabeza. Y mucho menos pudo evitar cómo sería la vida de los canes con una nueva hermana aristócrata y la reacción de su hombre ante esta pequeña criatura de ambos.