Naomi
Evitar a Erik se volvió su misión , prosiguió con su vida casi normal sin contar a los
paparazzis hambrientos y los murmullos en el hospital.
Al saber que lo tendría que confrontar sentía un escalofrío en su cuerpo, además tenia a la principal defensora de Erik viviendo en su techo: Paris la cual solo la ignoraba y le daba miradas como preguntando dónde estaba su padre.
—No me mires así, Paris. Él se lo buscó —le dije una tarde, pero su majestad solo me dio la espalda con indignación.
Mis dudas sobre qué hacer se disiparon de golpe esa misma noche. Escuché unos golpes firmes en la puerta. No necesité mirar por el ojo de la cerradura para saber quién era; el ritmo de esos nudillos grabados en la madera era inconfundible.
Respiré hondo, reuniendo cada gramo de fortaleza que me quedaba, y abrí.
—Erik... —pronuncié, manteniendo la voz lo más firme posible.
—Naomi , por favor, solo escúchame —pidió él de inmediato, dando un paso al frente—. Sé que la cagué. Sé que puse tu mundo de cabeza y que estás pagando por mis errores. Pero no puedo estar sin ti. Esta distancia me está matando.
Antes de que pudiera responder, Paris rompió su huelga de silencio, pasó entre mis piernas y comenzó a saltar alrededor de las botas de Erik, moviendo todo el cuerpo. Él se agachó por un segundo para acariciarla , buscando en ella un aliado.
—Erik, mírame —le pedí. Él se incorporó despacio—. Te quiero. Dios sabe cuánto, pero lo que hiciste en esa fiesta fue el límite.
—Estaba defendiéndote...
—¡No, Erik! —lo interrumpí, y esta vez una lágrima rebelde se me escapó por la mejilla—. Estabas defendiendo tu orgullo. Se te provocó y caíste en su trampa.
—Hice lo que consideré más sensato para los dos —continué, abrazándome a mí misma—. Necesitamos darnos un tiempo.
—¿Un tiempo? No, Naomi, no me hagas esto. Puedo ir a terapia, puedo manejarlo, pero no me dejes.
—No te estoy dejando, oso rojo —le dije, usando su apodo con una ternura dolorosa—. Te estoy pidiendo que te des un tiempo para ti mismo.