Un día como cualquier otro caminaba por los pasillos de la escuela sintiéndome invisible. Todos pasaban a mi lado y me chocaban, porque así eran conmigo. ¿Qué tengo de malo?
—Oye, bicho raro —dijo un chico caminando hacia mí.
—¿Qué quiere? —le pregunté con mi voz suave y asustada a la vez.
—¿Por qué estás en este colegio, bicho raro? Tú no perteneces a este lugar —se acercó y me tiró un vaso de bebida. La gente alrededor no dijo nada, solo susurraba y reía.
¿Por qué me pasaban estas cosas a mí? ¿Por qué no podía ser una chica normal?
—¡Déjame, Raúl! —le grité mientras corría hacia la sala de artes.
La sala de artes era mi único lugar seguro en el colegio. Allí nadie me gritaba ni me miraba como un bicho raro. Las pinturas q había eran un refugio que, me hacía sentir viva y iluminaban toda mi existencia. Si no hubiera conocido el arte, no creo que estuviera muy bien, que digamos.
Saqué mi diario de la mochila y empecé a escribir todo lo que sentía en ese momento, mientras las lágrimas mojaban el papel.
—Valentina —dijo una voz suave.
—Linda, perdón, no tenías que verme así —respondí.
—¿Qué pasó, Vale? —me preguntó mientras me sacaba el diario de las manos y me abrazaba.
Lina, la encargada de la limpieza, me conocía desde que tengo memoria. Era amiga de mi mamá antes de que ella muriera. Lina era como mi mamá: siempre me consolaba, me abrazaba y me hacía sentir a salvo, como el arte.
—Otra vez Raúl y sus amigos —le dije llorando.
—Ese Raúl… le voy a decir al director otra vez.
—Lina, no se preocupe, no quiero más problemas.
—Bueno, mi niña, vaya a clases que se le hace tarde..