Mientras transcurría la semana, me di cuenta de que no estaba completamente sola. En el club me hice amigos, como Lucía y Mateo.
Lucía era una niña que luchaba con sus inseguridades, y Mateo era un chico muy creativo, pero con problemas de expresión verbal. Todos empezamos a compartir nuestras experiencias y a apoyarnos mutuamente. Me estaba gustando cómo se estaba generando este ambiente; nunca había creído que podría sentirme tan especial y cómoda.
—Cuando pintas tus emociones, dejas de cargar con ellas sola —dijo Lucía.
—Nunca lo había pensado así… me siento… mucho más ligera —respondí, sonriendo