Soy una persona de espíritu aventurero, siempre me ha gustado la sensación de peligro y la adrenalina, es indudable que amo las alturas y la velocidad, quien me haya conocido, alguna vez me habrá tildado de “loco” a causa de mis osadías y los riesgos que acostumbro a correr, siempre he sido así, mi madre lo notó desde que yo era muy niño e hizo hasta lo imposible por cambiar ese aspecto de mi personalidad, intentó infundir en mí por cuanto medio tuvo a su alcance miedo a la muerte y a las lesiones, pero por el contrario, mientras más lo intentaba, más me atraían aquellas actividades, sentía especial gusto por todas aquellas cosas que otras personas consideran peligrosas. Recuerdo que a los siete años me gustaba subir a lo más alto de los árboles, podía pasar tardes enteras en la rama más alta e incluso en la copa, divagando y descansando. En más de una oportunidad mi madre llegó a pensar que me había perdido o me había ocurrido algo, cuando me buscaban por los sitios donde solía jugar, y no me encontraban, a menudo me buscaban en el parque y
no me veían aun cuando allí estuviese, fueron varias las ocasiones en las que mi pobre viejita desesperó y lloró pensando lo peor, el problema era que cuando yo aparecía, el miedo se transformaba en furia y eventualmente ganaba mi buena reprimenda, claro está que con el tiempo terminó por acostumbrarse, o por lo menos ya sabía en dónde buscarme cuando me ausentaba durante varias horas.
Cuando tenía ocho años, para aquella navidad mis padres me regalaron mi primera bicicleta de Cross, creo que al poco tiempo se arrepintieron, puesto que les trajo más dolores de cabeza, me gustaba mucho buscar calles con descenso pronunciado, para mí era un éxtasis tomar el mayor impulso y adicionarlo a la fuerza de gravedad obteniendo así gran velocidad, de esta manera con mis amigos solíamos apostar las onces, ganaba el primero en llegar al final del descenso que hubiéramos elegido como reto, en más de una ocasión las cosas no salieron bien y terminé besando el pavimento o contra algún poste o pared, recuerdo que en dos ocasiones especificas el golpe fue más trascendental a las ya acostumbradas raspaduras en mis rodillas o en la cara, una vez me rompí un brazo, fue muy doloroso, tanto que mamá pensó que ese era el incidente que yo necesitaba para calmar mi ímpetu, pero en cuanto me recobre de la fractura mi confianza también se recuperó y volví a las andadas, de hecho, para aquel entonces comenzamos a construir ramplas para hacer trucos extremos con nuestras bicicletas. Era el mejor de mi barrio haciendo saltos, figuras y giros, aunque gracias a ello, obtuve mi segunda fractura, en una ocasión caí de manera aparatosa y mi rodilla sufrió un terrible desplazamiento, nuevamente fue doloroso y de nuevo mi madre tuvo la esperanza que con ello dejaría las locuras y seria como los demás niños que ella conocía, aquellos que solo jugaban trompo, bolas, yoyo y que lo más extremo que realizaban era jugar tintin corre corre[1]o jugar futbol apostando la gaseosa, pero de nuevo para su decepción, en cuanto me recuperé regresé a mis juegos habituales. De esa manera siguieron transcurriendo los años de mi infancia y adolescencia.
Cuando cumplí diecinueve años, llevaba dos años trabajando en una casa de eventos como mesero y en ocasiones haciendo parte de la corte para las niñas que celebraban sus quince años, esta labor la ejercía los fines de semana. Ahorrando gran parte de mis ingresos compré mi primera motocicleta, una Yamaha dt175 cc, desde que inicié a laborar era mi gran objetivo, sentía que debía darme ese gusto, debía tener el orgullo de lograrlo con mi sacrificio y trabajo dedicado, mi madre al verme llegar con mi amada máquina, puso el grito en el cielo, realmente le temía a las motos, diría que hasta el límite de odiarlas, por esa razón tuvimos una acalorada discusión.
─¡David explícame de donde salió esa máquina del demonio!─recuerdo que exclamó con incontenible ira y con una expresión de clara molestia ante la situación.
─De mis ahorros madre, he estado ahorrando hace un tiempo para cumplir ese sueño, no veo cual es el problema.
─¿Qué cuál es el problema me dices?, ¿me estás hablando en serio?, ¿es que acaso no has tenido suficiente con los huesos rotos por causa de tu embeleco de hacer maromas en esa tabla de skate o en esa bicicleta?, David por el amor de Dios deja ya de atentar contra tu vida, deja de poner en riesgo tu integridad y de paso de tentar al destino, vas a lograr que tal vez yo muera un día de un infarto por tanto preocuparme por ti.
─Ay mamá no seas exagerada por favor, es verdad que he tenido una que otra fractura pero no es para tanto.
─¿No es para tanto?, no puedo creer que le brindes tan poca importancia, a tu bienestar, no quiero ver esa maldita máquina, no quiero saber que un día de estos te mataras en eso.
─ ¡Mira!, el que la veas o no la veas no va a cambiar las cosas, a fin de cuentas hace mucho que ando en motos prestadas y para matarme no es necesario haberla comprado, la compre porque me gusta, amo la sensación de ir en moto a velocidad, amo la libertad que se siente y es algo que no cambiara en mí, ya a estas alturas deberías saberlo mamá, el amor por el riesgo es lo que define quien soy, no son caprichos es mi estilo de vida nací para el peligro y la adrenalina, nací haciendo bungee jumping con el cordón umbilical y es algo que nadie, ni yo mismo puede cambiar y punto.
─ ¿y punto, Eso es todo lo que dirás muchachito?
─Pues no veo que más decir, he trabajado muy duro y he ahorrado de manera disciplinada y sistemática, no soy como los chicos de mi edad que se la pasan bebiendo y de disco en disco, esa vida no me emociona no me gusta, la adrenalina es mi único vicio, mi única afición y es lo que realmente me motiva en la vida, así que sí, en verdad es todo lo que diré.
─Perfecto, no hay más que decir, pero sigo en desacuerdo.