Come back to me

I found you

El frío de la calle no se siente en la piel; se siente en los huesos. Izuku lo sabía bien. Había pasado tres meses viviendo entre callejones después de que el hospital le entregara una pequeña urna con las cenizas de su madre y el estado le quitara el derecho a habitar su pequeño departamento por falta de pagos. En aquel entonces, Izuku tenía siete años y el mundo era una masa informe de sombras y hambre.

Lo único que Izuku conservaba era un muñeco desgastado de All Might y la memoria del calor. Hasta que llegó él.

Esa tarde, tres niños mayores lo habían acorralado. No querían su dinero —no tenía—, querían su dignidad. Querían ver llorar al "niño de las sombras". Izuku se había hecho un ovillo en el suelo, protegiendo su muñeco contra el pecho, esperando los golpes que ya habían empezado a llover sobre sus costillas.

Entonces, el sonido de una explosión cambió su vida para siempre.

—¡Lárguense de aquí, extras de mierda! ¡Nadie toca lo que está en mi camino!—

Katsuki Bakugo no parecía un ángel. Parecía un demonio joven, con el cabello cenizo erizado y los ojos inyectados en una furia que quemaba más que el sol. Con apenas ocho años, ya caminaba como si el asfalto le perteneciera. Despachó a los abusadores con un par de estallidos de sus palmas y un par de gritos feroces.

Cuando el silencio regresó al callejón, Katsuki se giró hacia el bulto tembloroso que era Izuku. Lo miró con asco, pero también con una extraña chispa de posesividad.

—Oye, tú. Levántate. Das pena.—

Izuku lo miró con los ojos empañados. En ese momento, Katsuki no era un niño; era un dios. Era el salvador que su madre no pudo ser, el héroe que el mundo le había negado.

—No tengo a dónde ir —susurró Izuku, su voz rota por el desuso.

Katsuki chasqueó la lengua, lo tomó del cuello de la sucia camiseta y lo arrastró.

—Pues vendrás conmigo. Mi vieja no dejará de gritar si te dejo morir aquí y ensucias el vecindario.—

Desde ese día, Izuku Midoriya dejó de pertenecerse a sí mismo para pertenecerle a Katsuki Bakugo...O eso creía el.

Diez años después

El sonido de una explosión cerca de su oído lo trajo de vuelta a la realidad. Izuku no se encogió; su cuerpo ya estaba acostumbrado a la vibración del aire y al olor a ozono y nitroglicerina.

—¡Te dije que te muevas, Deku inútil! ¡Estás estorbando en el pasillo!—

Izuku parpadeó, enfocando la figura de Katsuki frente a él. Habían crecido. Katsuki era ahora un joven de hombros anchos y una presencia intimidante que hacía que el resto de los estudiantes de la secundaria Aldera se apartaran como las aguas ante Moisés. Izuku, por el contrario, era una sombra pálida que siempre caminaba un paso por detrás.

—Lo siento, Kacchan —dijo Izuku con una sonrisa pequeña y nerviosa. No había rastro de queja en su voz, solo una sumisión absoluta

—Estaba pensando en el entrenamiento de hoy.—

Katsuki lo tomó de la solapa del uniforme y lo estampó contra los casilleros. El metal resonó con un golpe seco. Los ojos rojos de Katsuki ardían, fijos en las pecas de Izuku, buscando una chispa de resistencia que nunca encontraba.

—No tienes que pensar, maldito nerd. Solo tienes que hacer lo que te digo. Eres un maldito estorbo, un Deku que no sirve para nada sin mí. ¿Te queda claro?—

Izuku asintió frenéticamente. El dolor en su espalda era un recordatorio de que estaba vivo. De que Katsuki lo estaba mirando. Para Izuku, la violencia de Katsuki era el único lenguaje que conocía para confirmar que seguía existiendo. Si Katsuki lo golpeaba, significaba que Katsuki sabía que estaba ahí. Y eso era mejor que el vacío de las calles.

—Sí, Kacchan. Lo que tú digas.—

Katsuki lo soltó con un empujón extra, viendo cómo Izuku tropezaba pero recuperaba el equilibrio rápidamente para seguirlo. Por dentro, Katsuki sentía un nudo de frustración que no sabía nombrar. Odiaba ver a Izuku tan roto, tan dependiente, tan... suyo. Había algo en la mirada devota de Izuku que lo ponía enfermo, que lo hacía querer quemarlo todo hasta que el otro chico finalmente gritara o se defendiera. Pero al mismo tiempo, la idea de que Izuku mirara a alguien más con esa misma devoción le provocaba ganas de matar a alguien.

Caminaron hacia la casa de los Bakugo. Izuku vivía allí desde aquella noche en que Katsuki lo llevó a rastras. Mitsuki y Masaru lo habían adoptado legalmente después de escuchar su historia, tratándolo como a un segundo hijo. Pero para Izuku, ellos eran sus salvadores por extensión; el núcleo de su mundo seguía siendo el chico explosivo que caminaba delante de él.

Al llegar a casa, la dinámica no cambiaba mucho.

—¡Ya llegamos, vieja! —gritó Katsuki, pateando sus zapatos.

—¡No me grites, mocoso maleducado! —respondió Mitsuki desde la cocina —¡Izuku, bienvenido a casa, cariño! ¿Ese animal te hizo algo hoy?—

Izuku se apresuró a entrar, agachando la cabeza.

—No, Mitsuki-san. Todo está bien. Kacchan solo me estaba ayudando a... a espabilarme.—

Katsuki subió las escaleras sin mirar atrás, pero antes de entrar a su cuarto, espetó:

—¡Deku! Trae tus libros a mi cuarto en diez minutos. Si te retrasas, te volaré la cara.—

—¡Voy! —respondió Izuku con un brillo de alegría genuina en los ojos.

Para cualquier observador externo, era una relación de abuso sistemático. Para Izuku, era su refugio. En su mente, él era un objeto roto que Katsuki había recogido de la basura, y un objeto no tiene derecho a quejarse de cómo lo trata su dueño.

Minutos después, Izuku entró a la habitación de Katsuki. El cuarto olía a detergente y a ese aroma metálico característico del quirk de Katsuki. El rubio estaba sentado en su escritorio, con la camiseta quitada debido al calor, mostrando los músculos tensos de su espalda.

Izuku se sentó en el suelo, cerca de sus pies, abriendo sus cuadernos. Podría haber usado la mesa auxiliar, pero prefería estar ahí, donde podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Katsuki.



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En el texto hay: bl, apego emocional, bakudeku

Editado: 24.01.2026

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