La mañana siguiente llegó con un sol pálido que se filtraba por las cortinas de la habitación de Izuku. Al intentar levantarse, un gemido de dolor escapó de sus labios; la herida en su muslo había coagulado, pero la piel tiraba con cada movimiento, recordándole el evento de la noche anterior. Sin embargo, no había rastro de rencor en él.
Mientras se vendaba la pierna con manos expertas (años de caídas y golpes le habían dado un conocimiento casi médico de los primeros auxilios) solo podía pensar en la mirada de Katsuki cuando lo curaba.
Esa mezcla de furia y... algo más. Algo que Izuku atesoraba como si fuera oro puro.
Bajó las escaleras con una cojera evidente que trató de disimular en cuanto vio a Katsuki en la cocina, bebiendo café con una expresión sombría.
Mitsuki y Masaru ya se habían ido a trabajar. El silencio era denso, pero no tan cortante como el del día anterior.
—Si vas a caminar como un pato mareado todo el día, mejor quédate— soltó Katsuki sin mirarlo.
—Estoy bien, Kacchan. De verdad. No duele —mintió Izuku, forzando una sonrisa.
Katsuki chasqueó la lengua, dejó la taza con un golpe seco y se colgó la mochila al hombro.
—Mueve el trasero. No voy a esperarte si te quedas atrás.—
Caminaron hacia la escuela manteniendo la distancia habitual. Izuku observaba la espalda de Katsuki, ese ancla que lo mantenía unido al mundo. A pesar de los insultos, a pesar del empujón, Katsuki era su todo. No concebía una existencia donde no estuviera siguiendo esos pasos cenizos.
El día escolar fue extrañamente tranquilo. Las burlas de los otros estudiantes continuaron, pero con menos intensidad; la explosiva reacción de Katsuki el día anterior había dejado claro que, aunque despreciara a Midoriya, no era un tema de conversación que permitiera a otros tocar.
Sin embargo, el destino tenía otros planes para esa tarde.
Al terminar las clases, Katsuki se marchó con sus "amigos" de siempre, e Izuku, respetando el espacio que se le había impuesto, tomó una ruta distinta para volver a casa, aunque siempre manteniéndose lo suficientemente cerca como para no perder de vista el rastro de Kacchan.
Fue en un paso elevado, cerca del distrito comercial, donde ocurrió el desastre.
Un estruendo metálico y un rugido viscoso rompieron la paz del atardecer. Un villano de lodo, una masa informe de suciedad y maldad, había escapado de la custodia de los héroes y había emboscado a Katsuki en un callejón.
Cuando Izuku llegó a la escena, el aire olía a quemado y a desesperación.
Los héroes profesionales estaban allí (Death Arms, Backdraft, Mt. Lady) pero todos estaban paralizados.
El quirk del villano era el oponente perfecto para ellos, y el rehén... el rehén estaba luchando con una ferocidad suicida.
—¡Ese chico tiene un espíritu increíble! —gritó un civil.
Izuku se abrió paso entre la multitud, ignorando el dolor punzante de su pierna herida. Cuando vio a Katsuki, el mundo se detuvo. El rubio estaba siendo engullido por el lodo; sus ojos rojos, usualmente llenos de confianza y rabia, buscaban aire con una desesperación que Izuku nunca había visto. En ese momento, sus miradas se cruzaron por un instante eterno.
Katsuki no pidió ayuda con palabras, pero sus ojos decían: "No quiero morir así".
Algo dentro de Izuku se rompió. O mejor dicho, algo se desbloqueó.
No fue una decisión consciente. No fue un acto de heroísmo calculado. Fue una necesidad biológica, una respuesta grabada en su ADN desde que Katsuki lo salvó en aquel callejón años atrás. Su mente se volvió blanca, el ruido de la multitud desapareció y el dolor de su pierna se extinguió por completo.
Un calor gélido, una paradoja sensorial, recorrió su columna vertebral. Sus pupilas se contrajeron hasta convertirse en puntos minúsculos. Sus músculos, usualmente tensos por el miedo, se relajaron en una disposición de combate perfecta.
Había despertado el "Instinto Midoriya".
Sin decir una palabra, Izuku salió disparado. No corría como un humano normal; sus movimientos eran erráticos, fluidos, casi animales. Esquivó el brazo de un héroe que intentaba detenerlo con una inclinación de cabeza milimétrica, sin perder ni un ápice de velocidad.
—¡Oye, niño! ¡Vuelve aquí! —gritó Death Arms.
Izuku no lo escuchó. Sus pies golpearon el asfalto con una cadencia sobrenatural. En un parpadeo, estaba sobre el villano. El monstruo de lodo lanzó un tentáculo viscoso hacia él, pero Izuku, en un despliegue de reflejos imposibles, giró en el aire, usando la pared del callejón para impulsarse.
Lanzó su mochila con una precisión quirúrgica, golpeando directamente el ojo del villano.
—¡¡KACCHAN!! —el grito de Izuku no sonó como su voz habitual; era un rugido gutural, cargado de una autoridad que nadie sabía que poseía.
Con las manos desnudas, Izuku se lanzó al lodo. Sus dedos se clavaron en la sustancia viscosa, buscando el cuerpo de Katsuki. El villano rugió, intentando aplastarlo, pero el cuerpo de Izuku reaccionaba antes de que el ataque siquiera se formara.
Era como si pudiera predecir las corrientes de aire, la intención del enemigo, el latido del corazón del rehén.
—¡Maldito mocoso! ¡Te mataré primero! —chilló el villano.
Izuku no respondió. Simplemente agarró la mano de Katsuki y tiró. Tiró con una fuerza que no debería residir en sus brazos delgados. El "Instinto" le permitía usar el 100% de su capacidad muscular sin los frenos que el cerebro suele imponer para protegerse.
Katsuki logró sacar la cara del lodo, tosiendo y jadeando.
—¿D-Deku...? ¿Qué mierda...?—
—No hables —ordenó Izuku, y por primera vez en su vida, Katsuki obedeció.
En ese momento, una ráfaga de viento presión barrió el callejón. Una figura masiva apareció entre el humo y el lodo.
—¡YA ESTÁ TODO BIEN! ¿POR QUÉ? ¡PORQUE YO ESTOY AQUÍ!—
All Might, con un esfuerzo supremo, lanzó un golpe que cambió el clima de la ciudad. El "Detroit Smash" dispersó al villano en mil pedazos, mientras la presión del aire mantenía a los chicos a salvo.