Habían pasado ocho semanas desde que el silencio se instaló entre ellos como un muro de hormigón. Dos meses en los que Izuku ya no era el satélite que orbitaba alrededor de Katsuki.
Ahora, Izuku era un extraño que vivía en la habitación de al lado, alguien que se limitaba a dar los "buenos días" y "buenas noches" con una cortesía tan gélida que hacía que a Katsuki le chirriaran los dientes.
Izuku ya no pedía permiso. Ya no buscaba la mirada de Katsuki después de un insulto. Simplemente... existía por su cuenta.
Katsuki estaba en el pasillo, cargando una cesta de mimbre con ropa limpia. Su madre, Mitsuki, lo había amenazado con volarle la cabeza si no ayudaba con las tareas, y ahora se encontraba frente a la puerta del "nerd".
—Maldita sea... —gruñó Katsuki, pateando la puerta sin previo aviso —¡Oye, Deku! ¡La vieja dice que recojas tu mierda de...!—-
Las palabras se le murieron en la garganta.
Izuku estaba de espaldas, acababa de quitarse la camiseta escolar para ponerse una de entrenamiento.
En esos dos meses, su espalda ya no era la de un niño escuálido; estaba empezando a definirse, los hombros más anchos y los músculos de los omóplatos marcados por un esfuerzo que Katsuki no comprendía.
Pero lo que detuvo el corazón de Katsuki fue una mancha violácea justo debajo de la clavícula izquierda de Izuku. Un moretón circular, del tamaño de una moneda, que destacaba contra su piel pálida.
—¡¿PERO QUÉ MIERDA ES ESTO?! —rugió Katsuki, soltando la cesta de ropa y avanzando hacia él como un depredador.
Izuku se sobresaltó, girándose rápidamente y tratando de cubrirse con la camiseta limpia, pero ya era tarde. Su rostro se encendió en un rojo carmesí.
—¡K-Kacchan! ¡No entres así! —exclamó Izuku, retrocediendo hasta chocar con su escritorio.
—¡Te pregunté qué es eso, maldito extra! —Katsuki lo agarró del brazo, obligándolo a bajar la tela. Sus ojos rojos ardían con una furia irracional —¡¿Quién te tocó?! ¡¿Quién te hizo esa marca?!—
Katsuki sentía una presión insoportable en el pecho. En su mente distorsionada, solo él tenía derecho a dejar marcas en Izuku, ya fueran quemaduras o moretones de entrenamiento. Ver esa señal en su piel, algo que no había sido causado por sus explosiones, lo hacía querer quemar la ciudad entera.
—¡No es nada! ¡Fue un accidente en... en el parque! —
mentía Izuku, desesperado. La marca era, en realidad, un golpe accidental de una tubería que All Might le había pedido mover en la playa, pero el ángulo y la forma daban lugar a interpretaciones peligrosas.
Los gritos eran tan fuertes que los pasos pesados de Mitsuki resonaron en la escalera. La mujer entró al cuarto con una mano en la cintura, lista para repartir bofetadas por el escándalo.
—¡¿Se puede saber por qué diablos están gritando como animales?! —bramó Mitsuki.
—¡Mira esto, vieja! —Katsuki señaló la clavícula de Izuku con un dedo tembloroso —¡Este idiota tiene marcas y no quiere decir quién fue!—
Mitsuki entrecerró los ojos, acercándose a un Izuku que deseaba que la tierra se lo tragara. Observó la mancha morada durante un par de segundos en silencio. De repente, su expresión cambió de furia a una sonrisa pícara y divertida. Soltó una carcajada que descolocó a ambos chicos.
—¡Oh, Izuku! —dijo Mitsuki, dándole una palmadita afectuosa en el hombro —No deberías dejar que tu novia deje marcas tan visibles en ti, cariño. Al menos dile que sea más discreta si no quieres que este gorila te interrogue.—
Katsuki se quedó de piedra. ¿Novia? ¿Una marca de amor? La idea lo golpeó con más fuerza que cualquier villano.
—¡No es lo que parece, Mitsuki-san! —balbuceó Izuku, su rostro ahora era un volcán en erupción.
—Tranquilo, chico, todos fuimos jóvenes —se rió Mitsuki, dándose la vuelta para salir.
—¡Katsuki, deja de acosarlo! Es una simple marca adolescentes, déjalo disfrutar de su vida privada. ¡Y baja a cenar ahora mismo!—
La puerta se cerró tras ella, dejando a los dos chicos en un silencio eléctrico.
Katsuki no se movió. Su respiración era errática y sus manos soltaban pequeñas chispas que olían a nitroglicerina pura. La posibilidad de que Izuku estuviera con alguien más, de que alguien estuviera tocando su "ancla", su sombra, su propiedad... lo estaba volviendo loco.
—¡¿UNA NOVIA?! —gritó Katsuki, estrellando un puño contra la pared, justo al lado de la cabeza de Izuku —¡¿Desde cuándo un inútil como tú tiene tiempo para andar con perras?! ¡¿Quién es?! ¡Dime su nombre ahora mismo o te volaré la cara!—
Izuku, que hasta hace dos meses habría temblado y llorado pidiendo perdón, sintió un impulso diferente.
El entrenamiento con All Might no solo había fortalecido sus músculos, sino también su capacidad de ver las debilidades de los demás. Y en ese momento, vio la debilidad de Katsuki: los celos.
Izuku bajó la mirada, dejando que sus rizos verdes ocultaran sus ojos, y soltó un pequeño suspiro, fingiendo una resignación que no sentía.
Decidió que, si All Might quería que fuera independiente, tal vez era hora de que Katsuki probara un poco de su propia medicina.
—Le dije que no dejara marcas en mí... —murmuró Izuku, con la voz lo suficientemente alta para ser escuchada.
Katsuki se congeló. El sonido de esas palabras fue como si le hubieran vertido ácido en los oídos. La confirmación, aunque fuera una mentira de Izuku, rompió algo dentro del rubio.
—¡¿QUÉ DIJISTE?! —rugió Katsuki, agarrando a Izuku por el cuello de la camiseta y estampándolo contra la pared. Sus rostros estaban a centímetros de distancia —¡Repítelo, maldito Deku! ¡Dime que no es cierto!—
Izuku levantó la vista. Ya no había miedo en sus ojos verdes, solo una calma provocadora que Katsuki nunca había visto.
—Dije que ella es un poco descuidada, Kacchan —respondió Izuku con una voz suave, casi fría—
—Pero no es asunto tuyo, ¿verdad? Tú dijiste que yo era un estorbo y que no querías saber nada de mí. Bueno... ahora tengo a alguien que sí quiere.—