El día del examen había llegado.
Katsuki se movía por el Sector B como un torbellino de fuego. Cada explosión que salía de sus manos era una declaración de guerra. Estaba acumulando puntos a una velocidad vertiginosa, destruyendo robots de tres puntos con una eficiencia que dejaba a los demás aspirantes rezagados. Pero, a pesar de su ferocidad, una parte de su mente estaba en el Sector A.
"No mueras, maldito Deku", pensaba mientras pulverizaba la cabeza de un puntero láser. "Si te rompes antes de que entremos, te mataré yo mismo".
Mientras tanto, en el Sector A, Izuku se encontraba frente a una pesadilla de metal. El robot de cero puntos, una mole del tamaño de un edificio, había emergido del suelo, provocando que todos los estudiantes huyeran
despavoridos. Todos, menos Izuku.
Vio a Uraraka atrapada bajo los escombros. Vio el miedo en sus ojos. Y entonces, el mundo volvió a volverse blanco.
El Instinto Midoriya no solo se activó; se fusionó con la energía recién adquirida del One For All.
Izuku no pensó en las advertencias de All Might sobre su cuerpo no estando listo. Solo sintió la necesidad de destruir la amenaza que impedía que su amiga (y su futuro) avanzaran.
Sus piernas se cargaron con un rayo verde esmeralda. El suelo bajo sus pies se resquebrajó.
—¡¡SMASH!! —el grito desgarró el aire.
Izuku se elevó como un proyectil, impactando el centro del robot con un golpe que generó una onda de choque capaz de romper los cristales de los edificios cercanos.
El gigante de metal se dobló sobre sí mismo, estallando en mil pedazos.
Pero el precio fue alto. Al caer, la gravedad y la potencia del golpe le pasaron factura. Sus brazos y piernas colgaban inermes, rotos por la presión de un poder que su cuerpo apenas podía contener.
Justo antes de tocar el suelo, Uraraka usó su quirk para hacerlo flotar, salvándole la vida.
"Kacchan" fue lo último que pensó antes de desmayarse.
Katsuki no esperó a ver su puntaje en la pantalla gigante. En cuanto el examen terminó y escuchó los rumores de "un chico peliverde que destruyó el cero puntos y terminó destrozado", su sangre se congeló.
Corrió por los pasillos de la UA, ignorando a los robots de limpieza y a los profesores. No pidió permiso para entrar a la enfermería; pateó la puerta con una fuerza que hizo saltar los goznes.
—¡¿Dónde está?! —rugió, con la respiración entrecortada y el uniforme de gimnasia cubierto de ceniza y sudor.
Recovery Girl, que estaba aplicando una venda en el brazo de otro estudiante, lo miró por encima de sus gafas con severidad.
—Si vas a gritar, lárgate, jovencito. Este es un lugar de recuperación.—
Katsuki la ignoró. Sus ojos recorrieron las camillas hasta que lo vio. Izuku estaba inconsciente, pálido, con ambos brazos vendados y una pierna escayolada. Se veía frágil, casi tan pequeño como aquel niño que rescató en el callejón hace años.
Katsuki se acercó lentamente. El ruido de sus botas contra el suelo era lo único que se escuchaba. Se sentó en el taburete junto a la cama y ocultó el rostro entre sus manos, dejando escapar un suspiro que sonó como un quejido.
—Maldito nerd... —susurró Katsuki, su voz temblando de una forma que nunca permitiría que nadie más escuchara —Te dije que no te pusieras en peligro. Te dije que no hicieras estupideces.—
Se quedó allí, en silencio, durante lo que parecieron horas. La rabia de verlo herido luchaba contra el orgullo de saber que Izuku había hecho lo imposible. Por primera vez, Katsuki no se sentía superior; se sentía aterrorizado por la idea de que Izuku pudiera alcanzar su sueño y morir en el intento.
Izuku empezó a removerse. Sus ojos se abrieron lentamente, enfocando el techo blanco antes de notar la presencia a su lado.
—¿Kacchan...? —su voz era apenas un soplido.
Katsuki levantó la cabeza. Su expresión era una máscara de furia contenida para ocultar el alivio.
—Eres un jodido imbécil, Deku —masculló Katsuki, apretando los puños sobre sus muslos
—Casi te matas por una extra. ¿En qué estabas pensando? ¡Mira cómo estás!—
Izuku intentó sonreír, aunque el esfuerzo le hizo doler la cara.
—Tenía que hacerlo, Kacchan. Ella estaba en peligro... y yo... yo quería demostrarme que podía estar a tu altura.
Katsuki se levantó bruscamente, dándole la espalda para que Izuku no viera el brillo húmedo en sus ojos.
—Ya estás a mi altura, idiota —soltó Katsuki, su voz cargada de una honestidad brutal. —Lo hiciste. Destruiste esa cosa. Pero si vuelves a asustarme así... si vuelves a dejarme pensando que te perdí en un maldito examen... te juro que yo mismo terminaré el trabajo.—
Izuku parpadeó, sorprendido. ¿Katsuki acababa de admitir que estaba asustado?
—Kacchan... ¿te preocupaste por mí?—
—¡Cierra la boca! —gritó Katsuki, aunque no se movió de la habitación —Solo no quiero que mi sombra se desvanezca antes de que pueda ganarte legalmente en la UA. Ahora cállate y duerme. No me iré hasta que la vieja Recovery diga que no te vas a morir esta noche.—
Izuku cerró los ojos, sintiendo un calor familiar en el pecho. Sabía que Katsuki todavía no sabía cómo expresar amor sin amenazas, pero estar allí, en esa enfermería, era la prueba más grande de que el vínculo entre ellos ya no era de dueño y mascota. Eran dos guerreros, dos amigos rotos, tratando de aprender a cuidarse mutuamente entre las ruinas de su pasado.
—Gracias, Kacchan —susurró Izuku antes de quedarse dormido.
Katsuki no respondió, pero se sentó de nuevo, vigilando el sueño de Izuku como si fuera el tesoro más valioso que jamás hubiera rescatado de las calles.
Había pasado una semana desde el examen. Una semana de silencios tensos, de Izuku cojeando por la casa con una bota ortopédica y de Katsuki fingiendo que no revisaba el buzón cada diez minutos. El ambiente en la residencia Bakugo era eléctrico; la expectativa pesaba más que el calor del verano.