La luz de la mañana se filtraba por las persianas de la habitación del hospital, dibujando líneas doradas sobre las sábanas blancas. Izuku parpadeó lentamente, sintiendo el peso del cansancio en sus párpados y un hormigueo sordo en sus brazos vendados. Lo primero que registró fue el sonido rítmico de un respirador cercano y, después, un calor pesado sobre su mano izquierda.
Giró la cabeza con cuidado. Allí, con la cabeza apoyada en el borde de la cama y los dedos entrelazados con los suyos de forma casi inconsciente, estaba Katsuki.
A sus 18 años, Katsuki ya no era el niño de hombros estrechos que Izuku recordaba. Su espalda era ancha, su mandíbula estaba más marcada y, en el sueño, la dureza de su expresión habitual se había suavizado, revelando el agotamiento de quien no ha dormido en días.
Izuku intentó moverse, pero el dolor le arrancó un pequeño siseo. Al instante, los ojos rojos de Katsuki se abrieron de golpe.
—No te muevas, idiota —la voz de Katsuki era ronca, cargada de un alivio que no pudo ocultar. Se enderezó rápidamente, pero no soltó la mano de Izuku hasta que se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Se aclaró la garganta y recuperó su máscara de seriedad —¿Cómo te sientes?—
—Kacchan... —Izuku sonrió con debilidad —Me duele todo. Pero estoy bien. ¿Cuánto tiempo estuve fuera?—
—Lo suficiente para que la vieja casi le dé un infarto y para que yo tuviera que aguantar las explicaciones de All Might— Katsuki se levantó y caminó hacia la ventana, dándole la espalda. El aire en la habitación cambió de repente. Se volvió denso.
Izuku se tensó. —All Might... ¿él te dijo algo?—
Katsuki se giró lentamente. La mirada que le lanzó a Izuku no era de odio, sino de una profunda y dolorosa comprensión.
—Me lo dijo todo, Deku. El One For All. El sucesor. El hecho de que ese poder te está haciendo pedazos porque no naciste con él.—
Izuku sintió que el mundo se detenía. El secreto que tanto lo había angustiado, la carga que pensó que llevaría solo, ahora estaba expuesta ante la persona que más le importaba.
—Kacchan, yo... quería decírtelo, pero...—
—Cállate —lo interrumpió Katsuki, acercándose de nuevo a la cama. Se inclinó sobre él, apoyando las manos en la barandilla.
—Tienes 17 años, Deku. Se supone que deberías estar preocupándote por los exámenes o por qué mierda vas a almorzar, no por llevar el legado del Símbolo de la Paz en unos huesos que no pueden sostenerlo.—
—¡Tenía que hacerlo!— exclamó Izuku, intentando incorporarse —El Nomu iba a matarte! ¡No podía dejar que te pasara nada!—
—¡Y casi te matas tú! —rugió Katsuki, aunque su voz se quebró al final —¿Crees que ganar es ser un mártir? Si te mueres salvándome, ¿qué mierda crees que voy a hacer yo? ¿Vivir feliz?—
Izuku se quedó mudo. Por primera vez, vio el miedo real en los ojos de un Katsuki de 18 años que entendía la mortalidad mejor de lo que quería admitir.
—Escúchame bien— continuó Katsuki, bajando el tono —Ya no me importa quién te dio ese poder. Pero si vas a llevarlo, vas a hacerlo bien. No voy a dejar que te rompas otra vez. Desde hoy, vas a entrenar conmigo. Si ese poder es una llama, yo seré el maldito oxígeno que la controle. ¿Entendido?—
Izuku asintió, con los ojos llenos de lágrimas
. —Entendido, Kacchan.—
Unas horas después, tras la revisión final de Recovery Girl, les dieron el alta. Izuku salió del hospital con los brazos en cabestrillo y caminar lento. Katsuki no se alejó de su lado ni un centímetro, cargando la mochila de ambos y manteniendo a raya a cualquier persona que se acercara demasiado en el transporte público.
Llegaron a la casa de los Bakugo cuando el sol comenzaba a ponerse. Al abrir la puerta, el olor a curry picante los recibió.
—¡Ya estamos aquí! —anunció Katsuki.
Mitsuki salió corriendo de la cocina. Al ver a Izuku, su expresión de guerrera se desmoronó por un segundo antes de envolverlo en un abrazo
—¡Bendito sea el cielo, Izuku! —exclamó, besándole la frente —Casi mato a este inútil por dejar que te pasara eso. Entra, entra... la cena está lista.—
La cena fue más tranquila de lo habitual. Masaru e Izuku hablaban suavemente, mientras Mitsuki regañaba a Katsuki por no haber llamado antes. Sin embargo, Izuku notaba cómo Katsuki lo vigilaba de reojo, asegurándose de que pudiera sostener la cuchara o de que no tuviera muecas de dolor.
Al terminar, Katsuki ayudó a Izuku a subir las escaleras. Al llegar a la puerta de la habitación del peliverde, hubo un momento de silencio.
—Kacchan... gracias por quedarte conmigo en el hospital— susurró Izuku.
Katsuki se apoyó contra el marco de la puerta, mirando a Izuku con una intensidad que hizo que el corazón del menor diera un vuelco.cualquier espacio.
—No tenía otro lugar donde estar— respondió Katsuki con su típica honestidad brusca
—Duerme, Deku. Mañana empieza el verdadero infierno. Si vas a ser el próximo número uno, tienes que dejar de ser un saco de boxeo.—
Antes de irse a su propia habitación, Katsuki se inclinó y, en un gesto que habría sido impensable meses atrás, presionó su palma brevemente contra la mejilla de Izuku. Su mano estaba caliente y olía a nitroglicerina y a algo que Izuku solo podía describir como seguridad.
—Buenas noches, Izuku.
—Buenas noches, Kacchan.
Izuku entró en su cuarto, sintiendo que, aunque el peligro del One For All seguía ahí, ya no tenía miedo. Por primera vez en su vida, no caminaba detrás de Katsuki, ni Katsuki caminaba sobre él. Estaban en el mismo escalón, compartiendo una verdad que los uniría para siempre.
El sol comenzaba a ocultarse tras los edificios, bañando el campo de entrenamiento privado en un tono naranja casi violento. Izuku jadeaba, con el sudor empapando su camiseta y el vaho saliendo de sus labios. Frente a él, Katsuki parecía una estatua de guerra; a sus 18 años, su presencia física era imponente, y la intensidad de su mirada roja no había disminuido ni un ápice tras tres horas de combate cuerpo a cuerpo.