Como atrapar a un vaquero

Capítulo 1

Paula

Hay cosas en la vida para las que una nunca está preparada, y perder a Esteban no va a ser una de ellas.

Mis padres siempre han dicho que soy la persona más terca que han conocido. Y tienen razón. No puedo evitarlo. Siempre consigo lo que quiero. Ha sido así desde que era niña y sigue siendo igual ahora que soy adulta. Y hay una cosa que tengo clarísima en la vida: Esteban Ocampo será mi esposo y el padre de mis hijos. Punto.

He estado enamorada del hermano mayor de mi mejor amiga desde que tengo uso de razón. Mis padres —y mis futuros suegros, porque sí, así los considero— siempre recuerdan que desde que aprendí a caminar yo andaba detrás de Esteban a donde fuera. Incluso dicen que cuando era un bebé solo dejaba de llorar si él estaba cerca.

Normal. Tenía buen gusto desde pequeña.

Para mí, Esteban es como una adicción. De esas que sabes que te hacen daño, pero igual no puedes dejar. Te consume. Te atrapa. Y por más que lo intentes, no hay forma de alejarte.

No me importan sus gruñidos ni que la mayoría de las veces termine enfadándose conmigo. Eso ya es parte de nuestra rutina. Él sabe muy bien que no puede escapar del todo, y yo sé perfectamente que no puedo renunciar. Así somos. Él corre, yo corro. Él huye, yo lo busco. Me deja atrás, le doy ventaja… y luego lo alcanzo otra vez.

Un eterno juego del gato y el ratón.

Solo que ya me cansé.

Estoy harta de correr detrás de él como si no supiera lo que quiero. Es hora de reclamar a mi hombre de una vez por todas… o morir en el intento. Porque seamos claros: sin Esteban, yo no funciono bien.

¡Ja! Eso último sonó como letra de canción dramática.

Tal vez debería ser compositora.
Definitivamente sería menos problemático que estar enamorada del vaquero imposible.

—Hola, Esteban —suspiro de forma exagerada apenas lo veo dentro del establo.

—No empieces —gruñe sin mirarme siquiera.

—Si no he dicho nada —me hago la inocente mientras me acerco despacio, como quien no quiere la cosa.

—No lo dices, lo piensas —levanta el rostro y su mirada cargada de advertencia consigue que me detenga en seco.

—Solo quiero saludar.

—Aléjate.

Me da la espalda y yo gimo en silencio, mordiéndome el labio mientras observo esa espalda ancha que parece hecha para ser admirada. No lo pienso dos veces.

Me lanzo sobre él y me aferro a su espalda como si mi vida dependiera de ello.

—Paula… —dice con voz cansada.

Sonrío, le quito el sombrero y beso su mejilla con toda la intención del mundo.

—Ya te dije que solo quería saludar.

Le doy un par de besos más antes de bajarme, no sin antes rozarlo lo suficiente como para hacerle saber que ya no soy la niña de antes. Me quedo mirándolo, satisfecha, hasta que una voz conocida me corta el momento.

—Ni se te ocurra.

Me giro y veo a mi mejor amiga entrando al establo, brazos cruzados y cara de pocos amigos.

—¿Qué? No he hecho nada.

—Pero lo estabas pensando.

Bufando, vuelvo a mirar a Esteban… pero el muy cobarde ha aprovechado la distracción y ha desaparecido.

—¡Por tu culpa escapó! —doy un pisotón con mis botas como niña pequeña.

Ella se ríe y enlaza su brazo con el mío.

—Lo siento, perdí una apuesta y le prometí a mi hermano que hoy te mantendría alejada.

—¿Solo por hoy? —pregunto, esperanzada.

Asiente con la cabeza.

—Solo por hoy.

Sonrío.

Mañana será otro día.

—Está bien —hago un puchero mientras empezamos a caminar hacia la casa—. Pero que conste que voy a hacer que tu hermano se enamore de mí.

—Lo sé —responde Vicky con resignación—. Siempre lo has dicho.

Nos detenemos al mismo tiempo y miramos por encima del hombro. El amor de mi vida se aleja a todo galope sobre su caballo, como si no estuviera huyendo de mí… sino de su destino.

—Es bueno saber que solo te falta poco para lograrlo —añade ella, divertida.

—Él va a ser mío.

—Lo sé.

Ambas reímos antes de retomar el camino y subir las escaleras para entrar a la casa.

La tía Julia está en la cocina, así que, como buenas personas adultas y responsables, decidimos ir a molestar.

—¿Qué pasa con esta gente que no tiene la comida lista? —digo en voz alta.

Vicky me da un codazo mientras se ríe, pero no es lo suficientemente rápida para evitar que la tía Julia se gire y me golpee suavemente la cabeza con una cuchara de palo.

—Sigue fastidiando y te quedas sin postre —me amenaza, señalándome con la cuchara.

Levanto las manos y retrocedo un par de pasos.

—Cuidado, señora, eso se le puede disparar.

Hace el amague de golpearme otra vez y yo grito como si mi vida estuviera en peligro, saliendo corriendo para refugiarme detrás del cuerpo de mi mejor amiga.

—¡Vicky, protégeme! —chillo, mientras ella se muere de risa.

La tía Julia niega con la cabeza, pero sé que está sonriendo.

Y así es como sobrevivo otro día más en esta casa…
sin atrapar al vaquero,
pero sin rendirme tampoco.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.