Amina
—Aminita, qué envidia te tengo… —dice mi amiga Lucía. Aunque no hubiera pronunciado la palabra envidia, por el tono se notaba perfectamente.
—¿Envidia de qué? —estoy tumbada en la cama en posición de estrella y miro mi reflejo en el techo espejado. Una habitación horrible. El diseñador era un idiota. Aunque… quizá yo no conozca el propósito original de este cuarto.
—¿Cómo que de qué? ¡Te encontró tu padre! Y encima, multimillonario.
—Tengo un don único: convertir multimillonarios en simples millonarios…
—¿Eso lo dices en broma?
—Me parto, —respondo con la voz más inexpresiva posible. Desde que me mudé a la casa “paterna”, me cuesta hablar con Lucía. Parece como si hubiera comido un hongo mágico y el mundo se le llenara de colores nuevos. A mí es difícil encantarme… No creo en esos hongos, sobre todo cuando la vida solo me ha regalado patadas mágicas.
—Lucía… —suspiro fuerte— eres un caso, qué más se puede decir… Si no me buscó en veinte años y de repente aparece, es porque quiere algo de mí. ¿Lógico, no?
—¡Ay! ¿Qué podría querer de ti? —se ríe a carcajadas.
—Bueno… se puede querer mucho. ¡Mis riñones valen oro! Solo que no pienso entregarlos voluntariamente.
—Tu imaginación es desbordante, Amina. Pero tu género es el terror. —Lo noto, me juzga. Claro, para ella es fácil: allá afuera, libre; y yo aquí encerrada varios días… a pan y agua… Bueno, exagero, pero ¿qué otra cosa me queda?
—Y tú, Lucía, eres una ingenua huérfana… —digo pensativa, mirando mis uñas roídas.
—¡Y tú también eres huérfana!
—Sí, pero ahí se acaba la conversación.
—Eres ácida, Amina. Y además, escéptica…
—¿Has buscado esa palabrita en Google? ¿Te costó mucho encontrarla?
—¡Anda ya! Te llamé para compartir contigo la alegría de reunirme con mi padre. ¿Y tú?
—Ahora mismo lo argumento —gesticulo en el aire, intentando convencerme a mí misma frente al espejo. Si yo me lo creo, Luci lo hará en un segundo. Mi padre sabía de mi existencia todos estos veinte años, solo que tenía un heredero de su matrimonio oficial. Yo soy la hija “ilegítima”, ¿entiendes? No existe eso de que alguien no quiera verte toda la vida y de repente… No sufría pérdida de memoria, ya lo pregunté. No hay otras excusas.
—Quizá tengas razón, pero… —chasqueo la lengua ante su insistente “pero”. —¡Sí! ¡Pero! ¡Pero algo lo obligó a actuar así!
—Interés de culo. Ya te digo que quiere algo de mí… —repaso mentalmente todo lo que tengo y lo que podría atraer al viejo cabrón. En el primer segundo ya no quedaba nada. ¡No tengo nada!
Golpe en la puerta. Se abre.
—Amina Petrovna —el guardia que entra sin permiso me obliga a levantar la cabeza y mirarlo con todo el desagrado posible—, Piotr Kondrátievich pidió que te llevara al restaurante.
—Evgueni, si me llamas por patronímico, al menos no me tutees. Es un disonancia. Y la próxima vez, haz el favor de esperar a que te permita entrar. Nunca se sabe en qué puedo estar ocupada.
Su mirada se desliza inmediatamente desde mi pecho hacia abajo. La postura de estrella le facilita el viaje.
—Ay, Evgueni, no pienses en eso… Tengo una conversación importante, sal —me transformo en bruja al instante, salto de la cama y, gruñendo, lo empujo fuera de la habitación, cerrando la puerta.
—¡Histérica! ¡Loca! —escupe Evgueni, al que alcancé a pillarle el pie con la puerta. No tenía que meter sus extremidades… Aunque pequeña, soy fuerte. Si pego, no será poca cosa. El orfanato te endurece.
—El coche espera. Tienes quince minutos —ladra desde el pasillo. Y más bajo añade: —Idiota…
—Bueno, Lucien, me toca. «Mon papa» me convoca a una audiencia.
—Ay, Aminita, otra estaría feliz, pero tú, me parece, le vas a dar guerra. Hasta da pena el viejo… capaz que se muera antes de tiempo.
—Ni de coña se libra de mí. Hasta que no me transfiera un milloncito o dos, el infierno, como destino final de su vida, solo podrá soñarlo. Bueno, ciao, pequeñita —cuelgo y empiezo a prepararme.
Saco de mi armario mi vestido de algodón favorito con flores, me recojo el pelo con una horquilla, me pongo mis chanclas con brillantitos, agarro la mochila vieja y salgo de la habitación.
Como imaginaréis, de mi flamante padre multimillonario aún no he recibido ningún beneficio. Solo un encierro de tres días. Y en todo ese tiempo lo vi una sola vez, cuando ordenó que me asignaran una habitación.
Así es el amor paternal sin límites.
Bajando la escalera, me topo con mi madrastra. Una vieja bruja desagradable. Me mira como si estuviera lanzando un conjuro de muerte. Solo que no sabe que se ha metido con una hechicera…
“Sal, agua, culo de cabra en tus ojos” —recito mentalmente mi “hechizo mágico”.
—Maman, vous êtes terriblement affreuses aujourd'hui (Mamá, hoy está usted terriblemente horrible) —lo digo con la voz más nasal que puedo.
—¡Bruja! —escupe, levantando la barbilla y tratando de desaparecer lo más rápido posible.