Amina
Mientras el camarero trae mi té, nos estudiamos en silencio. Mi padre dicta el veredicto primero:
—Has salido guapa.
—¿Y si resulta que no soy tuya? —pregunto con una sonrisa sarcástica.
—Eres mía —gruñe dentro de su vaso, bebiendo—. Hice la prueba de ADN.
—Pues no sé si alegrarme o lamentarlo.
El camarero coloca el té frente a mí. Bebo un sorbo y enseguida me retuerzo.
—¡Qué asco! —me estremezco.
—¿No le gustó? —se sorprende el camarero—. Nuestro té es el mejor de la ciudad. Se recoge a mano en las laderas del sur del monte Taishan, donde la naturaleza regala a cada hoja un aroma y sabor únicos —recita la frase aprendida.
—Ya entiendo —asiento, como si hubiera descubierto el problema—: del lado sur… y yo solo tomo té del norte. Lléveselo, por favor. —Aparto la taza. Para mí, aquello olía a hierba cortada que una vaca había masticado y devuelto como “té”.— Bueno, ¿de qué se trata la conversación? ¿Y por qué no podíamos hablar de esto en casa?
—Quiero que te cases con un hombre que me conviene.
—Ji… ji… —todo empieza con esas dos risitas y se convierte en una carcajada salvaje. Hasta me saltan las lágrimas. —Uf… —me abanico la cara con las manos para calmarme—. Yo pensaba que era algo serio… y resulta que… —hago un gesto como si fuera una tontería.
—¿Entonces aceptas? —alza las cejas.
—¡Claro que no! —sigo riéndome.
—¿Por qué? —se sorprende “papá” con sinceridad.
—Pues, primero: ¿por qué yo? ¿No tienes hijos suficientes? Busca por el mundo, seguro que encuentras un par más.
—No hay más, ya busqué —pone cara de disgusto.
—Entonces mi madre no era tan tonta, si consiguió quedarse embarazada siendo la única de… —le dejo espacio para decir la cifra. Solo se encoge de hombros. —Y además, que se encargue tu hijo. Él vivió todos estos años con calor, comida y comodidad, pues que ahora se rompa el culo él —me doy cuenta de la doble intención de la frase solo después de decirla. Me entran ganas de reír otra vez, pero me contengo. —Vale, me pasé —levanto las manos en señal de rendición.
—¿Crees que si tuviera otras opciones acudiría a ti?
La verdad, ni yo misma acudiría a mí para pedir ayuda. Soy una espina y un pájaro picacerebros.
—Veamos la situación con amplitud. ¿Por qué debería hacerlo?
—¿Y la ayuda desinteresada al padre que te dio la vida?
—Qué gracioso… —mi cara, sin embargo, es de piedra.
—¿Qué quieres entonces?
—¿Qué quiero? Muchas cosas… Un millón de euros, estudiar en una escuela de repostería en Francia, luego abrir mi propia pastelería —enumero mis sueños—. Pero de todo eso solo pude permitirme cursos gratuitos de francés y un instituto de cocina.
—Bien, tendrás formación y dinero —dice despacio, como calculando cuánto le costará el trato.
—¿Y el millón? —asiento—. ¿Y dos?
Me mira fijamente, quemándome con los ojos. Luego asiente lentamente, dando su consentimiento mudo.
—¡Oh! ¡Ya estamos negociando! Espera —extiendo las manos como frenando el proceso—. Con ustedes, los multimillonarios, hay que tener cuidado. No da tiempo ni a decir palabra y ya gritan: ¡Vendido! Aquí lo importante es no malvenderse.
—¡Qué tonterías dices! —chasquea y pone los ojos en blanco.
—La verdad. Y ahora en serio —me recuesto en la silla y cruzo los brazos bajo el pecho—, quiero saberlo todo, hasta el último detalle. Si no, no muevo ni un dedo. ¿Por qué necesitas a ese tipo?
Mi padre se muerde los labios largo rato, y al final se decide a contar su plan.
—Ese tipo fracasó en un programa muy importante. Cuál, no lo diré, y tampoco importa. Me encargaron sacarlo con cuidado de ese negocio. Tiene una pequeña fábrica de medicamentos… Y eso es lo que me interesa.
—¿Y cómo, casándome con él, te voy a ayudar?
—Primero, estarás en la casa y podrás conseguir la información que necesito. Y segundo, no voy a entregar a mi única hija sin garantías. Firmaremos un contrato matrimonial para que recibas una parte de las acciones de la empresa. Y donde hay una parte… puede haber la mitad. Grande. —En sus ojos brilla una chispa codiciosa.
—Genial —digo sin entusiasmo—. O sea, yo viviré larga y desgraciadamente con un tronco viejo, y tú tendrás tu fábrica soñada. ¿No sería más fácil… ya sabes… —paso el canto de la mano por el cuello.
—Imposible. Tiene buenas conexiones. Los problemas serían mayores que el valor de la fábrica. Y además, ¿quién te dijo que es un tronco viejo? —alza las cejas.
—¡No me digas! —me llevo las manos a las mejillas, fingiendo pudor—. Te ha salido todo perfecto, lo has descrito como una partitura. —Y enseguida añado un “cumplido” desde el corazón:— Calvo y alma vendida. Negocias con lo que ni siquiera te pertenece. —Insinuando, claro, a mí misma.
Se pone tenso. Su mirada se endurece. En cualquier momento podría estallar.