Cómo domesticar a León

3.

León

En el aire huele a tormenta y a escándalo.

Yo no estoy para escándalos. Estoy saciado, un poco borracho, casi de buen humor…

¿Por qué casi? Porque mi socio y protector en los proyectos de negocio prácticamente me perdonó una metedura de pata monumental. Por culpa de una pequeña desgraciada se fue al traste el trabajo de todo un laboratorio biológico… Cuando recuerdo lo que hizo, se me erizan los pelos: cadáveres, sangre, virus peligrosos, el mundo al borde de la catástrofe… Y ella —la santa Diana con su novio— salvando el mundo.

Yo mismo me habría borrado del mapa por semejante error… Menos mal que Samsonov Piotr Kondrátievich no soy yo. Santo hombre.

Y todo estaría bien, podría respirar y seguir adelante, solo que él me pone una condición… que conoceré un poco más tarde.

Bueno, más tarde, pues más tarde. No voy a agarrarlo por el cuello para sacarle la verdad a golpes. ¿Qué podría pedirme? ¿Otra trama oscura? Fácil. Sé cómo borrar huellas: tuve un buen maestro.

En su día, a mi madre le dio por casarse con un señor muy rico e influyente: sir Loncroft. Era presidente de un club muy cerrado, cuyo lema principal era: “Un caballero mata a sus enemigos con sangre fría”. El nombre ya lo dice todo… Pero no era su único mérito. Para él, la gente era mercancía, y le daba igual la edad, el sexo, el estado civil… Sin límites, sin escrúpulos, horizontes abiertos.

Claro que yo no soy tan despiadado ni tan sin principios, no llevo su sangre, pero aún tengo todo por delante. Estoy aprendiendo…

—¡León! ¿Me estás escuchando?

Giro la cabeza hacia la belicosa Cristina y alzo las cejas en muda pregunta:

—¿Qué demonios quieres de mí?

—¡Lo prometiste! Dijiste que en verano nos casaríamos. Podríamos celebrar aquí, en este restaurante. Tiene un diseño moderno, de lujo.

Oh, empieza. Cristina pone su disco viejo favorito.

—No es el momento —respondo lacónico. ¿Qué se supone que debo decirle? Claro, querida… La miro críticamente: sí, es guapa, pero llamarla “querida” no me sale. En realidad no amo a nadie. A‑na‑die. Solo a mí mismo. Entonces, ¿para qué estas montañas rusas? La bella Cristina con el tiempo se convertirá en una yegua vieja… Ya tengo el ejemplo: mi madre… ¿Y debo amarla como si fuera una joven gacela?

Antes todo estaba equilibrado: Cristina me daba belleza y juventud, yo le daba dinero y el mantenimiento de ese “fachada”. Pronto la fachada necesitará una reforma integral, y yo no soy una empresa de mantenimiento, soy consumidor final.

—Cristina, dime, ¿qué quieres que te diga? —me giro bruscamente hacia ella.

—¿Ya no me amas? —pone los labios como un pato.

Y justo en ese momento me entran ganas de contestar:

—¡Sí! —pero no llega a suceder, porque Cristina se ve rozada por una chica y se transforma al instante en un perrito rabioso.

—¡Mira por dónde vas! —Cristina aprovecha para descargar su negatividad en alguien. Conmigo es inútil…

—Je vous prie de m'excuser pour ce désagrément (Perdone las molestias) —la que la rozó levanta la mano en disculpa. Entiendo que es una jovencita. Pero a pesar de su aspecto, claramente poco acorde con este restaurante, entra allí.

—Ni siquiera se disculpó —refunfuña Cristina, sacudiéndose polvo y suciedad inexistentes que la chica pudo haberle “pegado”.

—Sí lo hizo… en francés.

—¿De verdad? ¿Sabes francés? Hay tanto que aún no sé de ti… —muerde juguetona su labio.

—Mi madre adoraba ver películas de “Angélica”, y tenían una traducción pésima.

Me dispongo a abrirle la puerta del coche a Cristina, pero del restaurante sale corriendo el guardaespaldas de Samsonov. Le entrega a Cristina su teléfono con estas palabras:

—Lo olvidó en la mesa.

—¡Ay, gracias! Qué despistada soy. Sin el móvil estoy como sin manos.

Todo estaría bien, pero algo en esta situación me incomoda. No logro captar el hilo, parece algo sin importancia —lo olvidó y ya está—, pero estoy seguro de que ella nunca sacó el teléfono de su bolso.

Dirijo la mirada hacia las ventanas del restaurante. Están cubiertas con lámina espejada y, aparte del reflejo distorsionado de la calle, edificios y coches, no veo nada. Pero con el instinto siento una mirada fija, alguien observándome.

Amina

—¿Y qué decidiste? —pregunta mi padre con un interés genuino.

De cualquier modo tendrá que tener en cuenta mi opinión. Por una razón simple: yo no dependo de él. Y eso de que me promete millones… Yo también puedo prometer tres vagones de dulces, pero ¿entregarlos? Esa es la cuestión. Como dice Lucien: “Hablar no cuesta nada”. Así que en este asunto debe haber mi interés claro. Y lo hay.

Sí, soy hija de mi padre. Y cuanto más cerca estoy de las oportunidades, más se enciende en mí la codicia.

Miro a mi papá y pienso:

—¿Qué tiene de interesante esa fábrica? ¿Y si también la necesito yo? ¿Podré, con el apoyo de mi futuro esposo, jugar contra mi padre?




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