Amina
Estoy sentada en el asiento trasero del coche. La ventanilla está completamente bajada. Apoyo los brazos en la puerta, dejo caer la cabeza sobre ellos y sorbo un “Mojito” sin alcohol con pajita. Llevo gafas de sol y una gorra. Todos los puntos de camuflaje cumplidos.
Solo que a Leoncito le importa un comino. Está de pie en un escenario improvisado y, como muchos mecenas que hoy montan espectáculos de falsa generosidad, habla de su gran y sincero amor por los niños. Sí, hoy es el Día del Niño, primero de junio.
También está presente mi papá. Solo que él no va a dar discurso: tiene un negocio de construcción. A los niños lo único que puede regalarles es la sabiduría de “poner ladrillos con conciencia”. Por eso se arrima al alcalde y al gobernador.
Evgueni golpea nerviosamente el volante con los dedos, lo que me irrita un poco.
—No repiques —le digo sin sacar la pajita de la boca.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —suelta de repente.
—Atrévete…
—¿De verdad eres hija de Piotr Kondrátievich?
—Si no miente, sí. Aunque… ¿qué sentido tendría que mintiera? —me giro y lo miro con interrogación.
—¿Y cómo es eso de encontrar un padre a los veinte años?
—Plano… sin lágrimas de felicidad ni histeria. ¿Y tú por qué lo preguntas? ¿Quieres ligar? Pues mira con quién quiere emparentar —señalo con la mano a Leoncito, que habla ante la multitud.
—¿Y tú crees que le importas? —dice con sorna, riéndose por lo bajo.
—Y tú a mí tampoco me importas.
—No eres tan guapa, difícil que te pesque —Evgueni se ofende y quiere herirme. Yo no soy de las que se ofenden, puedo pinchar a cualquiera.
—Y tú no eres Timothée Chalamet, así que tampoco me impresionas —muevo las cejas y termino mi Mojito con ese sonido desagradable de querer beber hasta la última gota. —Bueno, voy a mezclarme con la gente. A lo mejor me toca algo.
Salgo del coche, cruzo el paso de peatones y me mezclo con la multitud. Hoy el parque está lleno: los padres trajeron a sus hijos a la mini‑fiesta con atracciones, pintacaritas, show de burbujas, carreras, concursos, trucos de magia…
Los mecenas se esmeraron: reparten helados gratis, globos, algodón de azúcar, los suben a las atracciones… Leoncito se lució con vitaminas para niños: “Vitamina C” con distintos sabores, hematógeno y piruletas que se compran en la farmacia. Alma generosa…
Me acerco a los productos de la fábrica, de la cual quizá en el futuro tenga yo una parte, y agarro unas piruletas.
—¡Señorita, eso es solo para niños! —ladra la repartidora.
—Estoy con un niño —agarro la mano del primer chiquillo gordito de unos siete años—. Toma, Ilyusha, un caramelo.
—Soy Nikita —me delata enseguida el falso hijo.
—Siempre los confundo —le sonrío tontamente a la repartidora—. Es que son gemelos.
Y me disuelvo en la multitud.
—¿No podías seguirme el juego? —intento reprocharle al niño.
—Dame un caramelo —extiende su manita regordeta.
—¿Y viste esto? —quiero hacerle una peineta, pero recuerdo que no es pedagógico. Así que cambio de tema—. ¿Dónde está tu mamá?
—Me perdí —mueve la cabeza buscando alrededor.
—Genial. ¿Cómo iba vestida?
Se encoge de hombros.
—Hombres… —suspiro fuerte—. Bueno, vamos hacia el escenario, allí lo anunciarán y tu mamá vendrá enseguida. ¿Al menos sabes tu apellido? —Asiente. —Ya es algo. Solo no llores, lo solucionamos.
Pero apenas damos unos pasos, aparece corriendo una mujer sudorosa.
—¡Nikitka, uf… apareciste! —lo abraza—. ¿Por qué te alejaste del carrito? —¡Palmada en el trasero! Aquí tienes la alegría del reencuentro y al mismo tiempo la regañina… Como en todas partes.
Me acerco más al escenario, pero me quedo un poco al margen. Sin remordimientos observo a Leoncito. Hay en él algo noble… de raza… Seguro que viene de aristócratas. Y si sus rasgos aristocráticos se mezclan con los míos, de obrera y campesina, ¿qué saldría? Un mestizo de barrio, sin duda…
No, no siento nada por él… Solo curiosidad, puramente teórica. Porque está bien, el desgraciado. Y que es un desgraciado, no hay que ir a la abuela para saberlo.
De repente el público aplaude con fuerza y me sobresalto. Estaba tan perdida en mis pensamientos que me perdí su discurso ardiente. Sonríe dulcemente a la gente, casi hace reverencias y repite varias veces:
—Gracias.
Por cierto, su voz también es agradable. Lo apunto en la lista de “pros”.
León se da la vuelta y baja del escenario. Lo siguen dos guardaespaldas.
¿A dónde va? Yo también debo ir.
Me abro paso rápidamente entre la multitud y regreso a Evgueni.
—¡Zheka, arranca tu cacharro y vamos! —salto al asiento trasero.
—¿A dónde? —se demora en girar la llave.