Cómo domesticar a León

5.

Amina

Quedé con Lucien en el centro comercial “Aquarelle” para dar una vuelta por las tiendas. Luci es aplicada. A diferencia de mí, sigue estudiando. Terminó la escuela de enfermería y entró en la universidad. Dice que siempre soñó con ser médica. No sé… llevamos años de amistad y nunca mostró interés por la medicina. Ni siquiera jugaba a poner inyecciones a las muñecas o a hacer de “hospital”.

Yo, en cambio, desde niña hacía pastelitos de arena y plastilina y alimentaba a todos con tartas improvisadas. Así que estaba claro que debía ir a la escuela de cocina. Eso sí, la comida normal me sale fatal… pero los pasteles, impecables.

—¡Cuenta! —me agarra la mano Luci en cuanto nos encontramos. Ella es romántica, le encanta fantasear y siempre busca lo positivo en todo. Seguro que ya se imaginó un cuento de hadas con una familia ideal que me rescata y me da un billete feliz hacia la vida.

—¿Quién cuenta dramas con el estómago vacío? —enfrío enseguida su entusiasmo—. Vamos a comer algo. —Miro alrededor buscando el área de comidas. El cartel dice que en el segundo piso hay un café. —¡Ahí!

—Amina, ¿lo haces a propósito? Sabes que soy impresionable y me asustas… ¿O piensas que te tengo envidia? —su cara refleja miedo y preocupación por mí.

—Es exactamente como lo dices —decido no discutir: así avanzamos más rápido. Cuando nos sentemos, pondré todo en orden. —¡Vamos, vamos! —la tomo del brazo y la guío hacia la escalera mecánica.

Luci frunce el ceño y pone los labios como moño, fingiendo estar ofendida. Pero en cuanto vea un postre espectacular, se le pasará. La conozco.

Sentadas en la mesa y esperando el pedido, empiezo mi relato:

—Mi padre quiere…

—Ya no me interesa —me interrumpe y juega con el postre, sabiendo que me molesta que lo destroce. Si comes, comes; pero hurgar como buscando un tesoro es demasiado. Se ofendió de verdad…

—Luci, no te enfades —pongo mi mano sobre la suya—. No iba a empezar a quejarme de mi vida en la entrada del centro comercial. —Exploto, soltando emociones.

—¿De qué te quejas? ¿De una vida rica? ¿Ya no vas a hablar conmigo? —retira la mano y aparta la mirada.

“Por favor, que no llore…” pienso. No soporto las lágrimas. Seguro que en otra vida fui hombre, porque tengo todos sus rasgos. Como si mi cuerpo se hubiera reencarnado, pero el alma siguiera vieja, sin purificarse.

—Luci, saca de tu cabeza esas fantasías. Mi padre me encontró solo para casarme con un tipo y quitarle medio negocio, y luego todo. No hay amor paternal. Solo dinero y negocios.

—¿De verdad? —me mira con los ojos abiertos como platos—. ¡Qué cabrón! ¿Y tú aceptaste?

Hago un gesto con la mano: ni sí ni no.

—Lo estoy observando. Quiero entender de qué lado ponerme. Entre dos males, elijo el menor.

—¿Qué? ¿Es igual que tu padre? ¿Viejo, repugnante y desagradable? Ay… —se tapa la boca, consciente de que dijo demasiado.

—Imagínate: es más joven y atractivo, pero eso no lo hace mejor. Es como un jarrón bonito lleno de serpientes venenosas. ¿Quieres que te enseñe una foto?

—¡Quiero!

Busco el móvil. Me suscribí desde una cuenta falsa a la página de su novia, Cristina Lesovska. Por sus historias se puede seguir todo: desde que se conocieron hasta hoy. Llevan juntos varios años, pero él no se apresura a ponerle un anillo en el dedo. Así que no todo es tan perfecto en la noble pareja.

Encuentro la foto enseguida. Cristina subió por la mañana una imagen juntos en el coche, y otra después, con un plato de desayuno decorado. Ahí tienes comida y amor… qué primitiva es.

Ella está de espaldas a él, con los labios fruncidos, y él mira con rabia a la cámara. Se nota enseguida que esa foto le resulta como un cuchillo en… bueno, en un sitio sensible.

—Mira —le paso el móvil a Luci.

—Su mirada, desde luego… —sacude la cabeza—. ¿Y esta quién es? —señala a Cristina.

—Su mujer.

Luci bebe de su taza, pero al oír mi respuesta escupe el contenido.

—¿Entonces está casado? —pregunta con voz ronca.

—No. Es su novia, o conviviente… no sé cómo llamarla.

—¿Y entonces? —abre los brazos, sin entender.

—Pues así. Como ves, a mi padre eso no le importa.

—¿Y si tienen sentimientos… amor… y tú te metes? —pregunta como si ya me juzgara. Lo dije: es una romántica empedernida.

—¿Ves sentimientos en su mirada? —le muestro otra vez la foto, luego paso a otra buscando algo mejor. Pero no hay. En ninguna sonríe: solo irritación.

—No está bien —Luci sacude la cabeza.

—Pareces una abuela. Que si no está bien, que si es mala señal… Vamos a comprar algo bonito.

—No puedo. Estoy mal de dinero. Tengo que ahorrar en verano para la universidad…

—¡Hoy se gasta! —saco la tarjeta bancaria y la agito delante de su nariz.

—¿De dónde?

—Papá me la dio para gastos pequeños.




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