Cómo domesticar a León

6.

Amina

Por la mañana me di una vuelta por las tiendas y compré lo más “necesario”, en versión mínima: dos bikinis, un sombrero de ala enorme, varios vestidos de noche, lencería y… un montón de cosas imprescindibles más.

Cuando mi “amada” madrastra me vio con todas esas bolsas, casi le dio un infarto. Menos mal que Nadia estaba cerca: enseguida le preparó un vaso con su pócima milagrosa —cuarenta gotas de valeriana + cuarenta de espino + cuarenta de toronjil—, compresa en la cabeza y directo a la cama para la siesta.

Guardo lo necesario en mi bolso nuevo y a la hora indicada salgo a la calle. Allí ya me espera Evgueni.

Resulta que las amantes, novias, convivientes… todas llegan antes que sus “novios”. A su disposición: tratamientos de spa, masajistas y piscinas de aguas termales. Y ya por la noche, programa de entretenimiento y la llegada de los hombres.

Y ahí estamos nosotras: guapas, bronceadas, descansadas, listas para pasar la noche entera de juerga.

Espero que mi padre tenga un plan B. Si no, en este “Sodoma y Gomorra” se quedará sin “postre”. Bueno, y yo también… pero yo no cuento.

—Buenas tardes —me saluda el recepcionista del hotel—. Bienvenida al complejo “Iris”.

—Buenas —asiento.

—¿Quién reservó su habitación?

—Samsonov.

—Un momento… —baja la mirada al ordenador—. Su habitación es la doscientos cinco —me entrega la tarjeta—. El botones llevará sus cosas.

—Yo misma, gracias. Dígame… ¿cómo funciona aquí…? —hago un gesto vago con la mano.

—Aquí tiene —me da un folleto brillante—. Están detallados todos nuestros servicios y teléfonos para reservar. La piscina del patio funciona las 24 horas. Por cierto, ya hay chicas descansando allí… invitadas. Puede unirse. El restaurante, tipo buffet, también está abierto todo el día. El evento principal empieza a las nueve. —Y me regala una sonrisa profesional que indica que la conversación terminó.

—Gracias.

Me giro y voy en busca de mi habitación.

Subo en el ascensor al segundo piso, doblo a la derecha, pero a mitad del pasillo entiendo que debía ir al lado contrario.

Por fin encuentro mi habitación, paso la tarjeta y abro la puerta.

—¡Wow! —se me escapa sin querer—. “¡Qué belleza, carajo!” —se despierta mi lado de pueblo. Aunque nunca estuvo dormido.

Empujo la puerta con el pie, tiro el bolso al suelo y me dejo caer de espaldas en la cama.

—Placer…

Tras unos minutos, me levanto. Exploro toda la habitación, abro cada rincón, sigo maravillada. Me acerco a la puerta del balcón, la abro y salgo a la terraza.

Ante mis ojos: una vista espectacular de la piscina y las montañas. Lleno los pulmones de aire puro, denso, limpio —me marea— y sonrío satisfecha.

Al apartarme del “orgasmo visual”, examino la terraza. Conecta todas las habitaciones, y solo unos elementos de hierro forjado y pequeños árboles en macetas separan los espacios, creando intimidad.

Por si acaso, miro hacia abajo. Bajo la terraza hay césped perfecto, arbustos y pinos. Si alguna vez hay que saltar… la caída sería corta, unos cinco metros, y el aterrizaje suave. Pero eso solo en caso extremo.

Junto a la piscina están sentadas unas chicas. Me ven. Una levanta la mano y grita:

—¡Eh, ven con nosotras!

Les hago un gesto de cinco minutos.

Me cambio rápido al bikini, me pongo un kimono ligero con estampado tropical, el sombrero de ala ancha y unas gafas que me cubren media cara. ¡Lista! Bajo con ánimo elevado y espíritu combativo.

—Hola a todas, soy Amina —saludo a las chicas que descansan bajo las tumbonas.

—Hola, yo soy Ellie —responde primero la que me había hecho señas.

—Victoria —se presenta la morena de aspecto aristocrático.

—Marianne —dice sonriente la chica con una melena dorada espectacular.

—¿Somos tan pocas? —me sorprendo. La verdad, pensé que la fiesta sería como la de Hugh Hefner en la mansión Playboy. Con tan pocas chicas parece más una fiesta infantil.

—Aún no han llegado todas. Miranda y Karina están con el masajista, Nicole, nuestra tigresa insaciable, ya se divierte con el gerente del hotel —Ellie suelta todos los detalles, delatando a sus “amigas”.— ¿Y tú eres nueva? No te había visto antes…

—Sí… es mi primera vez en algo así.

—¿Y con quién estás? ¿Quién es tu novio? —su cara refleja interés genuino.

—Yo… con Piotr Samsonov… —dudo si añadir el patronímico, pero Victoria chasquea la lengua y arruga su rostro aristocrático hasta convertirlo en una pasa.

—Lo siento —lanza como quien no quiere la cosa.

—¿Tan mal? —levanto las cejas.

—Bueno… si encuentras su “mini‑juguetito” entre los pliegues, quizá puedas frotarlo en tus manos.

No estaba preparada para semejante sinceridad. Así que levanto las manos y corto su confesión:




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