Cómo domesticar a León

8.

Entendí que estas terrazas‑balcones están diseñadas precisamente para que los amantes puedan escapar cuando aparece de repente la legítima pareja de su acompañante.

Junto a las barandillas, la parte decorativa que separa los balcones es mucho más baja que junto a la pared. Es decir, va en pendiente. ¿Qué me queda? Correcto: trepar al balcón vecino. Así, quizá llegue hasta mi habitación.

Me asomo con cuidado entre las macetas.

—¡Puaj! —frunzo la nariz al ver— Cristina está de rodillas intentando alcanzar la bragueta de Leoncito. ¡No te rindas! —lo animo mentalmente y, levantando el vestido, paso la pierna por encima de la barandilla.

Resulta que, si tienes buena elasticidad, nada es imposible. Pero como yo no la tengo, quedo colgada entre dos balcones, intentando no sentarme con mi “botón” sobre el adorno metálico. Además, el vestido largo no ayuda: se me escapa de las manos y se enreda en las piernas.

Resoplando, gruñendo y casi celebrando, al fin caigo en el balcón vecino.

—¿Hay alguien ahí? —dice Cristina en voz alta. Se la ve en el marco del balcón.

—No inventes —León la despacha.

—¡De verdad! Escuché a alguien resoplar.

Me tapo la boca con la mano y dejo de respirar. Los ojos se me salen del miedo. Luego me giro boca abajo y me arrastro como soldado hasta las macetas con flores. Allí hay una tumbona, intento meterme debajo. Pero, o yo soy ancha o la tumbona baja: no entro. Me doy vuelta boca arriba y miro el cielo estrellado, a ver si pasa la tormenta.

Escucho pasos de León: salió a la terraza. Se queda en medio, atento.

—No oigo nada. Quizá el ruido venga del cuarto vecino —propone—. Voy a la ducha. —Se nota que se cansa, se da la vuelta y entra.

—¡Voy contigo!

—No. Voy solo —dice tajante, como poniendo punto final.

¡Bien hecho, León! Te felicito. Mantente firme y tendrás tu recompensa… en mi persona.

—¡León, me cansé de ser yo la que da el primer paso para reconciliarnos!

La puerta del balcón se cierra y ya no escucho nada, solo un murmullo lejano.

Me levanto y, con las piernas temblando, me acerco a la siguiente barandilla. Ese diseño lo recordaré mucho tiempo…

Primero miro dentro del cuarto vecino. La luz está encendida, pero no hay nadie. Paso rápido las piernas y, doblada en “tres pliegues”, corro en silencio hasta la siguiente separación.

Ya no pienso en seguridad: salto veloz al siguiente balcón.

—¿Quién eres tú?! —suena una voz femenina.

Enfoco la vista.

—¡Oh, Dios! —me tapo los ojos con las manos y chillo—. ¡No veo nada, no veo nada! —corro de puntillas por toda la terraza, intentando llegar lo más rápido posible al otro extremo.

—¿La conoces? —pregunta la mujer, vestida con un traje de “Señora” de sex‑shop, al hombre desnudo arrodillado frente a ella. Bueno, desnudo… lleva una máscara de látex de perro y un collar de púas en el cuello.

—La veo por primera vez —responde él imperturbable, como si conversáramos en un sitio público y vestidos decentemente.

—¡Ya me voy, ya me voy! —digo mientras salto la siguiente barrera.

Aquí logro respirar. La luz está apagada. La habitación vacía, incluso la puerta del balcón cerrada. Me acerco a la barandilla y miro: ¿cuánto más tendré que brincar? Por el césped, arbustos y árboles que aparecen, parece que ya falta poco.

Respiro hondo, agarro el vestido con rabia y adelante, a las barricadas.

Y apenas caigo en la siguiente terraza, entiendo que es la habitación de mi padre. Debería alegrarme de que todo terminó, pero… él está de pie frente a la ventana y me ve enseguida. Solo que no está solo: está con mi “amada” madrastra.

Me doy una palmada en la frente y cierro los ojos un segundo, para abrirlos y ver cómo mi padre hace un gesto claro con la mano: “¡Lárgate!”.

—¿Dónde está tu zorra? —grita la madrastra.

—No hay na‑die —responde mi padre, silabeando y moviendo la mano en cada sílaba, apurándome para que me largue.

La madrastra empieza a dar vueltas por la habitación, y entiendo perfectamente que no lograré cruzar la terraza hasta el otro lado: seguro me descubrirá. ¿Qué hacer? ¿Volver al balcón anterior?

En la prisa paso una pierna por la barandilla, pero en vez de apoyarla dentro, la coloco en la parte exterior del adorno metálico. La voz de María Vladímirovna no me deja concentrarme, así que clavo las uñas de los pies en el cemento y me preparo para pasar la otra pierna, confiando en que todo salga bien.

Pero no sale nada bien. El pie resbala y quedo colgada, agarrada con las manos, con una pierna levantada cuyo tacón se enganchó en el adorno. Una letra “U” humana y patética. Ganas de gritar, pero no puedo: si ella me ve, seguro me arranca los pelos. Y luego a ver cómo demuestro que mi padre no inventó la historia de la hija para acercarse más a su amante.

Con esfuerzo, sacudo la pierna y logro soltar la sandalia, que cae hacia abajo.




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