Amina
La mañana llegó tarde y empezó con dolor de cabeza.
—Uuuu… No bebo más —me tapo la cabeza con las manos, intentando calmar la migraña desatada.
Pero no tuve tiempo para compadecerme. Al rato, mi padre golpeó la puerta y anunció que nos íbamos.
De vuelta en su casa, pasé casi todo el día en mi habitación. Solo bajaba por agua, comida y para recibir las miradas de desprecio de la madrastra. Sinceramente, si no fuera por lo mal que me sentía, le habría soltado un par de “cariñosas”… pero me dio pereza.
Regreso a mi cuarto y vuelvo a tomar el pase a nombre de Violeta Aproxímova. Un simple gafete con clip para la ropa… Incluye datos del pasaporte, el cargo que ocupa en el periódico Noticias de la Capital y, lo peor, una foto. Y yo no me parezco en nada a la señora Violeta.
Pero necesito entrar en la oficina de Leoncito. Entrar… sin que me atrapen.
No me preocupa que me descubra con las manos en la masa. No temo su ira de león. Es simplemente demasiado pronto. Mi plan es llegar primero a la fábrica. Después, ya no será tan grave si sus garras me atrapan por algún sitio blando.
Bajo al despacho de mi padre.
—Oye —empiezo desde la puerta—, ¿sabes cómo está organizado el refugio de Leoncito?
—¿Dónde? —levanta la mirada y frunce sus cejas espesas.
—En su trabajo…
—No mucho. No lo controlo. Tenemos algunos proyectos comunes, pero no me comparte todos los detalles. Y me gustaría… —mueve las cejas con intención.
—Sueña. Soñar no cuesta nada —lo devuelvo rápido a la realidad—. Cuéntame cómo es. ¿Has estado alguna vez en su oficina?
—Sí. Oficina no es. Es un edificio enorme de vidrio y acero. Muy moderno, lleno de cámaras, seguridad… —se encoge de hombros—. No se entra así nomás, y menos se sale.
—Ajá… —pienso en lo que escucho—. ¿Y si entro? ¿O incluso llego a su despacho?
—Pues… —frunce los labios y se encoge de hombros—. Diré que eres valiente. Pero ¿para qué? Es un riesgo inútil. Te atraparán. Seguro guarda documentos en una caja fuerte, y si el edificio es como Fort Knox, la caja fuerte será como un banco suizo. ¿Y para qué quieres documentos? Aún no te ha transferido nada.
—No voy por documentos. Solo curiosidad… Dicen que para conocer a alguien hay que verlo por todos lados. En su coche no hay nada extra… significa que es ordenado, sobrio, inteligente… Y su despacho hablará de sus ambiciones. ¿Apostamos a que entro en su oficina y le dejo un mensaje en la mesa? —de repente quiero demostrarle a mi padre que valgo algo, aunque sea en algo… no tan legal.
—¡Apostemos! —se entusiasma—. Si mañana te atrapa, pasado mañana ya serás su esposa. Y harás todo lo que yo te pida, sin preguntas.
—Vale —digo despacio, pensando qué pedir a cambio—. Y tú, independientemente de mi decisión sobre casarme, pagarás mis estudios en Francia.
—Trato hecho —me da la mano.
No me apresuro a darle la mía.
—Solo que si descubro que me entregaste a propósito… recojo mis cosas y me largo, con estudios pagados y dinero prometido.
—Palabra. Seré un mal hombre, pero no vendo a mi hija.
—Entonces está acordado —le doy la mano, confirmando el trato.
No tiene sentido seguir preguntando: sería revelar mi plan. ¿Confío en mi padre? Claro que no. Así que vuelvo a mi cuarto y me siento frente al portátil.
Busco todo lo relacionado con Leoncito y su empresa. Encuentro sobre todo artículos: que son los mejores aquí, que están en la vanguardia allá… en resumen, líderes mundiales. Atiborran a la gente con sus pastillas. Nada de lo que pueda agarrarme.
De tanto pensar me entra un antojo de dulce. Decido bajar por un balde enorme de helado. Quizá sea la panacea: un par de cucharadas y las ideas se ordenan.
Al llegar casi a la cocina, escucho un grito desgarrador de la madrastra. Justo delante de mí se abre la puerta y ella sale disparada:
—¡Aaaah! ¡Una rata, una rata! —pasa a centímetros de mí.
—Maman, vous avez enfin regardé dans le miroir? (Mamá, ¿por fin miraste en el espejo?)
Entro en la cocina. Allí está Nadia, armada con una fregona, empujándola bajo los muebles.
—¿Qué haces? —pregunto como si nada, mientras saco una cuchara y luego el helado del frigorífico.
—Se metió un ratón, ¿te imaginas? —se endereza y, con las manos en la cintura, se queja de la vida.
—Yo sé un método eficaz para acabar con ratones —cruzo los brazos, imaginándome profesora en el tema.
—¿Echar veneno? —bufa Nadia.
—El veneno es cosa del pasado. Escucha —levanto el dedo—, mejor apunta: para acabar con ratones, hay que traer serpientes.
Nadia resopla y se toca la sien con el dedo.
—No deberías burlarte… Es una cadena, todo científico.
—¿Qué cadena?
—¡La alimenticia! Cuando las serpientes se comen a los ratones, metes erizos. Y luego… —ruedo los ojos, imaginando serpientes por la casa—, papá trae un zorro del zoológico y elimina a las serpientes. ¡Qué idea genial! —exclamo, sorprendida de mi imaginación.