Cómo domesticar a León

10.

Amina

—¡Wow! ¿Qué es esta multitud? —exclama Evgueni cuando nos detenemos frente al edificio de la oficina de León.

—Es necesario —respondo breve, sin dar detalles—. Si en media hora no salgo, entonces… —me quedo pensando. ¿Entonces qué?

—¿Entonces?

—Entonces creo que ellos mismos encontrarán a mi padre. Listo, ¡ciao! —abro la puerta del coche y salgo.

Hoy es un día de sorpresas. Para todos.

Primero, estoy en el papel de Violeta Aproxímova. Teniendo en cuenta que esa señora desconocida es diez años mayor que yo y bastante más… prominente en todos los sentidos, crear un disfraz convincente me tomó tiempo y mucha imaginación.

Su cabello teñido de cobre, fino y rizado, parece una peluca de payaso. Pero lo que más me impresionó fue su pecho: para imitarlo tuve que gastar en un sujetador push‑up. Ni siquiera eso convirtió mis “dulces” en globos, así que añadí calcetines para levantar lo que se supone que es un busto.

Y aquí estoy, con traje formal, tacones, peluca y calcetines en el sostén, acercándome a la multitud de manifestantes.

¿Y qué reclaman? Fácil. Dasha, la que llamé ayer, estudia ecología y pertenece a varias organizaciones de defensa animal. Y esas nunca están conformes con nada: desde la eliminación de cucarachas hasta la protección de especies en peligro.

Hace un par de meses ya habían protestado contra la oficina y la fábrica de Leoncito, denunciando el uso de ratones, conejos o lo que sea en pruebas de laboratorio. Entonces no lograron nada. Pero hoy… hoy necesito una masa de gente. Y me salió barata.

Al menos el dinero de mi padre sirve para algo más que para él y su círculo.

Son las ocho. La oficina abre a las nueve, así que el edificio está vacío y, según mi plan, nadie debería estorbarme.

Internet es maravilloso. Basura, sí, pero llena de información útil: horarios, atención al público, dirección exacta… todo en acceso libre.

Y Dasha cumplió. Reunió unas treinta personas, mínimo. Y protestan con tanta rabia y credibilidad que nadie diría que la acción está pagada.

Empezaron hace apenas unos minutos. Cuando me acerco, la seguridad recién sale del edificio para intentar dispersarlos.

Me abro paso entre la multitud, buscando con la mirada el eslabón débil.

—Señora, ¿a dónde va? —me bloquea un guardia.

—Buenos días, soy la periodista Violeta Aproxímova —le muestro el pase y me giro como si observara la protesta.

—Rápida reacción —bufa el guardia.

—No, tengo una entrevista temprana con León Nikoláievich Razháev. Lo acordamos ayer, y ahora… —señalo a la gente enfurecida, comportándose de manera agresiva.

Dasha está entre las más ruidosas. Me giro rápido para que no me reconozca.

—¿Puedo entrar al edificio? Si llegan los verdaderos periodistas pagados, harán un circo.

—Debo llamar a la dirección —el guardia busca su teléfono.

—Ya tengo el contacto de León Nikoláievich abierto —le muestro mi móvil con el número real de Leoncito—. ¿Quiere que lo llame?

Y sin esperar su respuesta, marco… pero no a León, sino a Evgueni. Magia de manos, nada de fraude.

—León Nikoláievich, soy la periodista…

—¡Voy! —ruge el falso León.

—¿Puedo entrar y esperarlo en la recepción?

Una pausa de segundos, por la que luego estrangularé a Zhenya, y la respuesta:

—Sí. —Y cuelga enseguida.

—¿Lo escuchó? —me dirijo al guardia—. ¿Puedo pasar?

—Pase —se aparta.

Camino con paso seguro hacia el ascensor.

Evgueni resultó más hablador que mi padre en cuanto a información. Gracias a él supe que el despacho de León está en el último piso. Y allí no hay nada más.

Entro en el ascensor y aprieto sin miedo el botón del último nivel.

Mientras subo, me observo en el espejo del ascensor.

—¿Y a quién me parezco?… —murmuro.

Me acerco al espejo, borro el labial rojo corrido, acomodo mis “atributos” en el sujetador, las falsas ondas de poodle en la cabeza y, cuando el ascensor anuncia la llegada, salgo.

Un espacio cuadrado, con grandes macetas y dos sofás enfrentados. En el centro, una puerta.

El ambiente en gris oscuro, la puerta negra. Las paredes y la decoración pesan, te aplastan desde el umbral, como recordándote tu insignificancia.

Pero conmigo se equivocan. No vine a pedir nada, vine a mirar.

Me acerco con decisión a la puerta negra y la abro de golpe. Como esperaba, no está cerrada.

Entro en la recepción. También en gris oscuro. Depresivo, pero ya se sabe: para gustos, colores.

En el escritorio de la secretaria solo hay un ordenador. Nada más. Ni bolígrafos. El escritorio, de vidrio, sin cajones.

¿Será que solo usa el ordenador? ¿O le entregan bolígrafo y cuaderno cada mañana?




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