Cómo domesticar a León

12.

Amina

Hoy estoy de resaca emocional. Ayer recibí tal descarga de adrenalina que todavía siento sus consecuencias.

Me miro en el espejo.

—Amina, estás completamente loca… —le digo a mi reflejo, sacudiendo la cabeza.

Y enseguida interviene el diablillo que vive en mí, cómodo en mi hombro izquierdo:

—¿Y qué? ¿Y si tienes ganas de divertirte?

Suspiro fuerte y me revuelvo el cabello con las manos. Mi cabeza es como un parlamento lleno de voces, cada una “mejor” que la otra. Hasta mis cucarachas mentales no dan abasto con tantas ideas: pobres, agotados.

—¿Y ahora qué, entregarme? —sigo el diálogo conmigo misma—. ¿Y a quién? ¿Decirle a mi padre “ciao” y largarme a Francia a enrollar croissants? ¿O presentarme ante Leoncito con confesión? Decirle: “Respira, castor, fui yo la que te fastidió y te siguió. No lo haré más, palabra de honor”.

Sí, me gusta… visualmente. ¿Y qué? Es guapo. Y yo soy un bombón. Pero la envoltura es una cosa, lo de dentro otra…

Me hago la pregunta, aunque sé la respuesta. No es un ángel, es pariente de mi diablillo del hombro. Yo también puedo ser así, no lo niego. Solo que no tengo el dinero para manejar el mundo a ese nivel. Soy independiente, para mí misma. No hay nada altruista en mí… Tengo un círculo muy reducido de personas a las que ayudaría, y solo si no choca con mis intereses.

No es por el orfanato, ni por la falta de educación, ni por la ausencia de un ejemplo digno o de alguien que me quisiera. Es por mí… por el paquete de cromosomas heredados. Así nací. Ningún cariño ni ternura puede convertir a un diablo en ángel.

En mí todo es mínimo: compasión, empatía, comprensión… No estoy vacía, estoy dosificada. Quizá escondo mis sentimientos tras sarcasmo, frialdad, desprecio, porque es más fácil. Cuando no esperas nada, cualquier migaja te alegra. La vida me decepcionó al inicio, pero no me rindo: pienso que tomaré lo que me corresponde.

Eso despierta León en mí: pensamientos profundos, que me desnudan, muestran mi vulnerabilidad. Y eso no me gusta. Necesito una fortaleza, un foso con cocodrilos y cañones en las torres. No tengo otra vida, y debo vivir esta como si mi alma no se reencarnara. Es mi último camino: el más difícil, el más impredecible.

Caigo de espaldas en la cama y cubro mi rostro con las manos. Aprieto los ojos hasta ver chispas naranjas, como brasas que suben de una hoguera.

¿Y ahora qué? ¿Cómo actuar?

El timbre del teléfono me sobresalta. Sin abrir los ojos, estiro la mano y contesto:

—¡Sí!

—¡Hola, millonaria!

—Hola, sin envidia —respondo a Lucien.

—¿Cómo va la vida en tu familia rica? —pregunta como al pasar, pero su tono busca pincharme.

—Lucien, estoy de humor para ser grosera. Si sigues con preguntas tontas, te daré una respuesta dura.

—¿Por qué? ¿Qué pasó? Hablo de tu ánimo —su voz suena preocupada.

—Así soy… Primero la alegría sin límites, y luego ¡bam!, se cae el velo y el mundo muestra su cara real. Y te decepcionas del todo.

—Ay, Amina, eres tan complicada… ¿Crees que te bastarán tres años para afianzarte en el mundo de los ricos?

—¿Cómo?

—Es que aún no decidí la especialidad… Y si tú te haces rica, yo seguro me meto en psiquiatría y seré tu psicoanalista personal.

—Tienes todo un plan de negocios… genial —respondo con desgano—. Lucien, ¿por qué somos así?

—¿Así cómo?

—De todo intentamos sacar provecho, aunque sea mínimo.

—Quizá porque nunca tuvimos nada. Nadie nos dio nada, pero soñar no está prohibido… Cruel, ¿no crees? Así que remamos poco a poco hacia un futuro brillante, solo con fantasías, sueños y planes a largo plazo.

—¿Y existirá ese futuro? —lanzo la pregunta filosófica.

—Eh, chica, no me gustas así. ¿Dónde quedó la Amina chispeante?

—Me quemé… Necesito una buena noticia para seguir adelante.

—¿Qué noticias puedo tener yo? Mi madre apareció hace poco —la madre de Lucien perdió la patria potestad, igual que el padre. Viven, beben vodka.

—¿Y cómo estaba? ¿Borracha?

—Sí. Pasó junto a mí y ni me reconoció. Yo hice como que tampoco la conocía. Así son nuestras… cálidas relaciones. ¿Y tú con tu padre?

—Nada. Se va temprano y vuelve tarde. No tengo nada que hablar con él. Todas mis historias, alegres o tristes, pasaron sin su participación.

Nos quedamos en silencio. Cada una en sus pensamientos. Pero ese “silencio compartido” con Lucien es más cercano que con cualquier pariente. Por eso callar juntas nos resulta cómodo, sin esas pausas incómodas que otros llenan con sonrisas falsas.

—Nos llevan de excursión, ¿te imaginas? Mañana temprano dijeron que estemos en el edificio principal de la universidad. Quien falte, se acabó.

—¿Y a dónde, según la lógica ilógica, pueden encerrar a estudiantes de medicina? Solo se me ocurre… una planta de reciclaje de basura.




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