Cómo domesticar a León

14.

Amina

Apenas pongo un pie en la zona prohibida, en mi cabeza suena la melodía de Misión Imposible. ¡Soy Ethan Hunt! Agente del IMF cumpliendo la tarea más difícil para salvar el mundo.

Sí… veinte años y en mi mente, en vez de algo útil, un hervidero de tonterías. Hablo de mí, claro.

Tras la puerta cerrada hay una escalera. Subo la vista: silencio. La bajo: descubro que el edificio no solo tiene tres pisos, también un sótano. ¿Dónde se guarda lo más oscuro y secreto? Exacto, en el sótano. Pero lo dejo para después. Ahora toca correr como jabalí por los pisos.

Subo al segundo. Miro por la ventanilla de la puerta: más talleres, empleados que van y vienen. Ellos saben dónde ir; yo soy turista, camino sin rumbo.

Aplico la tarjeta y la puerta zumba, se abre.

Aquí huele a hierbas… igual que mi madrastra cuando se prepara su cóctel “Nadezhda” para calmarse.

Tras los muros de vidrio, enormes calderas pulidas hasta cegar. Conectadas a tuberías, sensores de temperatura, conductos acanalados por donde fluye el brebaje hacia centrifugadoras… Toda la estructura es gigantesca. Seguro aquí preparan “pociones”… Debería llevar unas cuantas para la vieille sorcière. Quizá las beba y se evapore.

Camino unos veinte pasos y entiendo: aquí no veré nada interesante. Además, mi traje protector no es igual al de los trabajadores de este piso. Decido no llamar la atención y regreso a la escalera.

Tercer piso. La puerta distinta: sin ventana, más maciza. ¿Qué esconden aquí?

Aplico la tarjeta. El clic fuerte me hace saltar. Nervios… Necesitaré magnesio, lo beberé con el “elixir” de Nadezhda.

Abro despacio. Parece vacío. Entro, conteniendo la respiración.

Un pasillo corto que termina en una puerta común. La empujo: se abre lentamente y… es una habitación como de hotel. Raro. ¿Para quién?

A la izquierda, otra puerta. La abro: una gran laboratorio, como de película. Todo blanco, pero abandonado. Nadie toca esos equipos desde hace tiempo. Hay matraces, ordenadores, microscopios y aparatos cuyo nombre ni me diría nada. Esto no es crema pastelera… aquí todo es mucho más complejo.

Camino entre mesas, paso el dedo por la superficie. Polvo. Llego a la pared opuesta. Como en los pisos inferiores, hay muros de vidrio. Desde aquí veo los talleres abajo, parecen panales en un gran enjambre… hipnótico. Y desde esta sala hay otra salida, que lleva directo al primer piso. El arquitecto de este edificio es un genio.

Observo a los empleados y me impregno de la atmósfera. Casi me siento en casa. Enderezo los hombros, quiero llenar los pulmones y sentirme dueña de todo esto. Pero… un guardia abajo mueve la cabeza, levanta la mirada. ¡Un poco más y nos cruzamos!

Me agacho rápido, corro hacia la salida.

Quizá no me habría visto: la sala está casi en el techo del hangar. Pero… aún no soy la dueña, soy intrusa. El riesgo de ser atrapada y golpeada es más real que mis fantasías.

Bajo las escaleras a toda prisa, peldaño tras peldaño, hasta detenerme frente a una puerta cubierta de señales prohibidas. Radiación, “Solo personal autorizado”…

¿Y yo? ¿Acaso no soy personal? Llevo traje protector, ¿no? Pues sí. Así que me autoproclamo trabajadora y paso la tarjeta.

—¡Vaya sótano…! —susurro, casi silbando.

La sensación es como si aquí hubieran excavado una línea de metro y luego, por accidente, construido encima la planta farmacéutica.

El aire pesado llena mis pulmones. Parece que la ventilación no funciona desde hace años. El olor químico, áspero, se me queda en la garganta.

Cables gruesos serpentean por las paredes como raíces vivas. Los techos abovedados, altos y macizos. Lámparas fluorescentes cada cincuenta metros iluminan el túnel. Camino siguiendo la luz.

El eco de mis pasos me acompaña, haciéndome sentir vigilada. Me detengo, contengo la respiración… silencio absoluto. Como si alguien se escondiera en la oscuridad, esperando.

Si ahora apareciera un hombre con cuchillo, no me sorprendería. Sería justo a tono con el lugar. Pero nada ocurre. Solo mi mente dibuja escenas más aterradoras que la realidad.

Avanzo poco. Me topo con una puerta enorme, de acero, con superficie acanalada, como las de los bancos en las películas. En el centro, un cierre de rueda.

Todo bien, salvo que está cruzada con cinta de advertencia, clara señal de “no pasar”. Extiendo la mano para tocarla, pero…

Un sonido lejano me congela: una puerta que se abre con chirrido, como si no la hubieran engrasado en cien años.

Ahora sí me invade el miedo. El corazón se encoge, las piernas retroceden solas.

Rompo a correr. Necesito volver a la escalera, escapar.

Mi carrera parece interminable. El corazón se detiene, los escalofríos recorren mi cuerpo y se instalan en la coronilla, temblando conmigo.

Todo en automático: tarjeta, puerta, entro y la cierro de golpe. Me dejo caer en cuclillas, cubro la cabeza con las manos, intentando recuperar el aliento. El corazón golpea fuerte en mis oídos. ¡Qué chute de adrenalina! Basta, debo salir de aquí o me emparedarán en este túnel.




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