León
La intrusa no resultó ser pelirroja. Las cámaras no mienten. Me clavo en el monitor, aprieto la mandíbula, observo sus movimientos por mi maldito edificio… y no logro contener al monstruo interior.
¿Para qué mantengo tanta seguridad? ¿Por qué llené el lugar de cámaras si cualquiera puede entrar por la puerta principal como si nada? Ni códigos, ni cerraduras forzadas… simplemente entró.
¿Quién está detrás de esto? ¿Servicios secretos otra vez? La última vez no hallaron nada, limpiamos las huellas. Medio año de operaciones impecables, contratos limpios, y los altos mandos lo saben. No mandan más sabuesos.
¿Entonces quién? ¿Agentes extranjeros? ¿Gente del pasado de mi padrastro?
Miro a esa chica… y solo pienso:
—Si es agente, es tan absurda como Johnny English.
Se comporta como niña caprichosa. Se sienta en mi silla, gira varias veces con la cabeza hacia atrás y los brazos abiertos. Y cuando escribe su mensaje en mi mesa, hasta saca la lengua, concentrada en dibujar las letras.
¿Y esos mensajes? ¿Qué significan? Ahora entiendo que la inscripción en mi coche también fue suya. ¿Amenazas? Si lo son, mi respuesta es clara: agresión. El fuego arde en mí, listo para quemar al enemigo hasta las cenizas.
Además, usó el pase de la periodista Violeta Aproxímova. Esa vendida pensó que podía engañarme, infiltrarse. Pero sus planes se hundieron cuando empezó a publicar artículos manipulados, mostrando mi empresa en mala luz.
Al principio eran detalles menores, excusas ridículas:
—“No entendí bien”, “Me equivoqué de cifra”…
La pusimos bajo vigilancia. Se reunía con mi competidor, recibía dinero. Bajo apariencia de defensora, buscaba material para hundirme. Hace semanas tuvimos una charla. No la borramos del mapa, simplemente jugamos fuerte: conferencia de prensa con periodistas propios, preguntas pactadas. El mensaje fue claro: “Yo no, la vaca no es mía”. Sus artículos quedaron como encargados, sepultados por información “verificada”.
Diez artículos, un reportaje en TV… y cualquier intento suyo se veía como persecución obsesiva. La última vez que la vi fue aquí mismo, en este despacho. Me miraba con odio, lanzando frases punzantes. Yo respondía frío. Todo estaba decidido.
Desde entonces su pase quedó en mi portafolio. ¿Cuándo lo robó esta bruja? No lo sé. Ese momento se me escapó.
Detengo el video en el portátil, tomo el fajo de fotos impresas. Imagen ampliada al máximo, filtros, mejoras… pero la muy idiota movía la cabeza tan rápido que ninguna foto es clara. Defectos en todas.
Lo único seguro: tiene el pecho pequeño. Y el detalle grotesco: el momento en que saca calcetines del sujetador. En el resto, un rompecabezas criminal.
Me detengo en una foto. Se quita las gafas, levanta la mirada hacia la cámara. Medio rostro oculto, pero los ojos… verdes, como de serpiente. Si tuviera pupila vertical, sería una cobra.
—¿Puedo? —la puerta se abre, asoma el jefe de seguridad. Hoy todos me temen. Y hacen bien.
—Entra —le lanzo una mirada rápida y vuelvo a la foto.
—Revisamos sus huellas en la base, pero no aparecen.
¡Magnífica información!
—¿Y qué más? —mi tono no admite charlas vacías.
—Estamos revisando las cámaras de la calle… Intentamos seguir su recorrido…
—Busquen —les ordeno con un gesto. No quiero suposiciones, quiero hechos.
Pero pasa el día. Pasa la noche. Y al amanecer, nada concreto. No es una chica, es un fantasma. Si no tuviera fotos y video, si solo existiera la inscripción como la vez anterior, pensaría que son fuerzas demoníacas. Pero hay imagen, hay grabación, hay guardias que la vieron, la escucharon, incluso hablaron con ella. Hay hechos, circunstancias… y aun así la figura se evapora. Eso me enloquece.
Hoy debo estar en la planta: lanzamos una nueva línea de empaquetado. Si mi ingeniero jefe por fin muestra resultados, podremos iniciar la campaña publicitaria.
El Estado puede financiar investigaciones de fármacos contra cáncer o enfermedades autoinmunes, pero nunca sacará al mercado un “elixir mágico” que cure todo. La gente siempre enfermará, comerá y morirá. Tres áreas de negocio que jamás se abandonan.
Nos detenemos en la entrada del edificio administrativo. Bajo del coche y me quedo inmóvil.
—¿Qué hacen esos escolares? —pregunto a Eduard.
—Se lo dije… estudiantes de medicina. Excursión programada —ya busca en su tablet, dudando de sí mismo. —Sí, aquí está. Lo discutimos hace días, está en su agenda, con nombres y acompañantes.
—Te creo —respondo seco, sin mirar la pantalla. Aún no sufro demencia.
Observo a los jóvenes. Las chicas me miran sin pudor, con sonrisas y gestos. Aburrido. Nada nuevo.
Pero cruzo fugazmente la mirada con una de ellas… y el corazón da un salto. No tiene nada especial, pero mi instinto animal me obliga a seguirla con los ojos.
Sus movimientos se vuelven nerviosos. Acaba de salir del edificio y se quita la gorra, pero al sentir mi atención se la vuelve a poner, bajándola hasta los ojos. ¿Qué oculta? ¿Qué hizo? Las demás no reaccionan así.