Amina
El autobús se balancea lentamente y casi me hace cabecear. ¡Qué día tan nervioso! Me pasé de precavida, eso es lo que fue. Estuve cerca del fracaso, pero mi ingenio rápido, mis reflejos y mi carisma increíble me salvaron otra vez de ser descubierta.
La recompensa: un almuerzo delicioso. Y ahora, bajo el sol, estoy lista para dormir como un bebé. Ya lo habría hecho si no fuera por la curiosa Lucien.
—Tú viste algo… —mueve las manos en el aire, dibujando figuras raras.
—¿Un cubo Rubik? —abro un ojo con pereza, fingiendo interés.
—¡Qué cubo ni qué nada! —me empuja en el costado, notando que me estoy quedando dormida—. ¡No duermas!
—¡No duermo! —cambio de postura y me limpio la boca. Por un segundo pienso que babeé, pero no, todo seco y cómodo.
—¡Cuenta! —me sacude las manos, devolviéndome a la realidad.
—¿Qué?! —respondo molesta, ya despierta.
—Cuenta —me exige, siseando—, o nunca más te sigo en tus locuras.
—Pues nada especial —bostezo fuerte, me estiro—. Lo raro: un laboratorio abandonado, lleno de equipos de última generación, y un sótano muy turbio. Bueno, túnel subterráneo.
—¿Y qué había?
—Nada… —pausa dramática—. Una puerta enorme, como de banco, sellada con cinta roja.
—¿Y ni intentaste abrirla? —se sorprende Lucien. Ella sabe que pocas cosas me frenan.
—Lucien, puede que esté loca, pero si una puerta está cruzada con cinta roja y “DANGER”, ni yo me meto. ¿Quieres que me salga una segunda cabeza?
—¡O… más pechos! —ríe ella, con su talla completa.
—Los míos al menos no colgarán como orejas de spaniel —le lanzo con sonrisa torcida.
—En persona es mucho más atractivo —Lucien hace cara misteriosa y juega con las cejas.
Sé de quién habla. Una foto no refleja todo su “encanto”. Estoy segura de que todas las chicas del bus quedaron fascinadas con León. Miraban tanto que olvidaban el suelo. Pero ellas solo ven la fachada. Yo…
¿Qué veo yo?
Que es turbio, turbio, como el río Huang He en China.
Solo falta un paso para decidirme: hablar con él cara a cara. Y sé que no será amistoso.
—Sí, Lucien, sabe cómo presentarse.
—Es genial —suspira—. Tiene una mirada penetrante… ¿No quisiste dejar a todas las chicas atrás y acercarte a él?
—¿Para recibir un golpe? ¿Olvidas que ni nos conocemos? Y encima, en pocos días ya le volé la cabeza con mis travesuras. Cuando nos crucemos será batalla a muerte. ¡Mortal Kombat!
—Pues lánzate a su cuello, llora y pide perdón. A los hombres no les gustan las lágrimas, pero sí que se les rindan.
—Entonces yo también soy hombre —gruño, girando hacia la ventana.
El autobús entra en la ciudad. Quince minutos más, si no hay tráfico, y nos dejarán en la universidad. Los estudiantes volverán a clases. Y yo…
Saco el teléfono y marco a Zhenya.
—¿Me extrañaste? —ronroneo.
—Mi sistema nervioso ni tuvo tiempo de disfrutar tu ausencia. ¿Tan rápido? ¿Te echaron de la planta?
—No. La excursión salió según el plan. Incluso nos dieron almuerzo, ¿puedes creerlo?
—Yo no me alegraría tanto de comida gratis en una farmacéutica. Igual les hicieron pruebas a ustedes.
—Todo es posible… Pero los frigoríficos ya nos ganaron: esteroides, colorantes, insectos… La vida nunca volverá a ser igual.
—¿Y por qué llamas? —me corta.
—¿Vienes por mí en veinte minutos, donde me dejaste en la mañana?
—¿Tengo opción? —suspira.
—¡Claro que no! —cuelgo, sonriendo.
El resto del trayecto lo paso medio dormida. Las chicas charlan y ríen, pero no escucho.
Al fin llegamos. El tráfico convirtió mis veinte minutos en cuarenta. Ya tengo hambre otra vez.
Me despido de Lucien, devuelvo la gorra a Lilia —que nos esperaba tras los arbustos— y camino directo… no al coche de Zhenya, sino a la tienda de helados.
Zhenya me ve pasar, abre los brazos como preguntando. Yo le saludo militarmente y señalo el mini‑market. Él frunce el ceño y vuelve al teléfono.
Comprar el helado me toma dos minutos. Y ya soy feliz dueña de un cucurucho enorme con relleno de chocolate y frambuesa. Al abrirlo, casi me ahogo con mi propia saliva.
Pero justo cuando voy a dar el primer “lametazo y mordisco”… alguien me empuja el brazo.
El helado cae al asfalto sucio, su hermosa espiral convertida en un triste charco.
—¡Maldito teatro! —exclamo, decepcionada.
Me giro hacia el culpable. Pero en vez de rostro, me topo con un ombligo.
Levanto la mirada despacio.
Uy. Demasiado severo. El ombligo era más simpático.
—Vienes con nosotros —dice el tipo, amenazante.