Cómo domesticar a León

18.

Amina

En cuanto mi cuerpo entiende que todo alrededor son “los míos”, se relaja y la energía contenida estalla como fuente. Mi yo alocado y disparatado está lista para soltar perlas.

El grandulón se sienta junto al conductor, así que todo el asiento trasero es mío. Me coloco en el centro, me inclino hacia adelante y me asomo entre ellos… con una sonrisa boba, como el burro de Shrek.

—Chicos, ¿a dónde me llevan?

El grandote gira despacio, quedamos casi nariz con nariz.

—¿Cómo te llamas, fugitiva? —pregunta el guardia.

—Amina. ¿Y tú?

—Yo soy Kostia, y él Mija —señala al conductor—. Vaya lío en el que te metiste, Amina —sacude la cabeza.

—Bah… —me dejo caer de espaldas en el asiento—. Se arreglará. ¿León está muy enojado?

—León está furioso.

—Rrr… —rujo y muevo las manos como gata salvaje—. Tengo hierba gatera para calmar al León. Soy bruja —le guiño a Kostia.

—¿De dónde saliste tan loca? ¿Del manicomio?

—Ya verán, chicos, aún los sorprenderé… ¡Oh! ¡Déjalo! —por la radio suena la canción de Stromae Alors on danse. Mijaíl quiere cambiarla, pero lo detengo. —Ponla más fuerte —ordeno como si fuera la dueña.

Él me mira por el retrovisor, dudando si estoy chiflada. Pero llega el estribillo y yo empiezo a gritar:

—Alors on danse! —me muevo tanto que el coche parece bailar conmigo. Luego repito el rap del cantante.

—Vaya espectáculo —se ríe Kostia, empujando al conductor.

Estoy tan desatada que casi olvido que pronto tendré que gritar el apellido de mi padre y suplicar clemencia. Los nervios me disparan. Es la primera vez que veré a León cara a cara… y ya tiene prejuicios contra mí. No logro calmarme, reacciono con bromas y payasadas.

La canción termina y me desinflo. La incertidumbre me enfría. Me aparto hacia la ventana, pensativa.

—¿Por qué callaste? —pregunta Kostia.

—Mi canción ya se cantó… —respondo triste.

—Tú sí que estás… mal. En tu caso solo deberías repetir eso y dar pena —aconseja.

Si supiera que no es tan simple.

Llegamos al control que separa el mundo común del de los ricos. Un guardia en uniforme verifica quién va en el coche, pulsa el botón y la barrera se levanta.

El vehículo avanza por una calle perfecta dentro del barrio cerrado. Casas de revista: césped cuidado, setos recortados, flores. Y lo mejor: no hay muros de cinco metros de bloques. Solo portones de hierro y cercas elegantes que dan apertura y armonía.

Unas puertas así se abren suavemente y entramos. Frente a mí, una casa moderna, en el mismo estilo que la oficina: vidrio, acero, ventanales enormes. Espacio y luz.

El coche rodea la casa, pasa la entrada principal y se detiene en la puerta negra. Otra vez lo mismo: todos entran por la puerta, yo siempre… por ventana, sótano o escondida.

—¡Fuera! —ordena Kostia.

Suspiro fuerte y resignada. Salgo. Tras el aire fresco del coche, la calle es un horno. Me cubro los ojos con la mano, intentando protegerme del sol cegador.

—¡Mijaíl! ¿Dónde está León? —suena una voz femenina, exigente.

Me giro. Frente a mí, una dama de unos setenta años. Vestida como para una recepción real: vestido blanco de lino, sombrero de paja adornado con flores, un collar que brilla demasiado para ser bisutería. En una mano, cesta de flores recién cortadas; en la otra, tijeras de jardín.

Levanto la vista a su rostro… vaya, sorprendentemente parecida a Donatella Versace. Se pasó con la cirugía.

No puedo contenerme:

—Oh, quelle charmante vieille dame! (¡Oh, qué encantadora anciana!)

—¿Quién es, Mijaíl? —pregunta, señalándome con el dedo.

—Es… —Mijaíl duda, sin saber cómo presentarme.

—Amina —me adelanto, extendiendo la mano—. ¿Usted es la madre de León?

Pero en vez de un gesto amable, la señora tuerce su rostro retocado en una mueca de desprecio.

—Para algunos es León, para otros León Nikoláievich. Hm… —bufa, se da media vuelta y se va al jardín.

Bueno, veremos cómo canta cuando me conozca mejor. Entrecierro los ojos, siguiéndola con la mirada.

—Vamos, Amina‑sin‑miedo. Qué arriesgada eres —dice Kostia, tomándome del brazo y llevándome hacia la puerta trasera.

—Suéltame —le siseo—. Voy sola.

Me deja pasar. Caminamos en fila: Mijaíl, yo, Kostia.

Entramos en la casa. A la derecha, una escalera hacia abajo. Bajamos, recorremos un pasillo largo y llegamos a otra escalera que conduce al sótano.

Mijaíl abre una puerta de hierro. El chirrido metálico retumba. Se aparta, invitándome a entrar primero.

—¿Un sótano? Qué esperado y cliché.

—Anda, entra —me empuja Kostia—. Agradece que sea sótano y no tierra húmeda.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.