Cómo domesticar a León

19.

León

Miro esos ojos verdes, insolentes, venenosos… y por un instante pierdo el control.

¿Es estupidez suprema o valentía fingida? ¿Una barata jugada para impresionarme?

¿Quién es? Nadie. Entonces, ¿de dónde esa seguridad? ¿La respalda alguien? ¿O simplemente está loca?

Su calma me irrita: esa mirada desafiante, la sonrisa burlona, como si todo estuviera calculado, como si supiera que tiene protección y saldrá victoriosa.

—¿Quién demonios eres? —le siseo en la cara. Tan cerca que distingo sus malditas pecas.

—El amor de tu vida —responde, sonriendo como si todo fuera un juego.

—¿Qué tonterías dices? —aprieto más su cuello frágil, levantándola. Y entonces… me besa.

Me aparto de golpe, retrocedo, me froto los labios con el dorso de la mano. No es repulsivo, pero sí tan inesperado que me deja en shock.

La furia me invade. Quiero destrozar todo, gritar, despedazarla. Pero me contengo. Necesito respuestas. Ella no puede ser el cerebro de todo esto. ¿Qué buscaba?

Para no matarla allí mismo, la agarro por detrás del cuello, le retuerzo un brazo y la arrastro hacia mi despacho. Allí puedo controlarme. La cercanía de la familia y el nuevo mobiliario me obligarán a mantener la calma.

Apenas la toco, me lanza un torrente de insultos:

—¡Gato sarnoso! ¡Zorrillo apestoso! ¡Suéltame, desgraciado! ¡Te sacaré los ojos!

Yo, en silencio, le levanto más el brazo, obligándola a agachar la cabeza. Le muestro su lugar.

—¡Ay, ay, ay, duele! ¡Cara de gato calvo!

—Habla mientras puedas —le gruño.

Por suerte el despacho está cerca. No tuve que arrastrar a esta loca por toda la casa.

De una patada abro la puerta y la empujo dentro. Ella avanza unos pasos y se detiene frente a mi escritorio.

Se gira bruscamente. Un mechón le cae sobre los ojos, lo sopla despacio sin apartar la mirada de mí. Con sonrisa maliciosa toma la base de bronce y basalto para mis plumas —un regalo de Kristina, valorado en más de setenta mil— y la estrella contra el suelo.

El laminado “premium” queda marcado. Pienso un segundo en el diseñador que me vendió gato por liebre.

—¡Maldita mocosa! —rujo, casi pisoteando el suelo. Estoy a un paso de golpearla. Nunca he golpeado a una mujer… pero esta me empuja al límite.

La rabia me quema. ¿Cómo puede ser tan descarada? Traiciona, provoca, y encima exige. ¿De dónde tanta valentía injustificada?

—¡Voy a estrangularte ahora mismo! —le grito, con los puños tensos.

El autocontrol se me escapa de las manos. Las palmas tiemblan como las de un alcohólico en abstinencia.

—¡Atrévete a tocarme! —me escupe la víbora.

De repente agarra el pisapapeles en forma de manzana dorada y lo lanza con fuerza hacia mí. Mi reflejo me salva: me agacho. Pero en la puerta está Kostia… y él no se agacha.

El golpe le da directo en el pecho.

—¡Hhh…! —solo alcanza a exhalar, doblándose por el impacto.

—¡Se acabó! ¡Estás muerta! —exploto, dispuesto a estrangularla.

Ella grita, corre alrededor del escritorio, usándolo como barricada. Y no, no está asustada. ¡Se ríe! Se ríe en mi cara.

—¿No te pasas de insolente? —le gruño.

—¡Ven aquí!

—No, —responde juguetona, saltando como si fueran juegos infantiles.

Esto ya es un circo. El teatro del absurdo. Mi rabia me sacude, golpeo el escritorio con el puño y rujo como bestia:

—¡Al suelo! ¡Manos arriba! ¡Teme!

—Vale —acepta con facilidad. Se encoge de hombros y se sienta tranquilamente en mi sillón de cuero.

—¿Por qué tan excitado, León Nikoláievich? —alarga el cuello, me observa con detalle—. ¿Es idea mía o se te reventó un vaso en el ojo izquierdo?

Golpes en la puerta. Eduard entra sin esperar permiso. Sus ojos se agrandan al ver la escena: la descarada en mi sillón, yo con la furia contenida, Kostia masajeándose el pecho.

—¿Qué?! —le lanzo, cortante.

—Es que… Samsonov llegó. Exige verlo.

—¿Exige? —mis cejas se alzan.

—¡Tráelo! —ordena Amina desde mi sillón, girando como reina. La fulmino con la mirada, intentando matarla con ella.

—¿Qué? —me desafía—. Será divertido. ¡Vamos, vamos! —apremia a Eduard con un gesto.

—¿Por qué no logro callar al demonio que quiere destrozarte? —pregunto, retórico.

—Tranquilo, León. Pronto todo encajará —sonríe misteriosa, me guiña. —Y Kostia, perdón. No quería darte.

Kostia levanta la mano, aceptando la disculpa.

—Ajá… pero sí querías darme a mí. ¿No tienes nada que decirme? —ya sé que esta Amina guarda un as bajo la manga.

—Paciencia, León Nikoláievich…

La puerta se abre. Entra Samsonov, nervioso, seguido de su chofer y guardia.




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