Cómo domesticar a León

20.

Amina

Observo la escena con deleite. El ayudante de León sigue clavado en la puerta, con la boca abierta. Kostia ya olvidó su dolor en el pecho y ahora mira fijamente a su jefe. Mi guardaespaldas Zhenya suelta un bufido resignado, como diciendo que aquí ya no pinta nada. Y mi padre, sudoroso, se seca la frente con un pañuelo.

Si en la pared hubiera un rifle, este sería el momento de disparar.

Mi “príncipe” está perdido. Se queda en medio del despacho, abriendo y cerrando la boca como un pez en un estanque. Y ahora se pone pálido… que no se desmaye, por favor. Los príncipes no deben caer desmayados: aún tienen que luchar contra dragones y emprender viajes imposibles.

Hora de ayudarlo. Como dicen: “El hombre es la cabeza, la mujer el cuello”. Pues para que la cabeza no se caiga, el cuello debe trabajar.

—No te asustes tanto —me levanto del sillón y me acerco. Le tomo del brazo, intentando guiarlo a sentarse en el asiento que yo calenté.

Pero él retira la mano, rechazando mi ayuda. Bueno, tampoco me moría de ganas.

Una idea loca me cruza la mente y me anima. La guardaré para después.

León se sienta en su sillón, y de inmediato recupera el control, como si el asiento lo alimentara de energía invisible.

—Petr Kondrátievich, no entiendo. Primero: ¿de dónde salió una hija, si usted tenía un hijo? Recuerdo que era único…

—Bueno… —mi padre pone los ojos en blanco, recordando su juventud—. Hace veinte años yo era un conquistador…

Ahora parece el gato del dibujo animado de Kesha: solo le falta chasquear los tirantes y enumerar sus hazañas.

—Me alegro por usted, pero ¿qué tengo que ver yo? Esa —me señala con el dedo— es suya. Haga con ella lo que quiera. ¿Por qué me involucra?

—¡Fuera todos! —mi padre fulmina con la mirada a Kostia, Eduard y los guardias. —¡Cierren la puerta!

Mientras salen, sigue murmurando:

—Se meten en lo que no les toca…

Quedamos los tres.

—Escucha, León Nikoláievich, sabes que tienes un fallo pendiente…

—Pensé que ya estaba resuelto… olvidado…

—Sí… quizá yo lo habría dejado pasar, pero no todos son tan comprensivos. Los socios quieren garantías…

—¿Qué tipo? —León baja la cabeza, me mira desde abajo. Su mirada pesa. Y su mano también: donde me apretó quedarán marcas. Se borrarán antes de la boda…

—Invertimos mucho y luego perdimos… No hay otra salida. Esta es nuestra tierra, nuestra ciudad. Aquí formamos familias, criamos hijos… —me señala, sacando a León de su equilibrio recién recuperado.

—Habla demasiado en clave —León le corta.

—El asunto es que tú, así como llegaste, puedes irte. Haces líos y luego nosotros cargamos con ellos.

—No pienso irme. Aquí tengo casa, madre, hermana, sobrinos…

—Sí, pero tienes propiedades en el extranjero. Nada te impide hacer las maletas y largarte. Nada. —Hace una mueca, como si quisiera creerlo, pero añade—: Otros no lo ven así. Pero si te conviertes en parte de mi familia… entonces es distinto. Tus problemas serán mis problemas, tus intereses mis intereses, y además, negocio común. Eres como un hijo para mí. El mío… un desastre. Sospecho que hasta es gay, pero no hablemos de eso ahora…

Oh, papá… qué hábilmente metió la frase sobre el negocio. Y luego, ¿cómo demostrar que nunca se habló de eso?

—¿Y cómo se imagina todo esto?

León ahora no es León, sino un gatito asustado. Lo miro: confundido, aturdido, desorientado. Estoy segura de que hoy es el único día de su vida en que realmente no sabe qué hacer.

Además, me parece que nunca pensó en casarse. Su Kristina habría seguido soltera para siempre. Así que, en el fondo, debería darme las gracias: la empujo hacia la vida real, a buscar un marido de verdad.

—¡Pues cómo! —ríe mi padre—. Como todos se casan. Puede ser en el registro civil, o aquí mismo… Tu patio es grande, caben doscientas personas.

—¿¡Doscientas!? —León repite, atónito.

—Claro. Mi hija es única, hay que hacerlo a lo grande. Que no digan que Samsonov escatimó. Para todos será sorpresa que tengo una hija… y si metemos dinero, entre tanta parafernalia la pregunta se olvidará. —Abre los ojos tan cómicamente que no puedo contener la risa.

—¡Alto! Habla como si ya estuviera decidido. —En León despierta el león que no quiere collar. —Yo ya tengo… novia. Y planeábamos… —gesticula, como buscando fecha— …casarnos pronto.

Pero fecha no dijo.

—¡Bah! —mi padre frunce el ceño—. ¿Qué novia, si estás con el agua al cuello? Yo puse mi nombre en juego, respondí por ti… y ahora te echas atrás. Aquí tienes a Amina. ¡Mírala! No te estoy dando un hipopótamo patizambo. Es guapa. ¿Qué más quieres?

—¡La veo por primera vez en mi vida! —León protesta—. Y después de lo que hizo, dudo de su cordura.

—Pues mira, una esposa con chispa no está mal. Nunca será aburrido. Cada día nuevas emociones. Y siempre encontrará cómo entretenerse, con tanta imaginación. No te seguirá quejándose.




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