Amina
—Te arrepentirás de tu decisión —los ojos de León destilan rencor y amenaza—. Te destruiré.
Avanza hacia mí, imponiéndose con su sombra.
—¡Pff! —me río y ruedo los ojos—. Haz fila. Eres el número un millón…
Me interpongo en su camino y, al pasar, lo rozo con el hombro a propósito.
—¡Kostia! —llama León al guardia que espera en el pasillo.
—Sí, León Nikoláievich.
—Pide a Vera Pavlovna que prepare una habitación para la invitada.
Kostia me mira sorprendido. Yo le hago una mueca que claramente significa: “¿Ves? Te dije que me quedaría en esta casa. Y tú no lo creías”.
—Está bien, León Nikoláievich. Vamos…
—Amina Petrovna —le corrijo con tono burlón.
Él asiente y me guía por el pasillo. Pocas puertas, misteriosas. Ya tendré tiempo de curiosear.
Llegamos al gran vestíbulo. A la derecha, un arco conduce al salón; junto a la pared, una escalera de mármol gris sube al segundo piso. A la izquierda, la cocina unida al comedor.
—Espera —me detiene Kostia con la mano. Entra al comedor y llama:
—¡Vera Pavlovna!
—¡Oh…! —responde una voz femenina desde la cocina. Suena mayor. Aparece secándose las manos en un paño.
—León Nikoláievich pidió que prepare una habitación para la invitada —me señala.
Ella aún no me ve, así que me inclino y saludo con la mano.
—Buenas tardes.
—Hola, hola… —dice, observándome con curiosidad—. Ven, si él lo pidió…
Da un paso hacia mí, pero en ese momento la puerta principal se abre de golpe.
Entra Kristina. En cada mano, bolsas de marcas famosas. Gafas de sol, coleta alta perfecta, ni un cabello fuera de lugar. Un top beige que deja claro que no lleva sujetador, pantalones blancos cortos y sandalias de tacón altísimo, sostenidas apenas por finas tiras de cuero.
Lo admito: la envidio. Siempre me sorprende cómo algunas mujeres pueden llevar esas cosas. Es un don.
Al verme, se detiene bruscamente y baja las gafas.
—¿Quién es? —pregunta a Vera Pavlovna.
—La invitada de León Nikoláievich —responde la ama de llaves con gusto.
No sé qué relación tienen, pero mi instinto me dice que no es buena. Vera destila veneno hacia la “señora”, disfrazado, pero evidente. Sospecho que todos en esta casa están a cuchillo entre sí.
Eso me asegura que no me aburriré.
—¿Y tú quién eres? —me suelta Kristina, con un deje de celos.
Subo el tono de inmediato:
—El amor de su vida, su futura esposa y madre de sus hijos —digo, subiendo un par de escalones para compensar la diferencia de altura.
—¿Qué?! —frunce el rostro maquillado, intentando asimilar lo que oyó.
—Vera Pavlovna, estoy cansada, ¿podemos subir ya? —apuro a la ama de llaves, antes de que alguien me agarre del pelo.
—Vamos… —me rodea y sube al segundo piso. Yo detrás.
Una pausa… y luego un grito que sacude la casa:
—¡León!
—Sabes crear caos a tu alrededor —comenta Vera, girando a la izquierda.
—Espere —la detengo, tocándole el brazo.
—¿Dónde está su habitación? —señalo hacia la planta baja.
Vera Pavlovna es lista, no necesita explicaciones.
—Por ese pasillo —indica a la derecha de la escalera.
—¿Hay cuartos vacíos?
—Sí —sonríe con picardía.
—Entonces voy allí —camino segura hacia el lado opuesto.
—Pero esa es su habitación compartida —advierte. Quizá piensa que me importarán sus “suspiros nocturnos”.
—Lo superaré. ¿Cuál? —me detengo frente a cuatro puertas.
—La de León Nikoláievich y Kristina —señala la de la izquierda—. La siguiente está vacía. La de la derecha es de Emily, la sobrina de León. Y junto a ella, la de su hermano Michael.
—¿Y la abuela?
—¿Quién?
—La patrocinadora oficial de los cirujanos plásticos.
Vera sonríe, pero se cubre la cara fingiendo que se limpia la nariz. No es correcto que el servicio se ría de los patrones.
—Hablas de Lady Catherine. Ella vive en el otro ala, con su hijastra Olivia y su esposo Edward. Los jóvenes hacen ruido, y ellas valoran la calma.
—Entendido.
Abro la puerta de mi cuarto temporal. Me gusta: paredes color arena, cama grande, baño privado, televisor, armario con espejo… Mejor que en la casa de mi padre. Aunque sé que cambio un problema por otro: allí me odiaba solo la madrastra, aquí ya es todo un equipo. Y aún no sé quién manda más: la abuela o Kristina.
—Seguro me duermo. Si el guardia trae mis cosas, déjelas en la puerta. Mejor que Zhenya las meta, no vaya a destrozarlas alguna celosa —murmuro.