Cómo domesticar a León

22.

Amina

Emily me lleva al comedor.

Entramos. Toda la familia está reunida. Me detengo en el umbral para observar. En el centro, León: serio, preocupado. A su derecha, la “madre‑abuela”, con postura perfecta, como si hubiera tragado una vara. Junto a ella, una figura apagada: debe ser Olivia, casi oculta tras la corpulencia de su marido. Su aspecto los delata: ingleses, con esa peculiaridad en la fisonomía. Frente a mi padre está Michael, más joven que Emily, unos catorce años. Poco que decir: un adolescente.

Emily se sienta sin saludar. Rebelde.

Todos me miran, yo los miro.

—Buenas noches, soy Amina —me presento y me acomodo a la izquierda de León, junto a Emily.

—Hola… ¿y tú de dónde apareciste? —Olivia me observa con curiosidad.

Su marido, con aún más curiosidad, se clava en mis piernas desnudas por los shorts. Cuando me siento, cambia la mirada a mi pecho. ¿Qué busca? No hay nada que ver.

—Eh… —me giro hacia León. Que él explique quién soy.

—Amina se quedará unos días en nuestra casa. Es hija de Samsonov.

Olivia arquea las cejas. O no me parezco a mi padre —lo cual no me molesta— o no entiende por qué la hija de un millonario se hospeda en casa ajena.

—Aunque seas hija de Petr Kondrátievich, eso no elimina el código de vestimenta. Aquí cenamos de gala —dice la madre, sin mirarme, hurgando en su ensalada.

—¡Ay! Mi vestido de baile y mi corona se quedaron en casa de papá —me llevo las manos al pecho, fingiendo preocupación—. ¿Qué hago? ¿Enganchamos caballos? ¿Mandamos palomas mensajeras?

—Si no fueras hija de Samsonov, te echaría de la mesa —al fin me mira con sus ojos fríos. Está furiosa, pero se contiene. Quizá teme que se le caiga la “yesería” si muestra emociones reales.

Yo me divierto. La animo:

—Libérez le Kraken! Liberté aux émotions! (¡Suelta al Kraken! ¡Libertad a las emociones!) —coreo, golpeando suavemente la mesa con el puño.

La abuela se queda pasmada, con un trozo de lechuga detenido en el aire.

Los adolescentes disfrutan: Emily se tapa la boca para reír, Michael salta y empieza a hacer beatbox.

—¡Mike! ¡Basta! —ruge su padre.

Silencio. Se oyen tacones sobre el mármol.

—¿Divertidos? —pregunta Lady Catherine, sarcástica—. Pues ahora nos divertiremos más.

Todo se aclara cuando entra Kristina. Ya estaba seria, pero al verme junto a León, su cara se deforma de ira. Evidentemente me senté en su lugar. Pero… gallina que se levanta, pierde sitio.

—¡León! ¿Por qué ella está en mi sitio?

Él, antes pensativo, ahora es puro nervio. Se masajea las sienes, intentando calmarse, pero los músculos tensos lo delatan.

—Siéntate en otro lugar —dice con falsa calma.

—¡Quiero mi sitio! —Kristina golpea el suelo con el pie.

Que se peleen. Yo me concentro en mi plato: un jugoso filete me espera.

—Hablaremos de esto después… —pronuncia él, casi silabeando.

—¿De qué vamos a hablar? ¿De que te quieren obligar a casarte conmigo? —Kristina grita, con la cara roja de furia.

Recorro con la mirada a todos los presentes. Me interesa ver sus reacciones.

Lady Catherine apenas lanza una mirada helada y vuelve a su plato, como si no le importara. Seguro que luego le dirá todo a León en privado. Se hace la aristócrata, pero yo juraría que su “gran señor” la recogió en algún barrio de luces rojas.

Olivia observa con curiosidad, como si su vida necesitara entretenimiento. Emily, incapaz de ocultar emociones, me pellizca la pierna bajo la mesa y sonríe.

El marido de Olivia sigue comiendo sin pausa, y Michael tararea con la cabeza moviéndose al ritmo.

Un circo.

—¡Ahora ocupa mi sitio y en una hora estará en tu cama! —Kristina patalea.

—No lo descarto —respondo en voz alta.

—¡Aaaah! —se lanza hacia mí, lista para montar un club de pelea.

Un gesto rápido: tomo el cuchillo y lo clavo con fuerza en el filete. Eso la detiene. Se queda a medio camino, con la boca abierta, buscando palabras para su rabia.

—¡Atrévete! —levanto el tenedor—. Tendrás cuatro agujeros, igual que el filete.

—¡Basta ya! —León pierde la paciencia. Se levanta de golpe, lanza la servilleta a su plato.

—¡Tú! —me señala—. En mi casa, solo yo amenazo. Así que come en silencio.

Yo ruedo los ojos y hago una mueca.

—Y tú —ahora apunta a Kristina—, conmigo.

Se van. El comedor queda en silencio.

—Buen provecho a todos —digo, como si nada. Saco el cuchillo del filete y empiezo a cortarlo en trozos.

Nadie responde. Todos miran sus platos.

—Vaya pieza eres —dice al fin su madre—. Sería divertido observar este enfrentamiento si no involucrara a mi hijo.




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