Amina
La mañana llegó tarde, a las diez.
Me arreglo y bajo. La casa está en silencio absoluto. Mejor: menos gente, más oxígeno. Podré desayunar tranquila.
Entro en la cocina justo cuando Vera Pavlovna aparece desde la terraza con una cesta de flores recién cortadas.
—Buenos días —le digo, y voy directo al refrigerador.
—Buenos… ¿Quieres que te prepare algo? —ofrece.
—Tengo manos —las muestro— y cabeza, algo saldrá. —Saco huevos y los pongo en la mesa—. Una tortilla seguro me sale.
—Al menos tú me alegras la mañana. Los demás solo dicen “trae”, “sirve”…
Vera coloca la cesta y empieza a ordenar flores.
—¿Para qué son? ¿Alguna ocasión?
—Lady Catherine quiere flores en su cuarto, la sala y el comedor.
—Vivir bonito no está prohibido… Por cierto, ¿dónde está todo el mundo?
—León se fue a trabajar a las ocho. Lady Catherine está en el jardín con sus rosas. Emily tiene entrenamiento de tenis. Michael… futuro músico, los jueves estudia violonchelo.
—¿Y los viernes?
—Guitarra.
—Ya veo, todo programado para que los chicos salgan temprano y vuelvan tarde… sin infancia.
—¿Quién sabe qué es mejor? Los míos sueñan con tiempo libre, mi nieto pasa todo el día pegado al teléfono.
Reflexiono:
—El equilibrio es una línea fina entre caos y orden, exceso y carencia, disciplina y libertad… Por cierto, ¿por qué no dejan ir a Emily a la fiesta?
—Lady Catherine se opone, y Olivia… es una blanda. ¡Ay! No debería decir eso —se tapa la boca.
—Tranquila, no lo repetiré. Bastante tengo con mis problemas.
Mi tortilla esponjosa se cocina bajo la tapa. Hago una tostada con mantequilla y un trozo grueso de queso. Preparo té negro con limón y tres cucharadas de azúcar… en casa ajena se permite.
Sirvo la tortilla en el plato y, mientras enfría, lavo la sartén.
—¿Encontraste trabajo acorde a tu nivel? —suena una voz venenosa detrás.
Kristina entra, despeinada, con antifaz de dormir aún en la cabeza. Sin maquillaje no es tan “bella”: el pelo como estopa, arrugas visibles.
—¿Qué otra cosa? Yo no sé producir esos “oh” y “ah”. Tú sí: podrías trabajar en la industria porno… doblando actrices tímidas.
Se nota que aún digiere su vergüenza de ayer, porque hoy no reacciona tan fuerte. Solo arruga su nariz retocada. Se sienta y empuja mi plato, dispuesta a devorar mi desayuno.
—¡Eh! ¡Ese es mi desayuno! —cierro la mano y luego la abro, salpicando gotas en su cara.
—¿Estás loca? —se limpia con una servilleta, molesta—. Hazte otro. Cuando todos vean que solo sabes cocinar, tu padre y León te echarán sin nada. Al menos ganarás algo así.
—No te preocupes, tú saldrás antes —le lanzo mi dardo.
Ella toma el tenedor, lista para atacar mi tortilla. Solo queda un plan:
—¡Escupí en el plato! —grito. Su mano tiembla y el trozo cae de nuevo. —Buen provecho —sonrío venenosa.
—¡Mientes! —me fulmina con la mirada.
—Juro que si lo comes, te saldrán verrugas. En tu caso no sería tan malo: distraerían de tus arrugas profundas.
Kristina se frota la cara con las manos, como si fueran milagroso vaporizador antiarrugas.
—¡Te odio! —Kristina sisea, se levanta de golpe y sale de la cocina.
—Eres valiente —Vera Pavlovna sacude la cabeza—, o temeraria… en tan poco tiempo ya te ganaste a dos víboras en esta casa.
—Soy atrevida. Intento tomar todo de la vida, incluso si ese “todo” se resiste. Ya se acostumbrarán.
—¿Hablas de León Nikoláievich?
—Tal vez… —me encojo de hombros, devorando mi desayuno—. Es complicado, pero comparado con su madre, no está tan mal.
—Todos somos buenos… cuando dormimos de espaldas a la pared.
Termino mi desayuno en minutos, lavo los platos y agradezco a Vera su compañía. Decido explorar el terreno.
Salgo por la terraza y entro al jardín. Hermoso: flores perfectas, césped impecable, diseño cuidado, un estanque con peces dorados… ¿quizá uno de esos cumpla deseos?
Y en medio de tanta belleza, el único “hierbajo”: Lady Catherine. Está junto a un rosal trepador, tijeras en mano.
—Buenos días —digo con energía. La anciana se sobresalta, se agarra el pecho.
—¡Me asustaste! —gruñe—. ¿Qué quieres?
—Nada. Solo admirar su jardín. Es precioso.
—Lo sé sin que me lo digas —responde seca.
Vaya educación… Mejor culpar a sus achaques. Quizá problemas digestivos.
A sus pies, un cubo con fertilizante. Ella toma un poco y lo esparce en la tierra.
—Son rosas hermosas —me inclino para olerlas—. ¿Con qué las abona?