Amina
Ya son las diez de la noche y claramente llegamos tarde a la fiesta de Emily. Sí, voy con ella. Si me hago responsable de una niña, debo asegurarme de que nada le pase; de lo contrario, mi conciencia me devorará viva.
Colocamos almohadas bajo su manta, formando la silueta de alguien dormido. No sé cómo funciona en esta casa, pero en el orfanato siempre colaba. Al comprobar que el parecido es convincente, nos escabullimos hacia mi cuarto.
Detrás de la pared, León y Kristina discuten otra vez… ¡drama italiano! Me encanta. Por el tono, ya van por el episodio ciento veinticinco. Pronto descubrirán que alguno tiene un gemelo malvado. Prefiero escuchar sus peleas que sus gemidos falsos.
Cierro la puerta, me asomo por la ventana y salgo primero. Caigo sobre el techo del invernadero como saco de patatas. Me quedo quieta, escuchando. Silencio. Solo ranas croando.
—Vamos —susurro a Emily.
Ella se cuelga del marco, yo la ayudo a bajar. Luego me dirijo a la enredadera de madera y desciendo como si fueran escalones.
¡Crac!
Una tabla se rompe bajo mi peso.
—¡Maldición! —me aferro, destrozando las flores. Caen pétalos… ojalá el viento los lleve al jardín vecino.
Discreción no es mi fuerte. Tras de mí siempre quedan ruinas.
—¿Qué fue eso? —pregunta Emily, asustada. Bien hace: si nos atrapan, quizá a ella la perdonen por ser familia, a mí me queman como bruja.
—Nada… No pises la segunda tabla, salta a la tercera —le indico.
Al tocar tierra, le hago señal de que todo está bien. Camino trazado, como GPS. Ella baja y corremos por el jardín hasta la puerta que da al campo de golf.
La abro… y chirría traicionera. Paso a Emily primero, saco cinta adhesiva y tapo el pestillo. Cierro la puerta suavemente.
Aún creo que podremos volver igual que salimos. La realidad será más dura, pero todavía no lo sé.
La puerta queda sin cerrar: tenemos opción de regresar sin ser descubiertas. Por si acaso, hago la señal de la cruz, tomo a Emily de la mano y avanzamos rápido hacia el vecino.
Unas palabras sobre él. Con Ilya conectamos enseguida. Nada une más que un enemigo común y las ganas de criticarlo.
Le conté mi plan: sencillo. Él nos espera en su puerta, nos pasa por su jardín y nos lleva al taxi que pidió. Tres pasos y listo.
Pero decidió ser más caballero: él mismo será nuestro chofer. Quiere hacerlo, que lo haga. Al menos tendré testigo: Emily estaba consciente y yo no soy secuestradora.
—¿Y por qué tardaron tanto? —pregunta Ilya, molesto, cuando entramos en su terreno.
—Circunstancias imprevistas, rozando el desastre total —respondo. Cuanto más inverosímil suene, más fácil lo creerán.
—¿Los Razháev te vieron? —la voz de Ilya suena preocupada. Tanto que presumía de ser un tipo duro, sin miedo ni a León ni al diablo… seguro ya se arrepintió cien veces de haberse metido conmigo. Pero ya es tarde: el Titanic zarpó y el iceberg nos espera.
El trayecto no es largo. La fiesta está en el mismo barrio, a unas calles. Llegamos a una enorme casa de tres pisos, iluminada como vivienda americana en Navidad. Música a todo volumen, luces de colores cortando el cielo, gritos, risas…
Emily vibra como un resorte. Se asoma por la ventana y ordena:
—¡Aquí! —señala la casa.
—Ya lo imaginaba… —respondo, observando con cautela.
El coche se detiene y Emily sale disparada, olvidando la regla de “no separarse de mí”. Sus amigas la reciben con saltos y chillidos, compartiendo noticias atropelladamente.
Mientras intento agradecer a Ilya y despedirlo, las chicas ya se pierden en la multitud. ¿Y ahora cómo la encuentro?
—¿Quieren que espere? —Ilya observa fascinado a la juventud entrando y saliendo.
—No, gracias —le insisto que se vaya.
—Se ve divertido —su mirada se clava en una chica con minifalda. Parece mayor, pero sé que todas rondan los quince o dieciséis.
Yo no miro piernas, sino la lata de alcohol en su mano.
—Mira, Ilya —le digo seria—, vete a casa. Si necesitas compañía, tienes dos manos. Aquí son niños. Aunque parezcan adultos, no los toques. ¿Entendido? Si te veo, te entrego a León con todo y pruebas. O antes te hago un nudo en lo que usas para ligar. —Abro la puerta y salgo.
Espero que haya entendido. Entro con seguridad al patio, la fiesta está en pleno auge. Veo cómo su coche se aleja. Una preocupación menos.
Busco a Emily. No sé cuántos son en su clase, pero aquí hay al menos cien personas. Me engañaron.
Miro alrededor, pero solo veo torsos desnudos. ¿Todos los chicos de secundaria parecen modelos de revista deportiva?
—¡Ups! —choco con alguien. Levanto la vista… y me derrito. Qué chico. Lo quiero para mí. Sonrío y me arreglo el pelo.
—Hola, guapa —su sonrisa blanca brilla en su piel bronceada.
—Eh… —me quedo bloqueada. Me sonrojo y olvido hasta mi nombre.