Amina
La primera alarma me golpea junto a la piscina: Emily ya no está donde la dejé. La angustia me invade como oleaje.
Corro por el jardín de la casa ajena como cucaracha cuando encienden la luz y le echan insecticida. Siento que pronto llegará el “hombre‑chancla” y me aplastará. ¡Y yo aún soy joven, debería vivir mucho más!
—¡Emily! —grito desesperada. Los adolescentes borrachos se apartan de mí.
En mi cabeza gira la idea contradictoria: “Si la encuentro, la mato” y al mismo tiempo “Solo que esté viva”.
No está bajo los arbustos ni en el fondo de la piscina. Entro a la casa.
En la cocina, los chicos ya se divierten a lo grande. Han vaciado la mesa de comida y ahora una chica baila striptease sobre ella. Todavía vestida: sombrero, botas vaqueras… y un látigo.
—Dámelo —le arrebato el látigo y azoto al anfitrión en el trasero.
—¡Ay! ¡Petrovna, estás loca!
—¡Loca tú! —lo persigo, golpeando con precisión sus glúteos musculosos.
—¡Fue mi padre quien contrató a la stripper! —grita, esquivando.
—Ah, haberlo dicho antes —me detengo, aparto el pelo de la cara, jadeando. Los años pesan.
—¿Has visto a Emily?
Stefan me mira atónito, como si su cerebro explotara con preguntas: “¿Quién es esta? ¿Qué hace aquí? ¿Por qué tanto caos?”.
—Creo… —dice otro chico, inseguro— que la vi con Max subiendo al segundo piso.
—¿Qué hay arriba? —sé que son dormitorios, pero no quiero creerlo. Si pasa algo irreparable, los futuros “parientes” me torturarán con todos los métodos posibles. Ni mi convicción de bruja me salvará.
—Pues allá voy —subo las escaleras con paso de marinero Popeye, látigo en mano.
Entro en la primera habitación: vacía.
La segunda: una pareja besándose con tanta intensidad que parece que él la devora.
—¿Quién besa así? —comento y me voy.
En la tercera encuentro a mi desaparecida.
—¡No! —grito, extendiendo las manos.
Quisiera no ver esto. Emily yace desparramada en la cama, inconsciente, mientras un chico forcejea con sus shorts, a punto de caerse.
Al verme, se congela con una pierna levantada, los pantalones atrapados. Gracias, pantalones.
—¡Eh tú! —me acerco amenazante, golpeando el látigo contra mi mano—. ¡Guarda tu plátano verde en los calzoncillos y lárgate!
—¿Qué?! —frunce el ceño, molesto.
Pero él es tan insulso como Emily. No sé qué podría haber hecho… salvo desplomarse junto a ella y quedarse dormido. Eso sí, sin pantalones. Y al amanecer presumiría de hazañas: “con salto, con ataque, por detrás, con giro”… mientras la pobre lloraría en su almohada.
Decido darle un “tratamiento de choque”. Levanto el látigo y ¡zas! directo en sus nalgas desnudas.
—¡Aaah! —salta como picado por abeja, agarrándose la zona golpeada—. ¡Qué demonios haces!
—Servicio de desintoxicación a domicilio. ¡Recibe tu terapia! —vuelvo a levantar el látigo. Él brinca como gacela, salta sobre la cama y sobre la dormida Emily.
—¡Los voy a curar a todos! —mi grito suena como lema revolucionario.
Max —o como se llame— huye de la habitación mostrando su trasero. Yo me concentro en despertar a la bella durmiente.
—¡Arriba, borrachita! —la sacudo por los hombros.
Ella murmura, arruga la nariz, pero no despierta. Bien, segunda fase del tratamiento. Voy al baño, lleno un recipiente con agua fría y se lo vierto en la cara. La cama se convierte en colchón acuático.
Emily se incorpora de golpe, ojos turbios como pescado pasado, boqueando aire.
—¿Ya estás despierta o te doy otra dosis?
—No… —cierra los ojos y se desploma de nuevo.
—¡Maldita sea! —gruño—. Ahora entiendo por qué tus padres no te dejan salir: tu tren no tiene frenos. ¡Vamos, arriba! —la levanto a la fuerza.
Ella protesta, hace pucheros, pero consigo ponerla de pie. Caminamos hacia la salida. Ojalá nadie note el regreso de esta “Lolita fallida”.
Bajamos la escalera y al salir nos topamos con Ilya. Se sobresalta, aparta la mirada, como si eso lo hiciera invisible.
—En cualquier otra situación te haría la vida imposible por quedarte, pero ahora agradezco verte.
—¿Por qué está tan borracha? —pregunta, sosteniéndola del otro lado.
—Quién sabe. Hormonas, nervios, primer desamor… o genética —respondo sudando a mares.
La cargamos hasta su coche y la dejamos caer en el asiento trasero como saco de patatas. Me siento delante, limpio el sudor.
—Conduce rápido. Quiero que esta noche termine ya. La vida no me enseña nada…
—Sí, yo también lo pienso. No sé cómo acabará esto para mí.
—¿Al menos miraste chicas jóvenes? —le digo con sorna. Él solo hace una mueca.