Cómo domesticar a León

27.

Amina

No solo me dormí al amanecer, también descansé fatal.

Me despierta un rasguño en la puerta. Me levanto de golpe y la cabeza me da vueltas.

—¡Maldita sea! —me agarro la cabeza—. ¡Detengan la Tierra, que me bajo!

Camino tambaleando hasta la puerta. El cerrojo suena y abro.

En el umbral está Emily. Fresca, despierta… como si no hubiera bebido anoche.

—Perdón, perdón, perdón… —junta las manos como en oración.

—Vete al demonio —empujo la puerta, esperando que se cierre sola.

Pero se cuela por el hueco antes de que se cierre.

—Amina, perdóname —dice como si yo fuera la culpable—. ¡No lo planeé!

—¿Y qué planeaste? ¿Entrar como mariposa, revolotear y salir elegante? Pues resultó que la mariposa era borracha: bebió como animal y casi pierde… su polen.

—Para que sepas, ya estoy polinizada —alza las cejas con significado.

—Entonces la próxima vez ve con tu madre, para que no se pierda el momento de convertirse en abuela.

—¿Quieres decir que tú no eres así? ¿Que te guardas para León?

—¡Bah! Tonterías. Contigo no lo voy a discutir.

Entro al baño esperando que entienda la indirecta y se vaya. En esta casa todos están tocados, incluso los niños. Hay que grabarlo como un “Padre Nuestro” y pensar en mis propios intereses.

Pero apenas me siento en el inodoro, ¡entra otra vez!

—¡Fuera! —golpeo el suelo con el pie—. ¿Ya no tienes límites? —me señalo la sien.

—Anda… habla conmigo —pone cara triste mientras yo sueno como arroyo.

—¿De qué? —suspiro fuerte.

—¿Qué hago? Me gusta de verdad…

—¿Quién?

—El chico… con el que estaba en la habitación.

—¿El macho del plátano verde? —me río, subiéndome la ropa interior—. No sé, Emily. En asuntos amorosos no soy experta. Insultar, mandar al diablo, golpear… eso sí. Pero lo demás, ni idea. Te equivocaste de puerta, ve con Kristina.

—¿No puedes enseñarme nada? —pone labios de pato.

—¿Quieres un pastel? ¿Un “Napoleón”? Te doy clase de repostería.

—Tus hobbies son muy… de señora.

—De señora es tejer calcetines. Un pastel es arte. ¿Entiendes la diferencia?

—No, pastel no quiero —dice pensativa y por fin se va.

Me ducho y pienso: “El pastel es bueno, rico… ¿no?”. Quizá debería endulzarles la vida a estos nuevos parientes. Desde que llegué solo les di picante. Tal vez convenga intentar relaciones más cómodas: al fin y al cabo, me toca vivir con ellos.

Y lo curioso: ni se me pasa por la cabeza abandonar todo. ¿Será que me estoy encariñando con León? Aunque lo único que tiene son muecas y rechazo.

Pero incluso en eso encuentro algo atractivo. Sus miradas entornadas, su voz ronca, su figura… Claro que hay motivos para engancharse. Si fuera menos lista, ya me habría derretido como helado al sol.

Debo recordar mi objetivo: salir de la pobreza y dedicarme a lo que me gusta. Sé que mi padre no me dará dinero así como así. Si no cumplo sus expectativas, me olvidará igual que hace veinte años: me echará y cerrará la puerta. Todas sus promesas se volverán polvo.

Termino mi rutina matutina y bajo, esperando que la casa esté vacía. Pero no: la primera que encuentro es Olivia. Al verme, aprieta los labios y sus ojos arden de reproche.

—Buenos días —digo, casi como pregunta.

—¡Amina! Yo era neutral contigo, pero después de que llevaste a mi hija a esa fiesta… no sé cómo tratarte. Lady Catherine le prohibió ir.

—¿Y usted? —la interrumpo.

—¿Qué… yo? —se desconcierta.

—¿Usted estaba en contra? No sé dónde pasó su infancia, pero en Inglaterra los adolescentes también van a fiestas. Y sí, allí beben, tienen sexo, contratan strippers, nadan desnudos… Por eso fui con ella: para controlar, no para ayudarla a saltar la valla. Que se lanzara al alcohol como tonta solo demuestra que, entre entrenamientos y clases, usted no encontró tiempo para hablarle de los riesgos. —Las palabras me salen como torrente. —Y otra cosa: ¿no le parece raro que Emily acudiera a mí, a quien apenas conoce, en vez de a su madre? ¿No le duele?

Olivia se llena de aire, indignada. La verdad nunca gusta.

—¡Basta! —levanto la mano—. Prometo no dejarme convencer por su hija otra vez.

La dejo con la boca abierta y reclamos sin salida.

La siguiente es Kristina. Está en el comedor, bebiendo de un vaso de cóctel.

—Vaya lío anoche —dice con placer—. León estaba furioso.

—Anda, cuéntame cómo lo consolaste toda la noche. Es tu momento estelar, brilla —cruzo los brazos y espero su discurso.

—¿Qué contar? El domingo León rechazará a tu padre y te echarán con tu pobre armario.

—Sueña… —hago gesto de balanza. —En un lado: negocios, dinero, oportunidades y yo. En el otro: tú. ¿Qué elegirá? Yo que tú empezaría a empacar. Y te hago un favor: León nunca pensó casarse contigo.




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