Cómo domesticar a León

29.

Amina

Quiero estar sola.

La habitación es demasiado luminosa, demasiado cómoda, demasiado cara… demasiado todo. Me incomoda, me descoloca.

Abro la ventana y vuelvo a bajar al techo del invernadero, lejos de los habitantes furiosos de esta casa. El aire del verano embriaga: rosas, lirios, el murmullo del agua en el estanque… Todo bien, pero la herida interior y la insatisfacción me aplastan, obligándome a recordar el pasado.

No siempre fui tan combativa. Antes era una niña tímida, asustada por un mundo cruel. Los cuidadores eran secos, emocionalmente quemados, a veces crueles. Sustituían el afecto por indiferencia. Cumplían horas y corrían a casa, a sus propios hijos igual de privados de cariño.

En ese círculo todos eran infelices. Todos se odiaban, pero soportaban, porque no había salida. El sistema funcionaba sin fallos.

Nunca me quisieron adoptar. En el orfanato “Alegría” los casos eran contados con los dedos.

Todas esas emociones vacías y amargas se acumularon en mí, capa tras capa, hasta formar una armadura. No se quiebra, pero… ahora estoy otra vez en un lugar donde todos se odian y toleran solo porque no hay salida. Odio nacido de la dependencia. Emily y Michael dependen de sus padres, Olivia y Edward de León y Lady Catherine… Todos unidos solo por el dinero. Como una escoba atada con alambre: la tocas y los palitos se dispersan.

Y no me opongo… el dinero también es estímulo. Pero la negatividad, el vacío, los comentarios venenosos… duelen.

Recuerdo el pastel y a Kristina. ¡Qué rabia! Me esforcé y ella:

—¡Perra! —susurro para mí, estornudo varias veces—. Sí… perra.

—¿Qué haces ahí afuera? —escucho detrás. Me giro bruscamente. En la ventana está León.

—Respiro.

—¿Y en la habitación no respiras?

—Allí es su aire… viciado. Aquí es aire común, del Estado.

—Hasta donde sé, aún no hay impuesto al aire.

—Cambios globales, élites mundiales, conspiración… —digo mirando al cielo, como si allí estuviera la verdad—. Pronto solo los elegidos respirarán. Los demás, por suscripción.

Me dejo llevar. Quiero hablar así, de nada. Decir algo velado para escuchar algo. La soledad es peor.

Él salta y se sienta a mi lado. Calla, pero sé que le divierte. Quizá nunca conoció a alguien tan “encantadoramente raro”.

—El proyecto piloto ya empezó —sigo con mi “realidad delirante”—. Nos lo ocultan para que no cunda el pánico. Primero habrá aires acondicionados con análisis de ADN. Luego filtros que se activan según tu historial crediticio. Después paquetes de aire personalizados por pasaporte. Puntos, bonos, certificados… cada uno con su ranking. Quien tenga pocos puntos respirará aire archivado de los 2000. Y los que estén en el fondo… les darán aire de los 90.

—¿Aire archivado? —él se ríe. Al menos alguien se divierte.

—Sí, con naftalina y desesperación. Como era: gasolina diluida, polvo de fábricas, sueños rotos… aire de época.

Él suelta una carcajada.

—¿Y tú estás bien? Quien está prevenido, está armado.

—Estoy ve-li-cio-so —me tumbo en el techo, manos bajo la cabeza—. Me mantengo en forma para no caer en su intriga climática.

—Eres… rara —por fin me diagnostica—. ¿Te mordió un extraterrestre o te llovió radiactividad?

—La realidad me dejó huella. Usa botas militares…

—¿Y qué quieres de verdad? ¿Cuáles son tus deseos, tus sueños?

Giro la cabeza hacia él, intentando descifrar por qué este tono íntimo. Ya estoy en la ola, así que suelto:

—Quiero ser una reina hormiga.

—Hablo en serio, y tú…

—Yo soy la seriedad misma. La reina hormiga vive mucho, pone millones de huevos y toda la colonia trabaja para ella.

—¿Quieres poner un millón de huevos? —León sonríe. Y esa sonrisa le queda bien.

—No, quiero que todo funcione sin mí, pero para mí.

—¿De dónde…? —gesticula confundido—. ¿De dónde sacas esas ideas?

—Llegan solas. Si guardas el caos dentro demasiado tiempo, empieza a hablar. A veces susurra, a veces grita. Lo importante es no interrumpirlo.

—Estás loca —sacude la cabeza. Sonríe, pero menos divertido. Empieza a entender que no es solo sarcasmo. —¿De verdad quieres que el mundo gire sin ti, pero a tu favor?

—¿Y tú no? —le respondo con otra pregunta.

—Digamos que sí. ¿Y qué más quiere la señorita Amina? ¿Casarse, quizá?

—Claro.

—Pero difícilmente lo lograrás… con esas ideas. Y ese carácter.

—¡Contigo, seguro que no! Todavía digiero esa posibilidad: “¿Vale la pena?”. ¿Crees que eres un sueño?

—¿Y qué tengo de malo? —su voz revela interés.

—¿Qué de bueno? Estafador, sin principios, desprecias a tu mujer y la odias… Si quiero que me odien, basta con decir la verdad en la cara.




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