Cómo domesticar a León

33.

Amina

Y se me ocurrió…

— ¿A dónde vamos? — pregunta León con entusiasmo.

— Sorpresa — respondo, con una sonrisa misteriosa.

No sé si a León le gustará esta sorpresa, pero allí donde lo llevo, difícilmente alguien lo buscará. Y menos a él.

Alquilé un coche a nombre de Stiopka, aquel pretendiente desastroso, y, sin mucha práctica al volante, me puse a conducir. Ahora el coche vuela por la carretera, alejándonos de la gran ciudad — hacia un lugar donde nadie hace preguntas de más, donde la vida empieza con el canto del gallo y termina con el último destello del atardecer.

— ¿Quieres que conduzca yo? — León se hunde en el asiento cuando adelanto a otro vehículo.

— Todo bien… ¡Abróchate el cinturón, despegamos! — León me lanza una mirada en la que se lee claramente el pánico. Decido animarle: — No te preocupes, soy buena conductora. Tengo… cuarenta horas de autoescuela. Y fíjate, nunca he tenido un accidente.

— Eso sí que es… un récord — murmura, y se nota que mis palabras no le han dado mucha confianza. — Entiendo que no vamos a casa, ¿verdad? — señala el paisaje que pasa velozmente por la ventanilla de nuestro viejo, pero sin duda cósmico, Opel.

— Ir a casa es demasiado banal. Piensa: los parientes te atosigarían con preguntas — “¿Cómo estás?”, te sobrecargarían la cabeza ya dañada con historias, intentarían reconstruir tu pasado pieza por pieza… Y donde te llevo yo, todo es positivo y emociones limpias. Pondremos en pausa lo que fue y trabajaremos en lo que es. Lo viejo… quizá ni haga falta.

El médico dijo que la memoria debería volver — tal vez en una o dos semanas. Los fármacos adecuados hacen milagros. También recomendó psicoterapia… Pero ¿para qué, si tiene a una “curandera” como yo? Además, allí donde vamos, la naturaleza es el mejor terapeuta: aire puro, silencio, sin cobertura ni televisión. Placeres sencillos.

Y en este “maratón” de recuperación tengo mi propio plan. Aún espero sustituir sus viejos recuerdos por nuevos. No, no en el sentido de enamorarle. Quiero construir una relación de beneficio mutuo. Marcar las reglas de convivencia: tú con tus ambiciones, yo con mis deseos, y ni un paso fuera de la línea.

Estoy casi segura: a León le esperan decenas de proyectos más, grandes y atrevidos, que está dispuesto a llevar a cabo. Y la familia y los hijos… eso no va con él. Ni conmigo.

— ¿Falta mucho?

— ¿Estás cansado? ¿Mareado? — le miro de reojo. El médico advirtió: migrañas, subidas de tensión, náuseas repentinas… todo posible.

León mueve la cabeza levemente y se recuesta en el asiento, como escuchándose a sí mismo.

— No, no estoy mareado. Solo… raro. Inusual.

— A veces hay que salir de la zona de confort. Y estos viajes… inspiran cosas. Vas por una carretera hacia ninguna parte y aireas la mente, sueltas el lastre del pasado.

— Si suelto algo más, me ingresan en el manicomio — sonríe, aunque en sus ojos hay una pizca de inquietud. No sé si por lo que ha dicho o por cómo tomo la curva. — ¿Seguro que tienes cuarenta horas de autoescuela? — se lleva la mano al pecho.

— Puede que no sean cuarenta… — sonrío misteriosa. — Pero seguimos en el asfalto, no en la cuneta.

Tomo la curva con seguridad y piso el acelerador.

— No te preocupes. En este coche llevo lo más valioso que tengo.

— ¿Qué? — se gira, mirando el asiento trasero.

— ¡Yo! — no puedo evitar una sonrisa amplia.

León sonríe de verdad. Puedo afirmar con seguridad que, si no logro enamorar a un hombre, al menos hacerlo reír sí.

— ¿Estás segura de que sabes a dónde ir? — León empieza a dudar cuando dejamos la carretera y tomamos un camino de tierra.

— Claro. Aunque eso no lo enseñan en la autoescuela… el GPS lo aprendí a usar solita.

Tras recorrer un par de kilómetros más por caminos de tierra, levantando nubes de polvo y aplastando insectos contra el capó, llegamos a una gran casa en las afueras del pueblo. Podríamos haber dado un rodeo por carretera asfaltada, pero decidí que por el campo era lo suyo: olor a hierba, flores silvestres, el canto de los grillos y toda esa fauna… ¿qué más quieres de la vida romántica?

— Ha llegado a su destino — anuncia el navegador.

Y yo añado enseguida:

— Enteros y sin daños. ¡Fuera! — ordeno. — Vamos a conocer gente — abro la puerta y salgo del coche.

— ¿A quién? — León abre la puerta y también baja.

— A mis siete hijos y tres exmaridos — apenas termino la frase y ya frunce el ceño, así que aclaro rápido: — es broma.

Las puertas se abren lentamente y aparece una mujer de mediana edad. Lleva un sombrero de paja de ala ancha, pantalones cortos, una blusa sin mangas y un bronceado de esos que no se compran, solo se ganan trabajando bajo el sol día tras día. Al verme, su rostro se ilumina con una sonrisa cálida, casi maternal.

— ¿Amina, eres tú?

— ¡Yo misma, Tamara Andreievna! — corro a abrazarla con alegría. — No has cambiado nada, sigues siendo guapísima.




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