Cómo encontrar el amor en un solo paso

Prólogo

Damián

(4 años antes)

Hace un frío extraordinario arriba en la azotea, como es de esperarse en pleno diciembre y con las temperaturas comenzando a bajar por el invierno, sobre todo durante noches como estas.

Frotándome los brazos sobre la tela de mi chaqueta, echo un vistazo al espacio que mi mamá y yo nos encargamos de acondicionar para pasar la noche bajo el cielo parcialmente despejado. Tenemos listas una colchoneta y algunas almohadas, así no sentiremos el incómodo piso frío cuando nos sentemos. También hay una linterna prendida que nos ayuda a no tropezarnos por ahí, aunque tengo planeado apagarla en cuanto comience el espectáculo allá arriba.

Me encojo un poco dentro de mi chaqueta. Aunque por dentro está bien abrigada, el aire frio se cuela entre la tela y por un momento temo que la frescura sea tan insoportable que ninguno de los dos aguante el tiempo suficiente para ver el comienzo de la lluvia de estrellas.

–La vista aquí es espectacular —dice mamá detrás de mí cargando con las últimas almohadas.

Nos quedamos un rato observando nuestro alrededor hasta que quito las almohadas de sus brazos y las acomodo en el piso junto a las demás. Me les quedo viendo un rato tratando de decidir si debo ponerlas en otro orden para que se vean más lindas y cómodas. Quiero que todo luzca perfecto cuando llegue él, suba y vea todo lo que le he preparado.

Tengo la suerte de vivir en una de las orillas más alejadas al centro de Villa de los Fundadores, donde la luz eléctrica no interfiere demasiado con la natural. Cerca de casa se escuchan los rumores de las ramas de los árboles rozándose, las sombras del cementerio me hacen mirarlas a lo lejos. Es tan perfecto estar aquí arriba, perfecto para pasar un rato agradable con cualquiera que se atreva a subir la empinada colina que lleva a mi casa.

«Y sería perfecto para una cita», dice la voz de mi mente. Antes de que una sonrisa se instale en mi cara decido detener esos pensamientos. Me recuerdo que las almohadas y la colchoneta no son para una cita, son para ver la lluvia de estrellas con mi mejor amigo.

Me acerco a mamá para pasar uno de mis brazos alrededor de sus hombros. Es una mujer pequeña, aunque yo apenas acabo de rebasar su estatura. De ella heredé los ojos de un color que nunca he podido definir y las pecas; de papá el cabello y el hoyuelo.

—Tu papá amaba subir a ver el cielo —me dice.

Un suspiro entrecortado sale de sus labios.

—Lo sé —susurro.

Han pasado tres años desde su muerte y aun no me acostumbro a su ausencia. Todavía lo siento presente, como si su espíritu me estuviera abrazando en esta noche estrellada mientras señala algo en el infinito. Casi puedo sentir su mano revolviendo mi cabello y el recuerdo de su risa vibrante me hace cosquillas en el pecho…

Pero no, hoy no puedo permitirme sentir tristeza. Papá ya no está a mi lado, pero todavía tengo personas que me quieren y que yo también quiero con toda mi alma.

Me sobresalto por el sonido del timbre.

Debe ser Nico.

Emocionado, me agacho para tomar la linterna y bajar las escaleras, pero antes de poder darme la vuelta siento la mano de mamá dándome una caricia en la mejilla. Está fría y sus ojos son cálidos, me hacen sentir abrigado mientras me observan con cariño, mi cabeza se inclina ligeramente hacia su tacto y le sonrío antes de avanzar. Bajamos juntos las escaleras hasta el pequeño patio, camino todo el largo de la casa hasta llegar a la puerta de entrada.

Cuando la abro, aparece un chico altísimo cubierto hasta el tope por prendas calientitas. Debe llevar puestos un sinfín de suéteres y mallas térmicas porque su cuerpo luce grueso, todo lo contrario de su figura flacucha.

Sus mechones de cabello negro apenas son visibles bajo su gorro, su bufanda lo cubre del cuello a la barbilla, por lo que solo me permite ver su nariz y sus mejillas rojas por la frescura. Saca de sus bolsillos una de sus manos enguantadas para saludarme y da un paso hacia el interior de la casa.

—No te quites ni el gorro ni la bufanda, Nicolás —advierte detrás de él Julie, su hermana—. Sabes que mi mamá se va a enojar contigo si lo haces.

—No lo voy a hacer —dice el aludido rodando los ojos.

Nos despedimos de ella y acompaño a mi amigo a mi habitación, donde deja su mochila con su pijama y una manta. Como si su hermana no hubiera pronunciado ni una palabra antes de irse lo veo quitarse los guantes y la bufanda. También se deshace por un momento de su abrigo y se libera de uno de los suéteres; llevaba tres en total además de la chaqueta.

—Dios, no podía moverme con todo eso encima —se queja. Creo que pesaba veinte kilos de más.

Vuelve a ponerse el abrigo porque sabe que puede resfriarse si sale sin él. También lleva sobre su brazo una manta bien doblada para taparse más tarde.

Juntos subimos por las escaleras hacia la azotea y, cuando llegamos, lo escucho hacer un chiflido al ver la colchoneta y las almohadas, una sonrisa llena de satisfacción adorna su cara, no puedo evitar sonreír de la misma manera.

Con ayuda de la linterna nos sentamos rodilla con rodilla. Mamá prometió dejarnos solos y subir únicamente de vez en cuando para verificar que no estamos congelados, así que podemos hablar de cualquier tema sin miedo a ser escuchados. Sin embargo, ninguno de los dos abre la boca más que para hacer un pequeño comentario sobre el clima.

A veces el silencio dice más que mil palabras, justo ahora no existe una expresión capaz de describir el momento. Nunca, ni en un millón de años voy a encontrar las palabras exactas para describir mis ratos con Nico.

No apartamos la mirada del cielo, exactamente en el punto donde están empezando a aparecer unas nubes gigantes. Temo que cubran suficiente espacio para impedirnos ver las estrellas fugaces o que se desate una lluvia obligándonos a bajar. Algunos días pienso que el universo nos pone trampas para evitar que descubramos sus secretos más profundos.




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