Nico (en la actualidad)
Quiero empezar esta historia con un consejo: NUNCA, ni siquiera en vacaciones de Pascua, se queden despiertos hasta las cuatro de la mañana dando vueltas en su cama. ¿La razón? Hay una gran probabilidad de que más tarde, a eso de las nueve de la mañana, alguna persona se vuelva loca y acuda a aporrear tu puerta.
Mis intentos de cubrirme la cabeza con una almohada para ahogar los golpes no surten efecto, mis esperanzas de que haya alguien más en casa se fueron por la borda hace minutos. No, no creo que la persona en la puerta se vaya sin antes lograr que le abra, no veo otra opción para silenciar sus golpes a menos que baje y le muestre mi cara de pocos amigos.
Ponerme de pie se vuelve una pesadilla; no tengo fuerza en mis piernas y el solo hecho de levantar la cabeza me provoca un mareo. Cuando me estiro, los huesos de mi espalda truenan.
«Nico, Nico», me digo, «pareces un anciano».
Me levanto por el lado derecho de la cama, como siempre lo he hecho desde que tengo memoria; mi hermana, Julie, insiste en que esa es la razón por la que me levanto de mal humor, como si mi estado de ánimo dependiera del lado por el que me pongo de pie. De solo recordarlo pongo los ojos en blanco.
Mis pantuflas, tan incondicionales como aquél primer día que las saqué de la caja de regalo por mi cumpleaños número catorce, me esperan dispuestas a masajear mis pies con suavidad. Generalmente, el simple hecho de sentir la textura sedosa de las pantuflas me pone de buen humor, pero hoy pienso elegir el camino de la violencia.
Con mi mal genio pisándome los talones, empiezo a caminar mientras un bostezo sale de mi boca y decido que, antes de bajar y abrir la puerta, debo lavarme los dientes.
Ya en el baño, después de lavar mis dientes, me miro en el espejo. Un chico de diecisiete años me devuelve la mirada y juro por Dios que odio la idea de aceptar que ese pobre tipo soy yo.
Me acerco más al espejo, tratando de ver más detalladamente mis defectos: tengo el cabello alborotado y más largo de lo acostumbrado; debería ir a hacerme un corte en estos días porque peinarlo se está volviendo una tarea imposible. Mis ojos, que por alguna razón están rojos, tienen ojeras debajo de ellos. Mi piel es demasiado pálida, lo cual estaría bien si eso no permitiera aún más la visibilidad de mis granitos. Acaba de salirme uno en la barbilla, me pregunto por qué siguen apareciendo como si tuviera quince años y no diecisiete.
Me echo una última mirada y trato de hacer la mejor sonrisa al reflejo. Ese se convierte en mi primer fracaso del día.
—Siéntete bien contigo mismo —le digo a la persona al otro lado del espejo—, porque con esa cara vas a vivir por el resto de tu vida.
¡Ja–ja! Como si esa idea fuera muy motivadora.
Voy bajando las escaleras con sumo cuidado, tratando de tardarme más de lo necesario solo para molestar a la persona que ahora toca con insistencia el timbre. ¿Qué le pasa? ¿Es que acaso alguien se está muriendo? Ruedo los ojos, en verdad espero que haberme despertado temprano valga la pena.
Cuando estoy frente a la puerta con el picaporte en la mano, me tomo unos segundos para lograr un gesto amenazante pero ¿a quién quiero engañar? Probablemente tengo cara de estreñimiento. Abro la puerta muy despacio con el sol pegando con fuerza el frente de mi casa.
Me cuesta un poco adaptar mis ojos al brillo del día, entonces debo parpadear repetidas veces hasta que la silueta de una persona se va haciendo nítida. Reconozco entonces al chico con ojos de un tono difícil de describir porque, a ver, tiene como tres colores y todos varían dependiendo del ángulo en que los veas: a veces son azules con un pequeño círculo ámbar rodeando la pupila, pero también parecen verdes cuando ambos colores se combinan al estar expuestos a la luz; en otras ocasiones lucen de un color gris asombroso…
Podría tardar toda una vida tratando de nombrar el color exacto de sus ojos, así que me concentro mejor en su sonrisa –esa que casi siempre me pone de buen humor– que me permite admirar el hoyuelo en su mejilla y que abarca gran parte de su cara, con pecas esparcidas por su nariz y mejillas sonrosadas.
Dios, claro que valió la pena levantarme temprano.
Ver a Damián con el cabello alborotado es todo un espectáculo, sobre todo porque siempre lo lleva pulcramente peinado hacia un lado con una pequeña onda producida por su flequillo. Los rayos de sol sobre su persona le dan un aura tan celestial que no puedo evitar quedarme con la boca abierta admirándolo.
Cuando tenía catorce años –en esa etapa oscura de la secundaria–, solía creer que ser el mejor amigo de Damián de la Cueva Domínguez era una desgracia. Estar a la sombra de alguien a quien quieres tanto es… bueno, una mierda, sobre todo porque, por más que quieras alejarte de él, no puedes hacerlo.
Jamás podría alejarme de él sin romperme el corazón yo mismo.
Mi mal humor matutino me tienta a cerrarle la puerta en su perfecta cara bonita, pero su sonrisa me lo impide, así que, resignado, solo me hago a un lado para dejarlo pasar y mis ojos lo siguen hasta la sala, donde lo veo sentarse en uno de los sillones.
Agradezco a los Cielos que no haya sido ninguno de los vecinos quien vino a hacer esta visita poco esperada porque no a todos les hubiera gustado encontrarme solo en bóxer. A Damián parece no importarle, es la magia de tener su amistad desde la infancia.
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Editado: 25.05.2026