No me permito pensar demasiado sobre lo que estoy a punto de hacer cuando atravieso la puerta de la tienda de juegos y videos; si lo reflexiono de más, no me cabe duda de que mi cabeza me va a convencer de volver a entrar, rentar la película e irme como un perro con la cola entre las patas, así que me obligo a dar un paso a la vez, un pie delante del otro.
Conforme camino hacia Alina, los pasos se van haciendo más difíciles de dar y pareciera que la distancia se va haciendo larguísima, como si en realidad no estuviera avanzando nada, aunque eso puede ser real, pude hacerme quedado pegado en un solo lugar sin darme cuenta. Pero no, sé que estoy más cerca de ella porque mi corazón va a una velocidad increíble. Si un doctor escuchara mis latidos, tal vez pensaría que estoy sufriendo un paro cardiaco.
Estoy a solo un metro de distancia de Alina. Me detengo. Mis manos hormiguean y siento que podría desmayarme en cualquier momento. Me pellizco el brazo. «Nada malo va a pasarte, es solo una chica», me digo, y después: «Sí, es solo una chica. ¡PERO ESA CHICA ES ALINA, DE QUIEN LLEVAS ENAMORADO COMO OCHO AÑOS!».
Las voces de mi mente no ayudan; necesito dejar de pensar. Recuerdo mis años en la secundaria, cuando la maestra de matemáticas me dio unos consejos para tranquilizar mi respiración cuando tuve un ataque de ansiedad en medio de su examen, pero nunca aprendí a hacerlo. Jamás aprendí a ser consciente de cada una de mis respiraciones.
Estoy entrando en pánico, no tengo duda. Y ella está ahí, por Dios. Alina está ahí en frente con su teléfono, sin darse cuenta de mi miserable existencia.
Esa es una ventaja, puedo darme la vuelta y fingir que nada ha pasado. Lo hago, pero me encuentro con Damián, quien me observa desde la puerta de la tienda. Me hace un gesto con sus manos indicando que baje la velocidad de mi respiración. «Inhala y exhala», dicen sus labios en silencio. Sigo su consejo.
Inhala… Exhala.
Otra vez. Inhala… Exhala
Otra más. Inhala… Exhala.
No sé si es la respiración o saber que Damián me está apoyando a lo lejos, pero vuelvo a darme la vuelta. Alina sigue sentada en la banca, solo que sus ojos ya no están sobre su teléfono, sino en mí. Me mira con el mismo gesto que si fuera un bicho raro –probablemente lo soy para ella– y mis mejillas se ponen rojas, rojas, rojas. Me quedo con la boca abierta porque de pronto mi cerebro olvidó todos los posibles saludos.
—¿Hola? —en su voz suena una duda, como si no supiera si debe saludar o alejarse.
—Ho-hola —logro decir. Siento mucho calor en mi cara y en todas partes.
—¿Te encuentras bien?
A decir verdad, no. Estoy a punto de sufrir un colapso. No puedo decir eso, ¿verdad? Mi cerebro está más lento para pensar una respuesta que de costumbre.
—Sí —le respondo con una risita desesperada.— Es solo el calor. Me afecta la humedad de la tierra —y me echo aire en la cara con mis manos, como si lo que dije no fuera ya de por sí los más extraño de la historia.
Doy vergüenza, lo puedo asegurar.
Y Alina sigue ahí, no se ha ido a otro lugar ni aunque le parezca raro. «Ese es un avance», me animo.
—Okay… —vuelve la atención a su teléfono.
Me quedo parado ahí, viendo la velocidad con la que sus dedos escriben algo. No quiero parecer un descarado ni un acosador, pero me permito apreciarla un momento.
Sus piernas, cortas y rechonchas quedan a la vista por su vestido primaveral rosado con pequeñas flores blancas, que combina a la perfección con los pétalos de las bugambilias sobre nuestras cabezas. Su bolso, uno pequeño blanco donde apenas cabe su teléfono, un monedero y algo de maquillaje, está estratégicamente sobre sus muslos cruzados, a la altura perfecta para cubrir su vientre que nunca ha sido del todo plano. Su postura es recta, la hace parecer de la realeza. Y su piel… esa piel morena que ha adquirido un nuevo brillo resultado del último fin de semanas tomando el sol en una playa extranjera.
Recuerdo aquella vez que fui al zoológico con mis padres y hermana. Estábamos cerca del espacio donde descansaban las jirafas. Era la primera vez que veía una y mi curiosidad me imploraba acercarme a una para darle la comida que habíamos comprado para ellas, pero me daba miedo acercarme a una criatura tan magnífica. Es una pésima comparación, pero así me siento ahorita; por más ganas que tengo de acercarme a ella, el miedo es más grande. La imagino como alguien lejana y a un altura inalcanzable.
Ya no sé cuál sería un fracaso más grande: si retirarme ahora o quedarme contemplándola. Y como ya no puedo quedar peor, carraspeo para llamar su atención. Por un momento creo que no me escucha porque no deja de ver su teléfono, pero cuando estoy a punto de volver a llamar su atención me mira con una sonrisa.
—Lo siento, soy una maleducada —se hace a un lado para dejarme espacio en el banco y con su mano hace una seña para que me siente junto a ella— ¿Cómo te fue en el descanso, Nicolás?
Su cambio de humor, de indiferente a aparentemente interesada, me aturde un poco y por eso solo atino a responder, pero no a sentarme a su lado.
—Aburrido —me balanceo con mis pies adelante y atrás, tratando de buscar una respuesta que parezca aunque sea un poco interesante.— Salí con Damián, solo eso.
Recurrir a mencionar a mi amigo en una conversación es un viejo truco mío y surte efecto sobre todo con las mujeres. Todo aquel ser femenino que escucha el nombre del castaño se interesa mágicamente en la plática. Es un arma de doble filo, lo sé, pero es tanta mi costumbre de hacerlo que no pude evitarlo.
La sonrisa de Alina se vuelve más suave.
—Damián —lo que sale de su boca no es un suspiro, pero casi— ¿Cómo está?
—Está bien —me tallo el brazo como pretexto para limpiar el sudor de las manos.— Está aquí, de hecho y luego invento. Íbamos a ir a comer un helado, por si gustas unirte.
Ya casi puedo saborear su respuesta, pero antes de obtenerla alguien detrás de mí la interrumpe, haciendo que mis hombros se tensen y me ponga en estado de alerta máxima.
#4807 en Novela romántica
#242 en Joven Adulto
boyslove, boys love bl romance, friendstolovers grumpyxsunshine
Editado: 25.05.2026