La historia de mi vida –o al menos la parte interesante– empieza gracias a un campamento de verano para personas con problemas para relacionarse con su entorno.
Si me preguntan, yo no considero tener problemas para socializar. No fue un problema para mí hacerme amigo de Damián e intercambiar palabras con uno que otro compañero de la escuela. El caso es, sobre todo, que no me interesa entablar una relación estrecha con alguien irrelevante en mi vida.
Mis papás no pensaban así, por supuesto. Ellos fueron rey y reina de la primavera en sus años de estudiantes y están llenos de amigos en Villa de los Fundadores y en las ciudades vecinas. Mi hermana mayor, siendo igual que ellos, gozaba de una vida exitosa rodeada de un montón de gente igual de exitosa y siendo al mismo tiempo uno de los mejores promedios en la escuela.
Resultaba casi obvio que el hijo menor debía ser la decepción de la familia.
Hablaron conmigo durante una noche en la cena y fue la primera vez que los escuché expresar en voz alta su preocupación por mí, de las necesidades del ser humano por convivir y crear vínculos para llevar una vida sana.
—Yo convivo —les dije aquella vez—. Juego por las tardes con Damián.
Y nadie más que él.
Para mis padres Damián no era suficiente. Querían más amigos para mí.
Yo trataba de argumentar que no necesitaba más amigos, que Damián era suficiente, siempre lo ha sido. Pero nada hizo que los convenciera. Incluso llegaron a pensar que mi amistad con Damián era dañina porque, según ellos, no me permitía acercarme a otros niños. Tremenda tontería.
Como era de esperarse, no hicieron caso de mis berrinches, gritos y promesas por dejarlos de querer, unas semanas antes de aquel verano me inscribieron al campamento donde pasaría tres semanas de mi vida encerrado con quién sabe cuántos niños iguales a mí.
La tarde anterior a mi viaje al campamento me despedí de Damián. Los dos lloramos mientras nos abrazábamos, con mis padres esperándome ya dentro del auto estacionado afuera de la casa de mi amigo.
—No quiero otro amigo —ni siquiera me daba pena estar mojando su playera de lágrimas y mocos—. Te quiero solo a ti.
—No digas eso —me tomó por los hombros para que lo viera. Se limpió una lágrima antes de volver a hablar—. Haz nuevas amistades, no importa. Siempre vamos a ser mejores amigos.
—¿Siempre? —le pregunté.
—Sí, siempre
Y aunque el campamento se veía prometedor en los folletos, conmigo fallaron.
No era feo el espacio donde pasaría las próximas tres semanas, de hecho, era un lugar hermoso. En la entrada había una pequeña casa donde unos señores nos daban la bienvenida y me pidieron dejar todas mis cosas de valor. A lo lejos se veían dos grupos de cabañas, tres de ellas para los niños, otras tres para las niñas. Cada una de ellas era compartida por catorce personas. En medio se encontraba un gran campo. Más allá estaba el comedor y las bancas.
Recuerdo haberme despedido de mis padres con lágrimas en los ojos, esperando que mi sensibilidad los conmoviera y me llevaran de regreso a casa. No funcionó.
Apenas terminaba la primera semana en campamento y pensaba que no podía existir una tortura más grande. Mis compañeros eran insoportables, los que no se la pasaban llorando estaban demasiado ocupados destruyendo todo lo que tocaban. No era capaz de comprender a mis padres, si vieran lo inestables que eran los niños de este campamento hubieran estado orgullosos de tener un hijo callado.
Un día aburrido intenté acercarme a un grupo de niñas de mi edad trenzando su cabello en el césped, me senté frente a ellas y las contemplé sin abrir la boca para no interrumpir su momento. Algo en mí debió incomodarlas, porque después de un rato se pararon y me dejaron ahí sentado.
Comprendí que tratar de encajar con las mujeres era todavía más difícil que con los hombres. Aquello apenas me hizo sentir mal, no tenía en mente enamorarme de una niña porque me resultaban asquerosas las muestras de afecto, como las que veía sin querer entre mi hermana y su novio. Mientras las veía alejarse juré nunca volver a acercarme a una niña y que pasaría el resto de mi vida soltero.
Rompí la mitad de ese juramento el verano siguiente.
Al siguiente año ni siquiera hice el intento de protestar para que no me llevaran a la cárcel disfrazada de campamento, simplemente me despedí de Damián –sin lágrimas esa vez– arreglé mi maleta y me preparé para un viaje de una hora y media a la ciudad vecina, donde estaba ubicado el campamento.
Durante todo el camino escuché a mi hermana Julie, de casi veinte años, hablar sobre su novio y sus planes para casarse con él cuando ambos tuvieran la edad suficiente. Tan harto me tenía de escucharla que llegué a considerar el campamento una bendición.
Cuando llegué, me di cuenta de que algunos de los niños del año anterior ya no irían a ese ciclo, pues los moderadores les habían otorgado la medalla de graduación por haber cumplido con los requisitos para ser “niños sociables” y sus fotografías colgaban de la cabaña principal como reconocimiento. No fue ninguna sorpresa cuando a mis padres les sugirieron que regresara un verano más.
La primera semana nada cambió, no hablaba con nadie y los demás fingían que era invisible, aunque esa vez había una niña que deseaba hacerme la competencia por recibir el título del más solitario.
Los asesores comenzaron a suponer que esa niña y yo nos entenderíamos bien si nos ponían en todas las actividades juntos.
Creo que tuvieron razón, pues pronto la chica y yo comenzamos a compartir nuestros descansos, intercambiábamos comida y nos reíamos juntos.
Esto es lo que sabía de ella: se llamaba Alina y era un año mayor que yo. Su padre la había metido al campamento para que aprendiera a vivir sin lujos, o eso decían los rumores. También me informó que pronto dejaría la escuela privada para integrarse a la pública, justo donde yo estudiaba.
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Editado: 25.05.2026