Para sorpresa de todos, –incluida la mía–, el lunes por la mañana me despierto temprano para ir a la escuela. Desde que Julie y Santiago son los encargados de cuidarme mientras mamá y papá están en su viaje de trabajo, no me queda de otra más que levantarme por mi cuenta, sin tener a mamá y sus visitas a mi habitación cada cinco minutos para que no vuelva quedarme dormido.
La luz de la mañana se filtra por las cortinas de mi ventana; esa luz es suficiente para buscar mi uniforme entre un montón de ropa desperdigada por todos lados: mi escritorio y su silla, en los cajones abiertos y debajo de la cama. A este paso voy a ganar un retardo y otro para Damián si se queda esperándome en nuestro punto de siempre.
Cuando encuentro todas las prendas de mi uniforme –pantalones azul oscuro, camisa blanca, chaleco y un saco del mismo color del pantalón. Ah, y una bonita corbata roja–, me pongo todo con arrugas y me miro en el espejo del ropero. Nunca me ha gustado este uniforme ni cómo me queda. Parece sacado de una escuela de niños ricos y yo no parezco ni de lejos uno. Más bien, como dijo Matías, parezco un vagabundo con este cabello, pero no tengo remedio. Al final lo único que hago es mover los mechones a un lado con agresividad para que no me tape los ojos.
Alguien toca el timbre de la entrada.
—Bajo en un momento —le grito a Damián desde mi ventana. Al escuchar mi voz levanta la cabeza para verme asomado en el segundo piso, solo me enseña su pulgar arriba.
Lavo mis dientes rápido y tomo mi mochila cuando salgo de mi cuarto para dirigirme al de Julie. La muy suertuda está dormida tapada hasta la cabeza con su cobija y babeando su almohada; a su lado, su esposo descansa un brazo sobre la cintura de ella. Ha sido una pesadilla soportar a ambos y sus constantes cursilerías mientras mis papás no están.
—Julie —susurro cerca de su oído. Sacudo su hombro cuando noto que no me escucha—. Julie, despierta.
Pero nada hace que se despierte. En ese aspecto me parezco a ella.
Alguien se mueve a su lado y se talla los ojos.
—¿Nicolás? ¿Qué pasa?
Me alejo de mi hermana; su esposo se sienta en la cama y me observa. Es un poquito raro que, incluso cuando lo acabo de despertar, me regale una de sus sonrisas amables.
—Necesito dinero para comprar mi desayuno —le susurro.
—Claro —bosteza—. Busca el dinero en el cajón de enfrente.
Camino hacia el cajón señalado y lo abro, dejando mi mochila en el suelo. Decido que mi peor error del día será haber revuelto las cosas que había ahí y haber encontrado una caja de condones medio vacía. Hago una mueca de asco tratando de ignorarlos mientras sigo buscando.
Intento salir lo más rápido que puedo cuando tengo el dinero entre mis manos y eliminar de mi mente la idea de mi hermana y mi cuñado teniendo sexo cuando me voy a la escuela.
—¿Nico? —me llama Santiago— ¿No olvidas algo?
—No voy a besar tu mejilla para despedirme —quiero agregar «ni aunque me trates como si fuera tu hermano menor».
—Tu mochila —señala—. Vas a ocuparla para las clases.
—Claro —respondo, me agacho para tomarla y colgarla de nuevo sobre mi hombro—. Adiós, Santiago.
—Ten un día magnífico, colega —dice antes de volver a acostarse y cerrar los ojos.
Bajo las escaleras lo más rápido que me permiten mis pies; antes de abrir la puerta, trato de peinar mi cabello sin éxito alguno.
Al otro lado del umbral de la entrada Damián me espera con un paraguas en la mano; miro el cielo instintivamente: aunque está un poco gris, no hay signos aparentes de lluvia. Mi amigo parece darse cuenta de mi confusión y se encoge de hombros.
—Mi mamá me obligó a traerlo, por si acaso —me dice.
Imito su gesto de encoger los hombros antes de comenzar a caminar hombro con hombro en silencio. Llevamos ya una buena parte del recorrido cuando escucho a Damián soltar una risita y negar con la cabeza.
—Tienes pasta de dientes en tu barbilla.
Antes de poder limpiarme yo mismo, Damián se interpone en mi camino. Estamos frente a frente, aunque debo bajar apenas unos centímetros la mirada para ver esa sonrisa tierna dibujada en sus labios. Sus ojos brillan de un color verde único un segundo antes de enfocarse en mi barbilla, donde está la mancha de la pasta de dientes. Sus dedos, suaves contra mi piel, limpian la zona con cuidado, siendo apenas un roce.
Si se tratara de otra persona, me hubiera alejado de su tacto a la velocidad de la luz, pero hay cierta confianza con Damián… No lo sé, su cercanía lejos de incomodarme me hace sentir seguro, confiado.
Me permito disfrutar unos segundo extras de su proximidad aunque ya terminó de limpiarme. Siempre he dicho que sus pecas son como estrellas en su cara y que sus padres, al intuir que su hijo sería gran admirador del cielo, lo crearon con esos ojos imposibles de ignorar cuando adquieren el color del cielo en primavera.
Su cabello castaño, perfectamente acomodado hacia atrás, luce tan suave que me dan ganas de tomarlo y acariciarlo por horas y horas. Todo en él irradia luz.
Bajo la mirada para encontrarme con su uniforme impecable con todo en su sitio.
—Te ves bien hoy, pecoso.
Un leve rojo tiñe sus mejillas.
—Tú también te ves bien —es mentira, lo sé, pero Damián tiene la magia de hacer parecer sus palabras como verdades.
Seguimos caminando hasta que unas cuadras antes de llegar a la preparatoria empiezan a caer las primeras gotas de lluvia.
—Mierda —murmuro.
—Compartimos mi paraguas —ni siquiera se molesta en decir «te lo dije», solo extiende el artefacto y se pega más a mí hasta que debo enrollar mi brazo con el suyo para que su paraguas nos cubra a ambos.
Nuestros compañeros de la escuela empiezan a aparecer en nuestro campo de visión hasta que nos aproximamos a la preparatoria. En la entrada dos guardias custodian las puerta; el precio para poder pasar a las aulas es simple para algunos, un reto para los desorganizados como yo: solo debemos llevar el uniforme completo y ordenado, o al menos eso aplica los lunes, pues son los días obligatorios para portarlo. El resto de la semana somos libres de llevar cualquier cosa que nos dé la gana, así que los guardias solo están ahí el resto de la semana para decir «Buenos días» sin mucha emoción en su cara.
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Editado: 25.05.2026