Como Liz lo sugiere, saliendo de la escuela vamos a buscar la revista a la tienda del Centro. Esta vez, al cruzar la puerta, nos recibe el anciano regordete que solía ser amigo del papá de Damián.
Hablamos con él un rato de la escuela y el futuro prometedor que nos espera a ambos por ser buenos chicos. Este día especialmente siento la desesperación de huir del señor Rogelio para ir al fondo de la tienda donde me esperan las revistas. Ni siquiera me permito pensar en el pretexto que le diré para que no piense mal de mí por comprar semejante farsa.
Espero inquieto a lado de mi amigo mientras me oigo contestar vagamente las preguntas del dueño: ¿Me va bien en la escuela? Sí. ¿Ya sabía qué voy a estudiar en la universidad? No, ni la menor idea. ¿Cómo nos va con el equipo de béisbol? Ya no juego en el equipo, señor Rogelio. ¿Y las novias? ¿Cómo los trata la vida amorosa?
Damián y yo intercambiamos miradas ante esas dos últimas preguntas. Yo hago una mueca de incomodidad. Quiero decirle al anciano frente a nosotros «N
i siquiera mis papás saben sobre mi vida amorosa, ¿por qué le diría a usted?», y después… me doy cuenta de que tampoco tengo una vida amorosa que ocultar, así que me encojo de hombros. El castaño se rasca la nuca sin ganas de contestar. Los dos sabemos que, aunque nos pregunta a los dos, en realidad se dirige a él.
—¿Siguen solteros los dos? —nuestro silencio es respuesta suficiente—. Me cuesta creerlo, pero en ese caso… Chico, ¿conoces a mi nieta menor? —y le lanza una sonrisa cómplice a Damián.
No tengo tiempo de sentirme culpable, dejo atrás a Damián en esa plática sin sentido y camino a paso veloz al estante de revistas.
La busqué, busqué y busqué…
Pero la revista ya no está aquí.
El señor Rogelio había tirado todas las revistas viejas esa misma mañana.
Pasa una semana y mi decepción sigue pintada en mi cara. El plan fracasó antes siquiera de empezarlo.
Damián y Liz están tratando de levantar mi ánimo mientras comemos nuestro desayuno en una de las bancas de los jardines de la preparatoria. Quedan unos pocos minutos antes de que acabe el receso, pero todos continúan tratando de conseguir comida en la cafetería.
—Yo digo —interrumpe el silencio Liz, picando una fresa de un plato— que nosotros mismos podemos hacer los diez pasos. Damián puede ayudar con su experiencia para conquistar chicas.
El aludido se atraganta con su comida.
—No hago nada para conquistarlas —hace comillas con sus dedos en la última palabra, todavía intentando dejar de toser.
Y esa oración lejos de ayudar me deja peor. Si fuera como Damián –al menos una mínima parte– ni siquiera necesitaría un plan para conquistar a alguien, tan solo bastaría con ser él mismo.
Tenía mucho tiempo que no me sentía así, como Matías y sus seguidores suelen llamarme cuando estoy junto al pecoso: la sombra de Damián. Solía creer que el apodo era porque vamos a todos lados juntos. Donde él está, yo estoy. Y entonces él también es mi sombra, ¿no? Porque donde yo estoy, Damián está. Pero después entendí que yo soy su sombra porque me opaca adonde sea que vayamos.
No siempre me he tenido esos pensamientos. La luz interior de Damián me ha guiado más veces de las que me ha opacado, pero hoy… Hoy no es un buen día.
Liz sigue intentando sacar de la boca de Damián información suficiente para armar un plan picando su estómago para hacerlo reír. Si por ella fuera, inventaría un artefacto capaz de hacer hablar a mi amigo.
Yo sé que, por más que vuelva loca a las mujeres, el castaño es tan inexperto como yo en las relaciones amorosas. Diecisiete años y ni una novia, aunque tiene una lista extensa de mujeres a las que ha rechazado por motivos desconocidos.
Conclusión: Damián y yo, los eternos solteros.
Estar sentado en la banca con mis galletas sin comer se vuelve insoportable, así que me pongo tan rápido de pie que sobresalto a mis dos acompañantes y provoco que a Liz se le caiga un trozo de fruta al suelo.
—Voy a… —no sé a dónde ir, simplemente quiero pararme y caminar, distraerme— Voy a comprar un jugo a la cafetería.
Ignorando sus caras confundidas mientras observan mi jugo —que ni siquiera me he dignado a tocar— sobre la mesa, empiezo a caminar sin esperar su aprobación. Echo un vistazo detrás de mi espalda para ver a Damián a punto de levantarse y seguirme, pero se detiene. Casi puedo escuchar lo que está pensando: «No quiero dejarte solo mientras estás triste, pero respeto tu privacidad». Me dejan ir sin ninguna palabra.
Camino a paso lento con las manos metidas en los bolsillos de mi pantalón y la capucha de mi chamarra puesta. Me muevo como un zombie, me siento como uno. A veces, cuando camino y me visto así, mi hermana dice que me parezco a Norman, el chico de Gravity Falls que resulta ser un montón de gnomos. El recuerdo casi me hace sonreír.
En momentos como este, nadie se molesta en fingir interés por mí, ni mucho menos se acercan a intentar platicar conmigo para después voltearse y continuar hablando con Damián. Ahora, una piedra pequeña en el piso es mi única compañía; la pateo.
Aunque la soledad no me molesta, a veces me gusta imaginar una vida distinta, una donde las mujeres de mi edad me saludan con una risita coqueta saliendo de sus bocas y donde los maestros me dicen que soy un alumno encantador y ejemplar. Un mundo donde sobresalgo en algo positivo y no solo para ser ofendido. Aunque esa realidad suena prometedora, no me convence del todo.
¿Cómo podría manejar la atención de tantas personas todos los días de mi vida si apenas y puedo pararme a exponer frente a mis compañeros de clase?
Un empujón me saca de mis pensamientos. Se trata de un chico de primer año corriendo con dirección a la cafetería.
—Fíjate por dónde pasas —le grito.
No busco un pleito, solo trato de ayudarlo a tener cuidado para que al próximo que empuje por sus prisas no sea uno de los matones de la escuela. No quiero que una pobre criatura como él termine igual que yo.
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Editado: 05.06.2026