Cómo encontrar el amor en un solo paso

Capítulo 7: Una carta... ¿para mí?

Estar de nuevo bajo la amenaza de Matías me transporta a los oscuros años de la secundaría, y con ello a la paranoia, el miedo de revisar sobre mis espaldas y encontrar a Matías ahí, listo para atacar cuando menos me lo espero.

Sin embargo, cuando llego a mi casa ese día después de la escuela, me digo a mí mismo que sus palabras solo son promesas vacías. Matías nunca se ha atrevido a hacerme un daño real; la única vez que me golpeó fue realmente un accidente por culpa de sus amigos y desde ese entonces nunca ha atentado en contra de mi persona, pero… Me ha humillado en frente de toda la escuela, muchas veces, tantas que me cuesta recordar todas ellas.

Tal vez su forma de hacerme sufrir no implique agresiones físicas, eso no le hace falta porque, aunque intente negarlo, sí me afecta en otras partes, lugares que no alcanzan a verse y que yo ni siquiera conozco o no me atrevo a hacerlo.

Damián es el único que me ha visto encogerme de miedo frente a Matías; ante los demás trato de aparentar indiferencia, dibujo un escudo invisible en mi cara para que los demás no puedan notar mis debilidades porque, si las conocen, estoy seguro de que más de uno las usaría en mi contra.

O tal vez solo estoy siendo paranoico.

No hay nadie en mi casa cuando entro, no sé si es un alivio o una tortura, pero hacer la tarea se vuelve una buena distracción por el momento hasta que, como es de esperarse, mi mente vuelve donde mismo: Matías haciéndome sufrir de maneras inimaginables. Es muy creativo para las torturas, ni siquiera necesitaría ponerme las manos encima para dejarme en ridículo.

En la noche no puedo dormir, mi estómago es un desastre por los nervios, tanto que estoy a punto de levantarme en la madrugada para vomitar. No puedo hacer nada para que mi corazón baje su velocidad a pesar de hacer mis ejercicios de respiraciones profundas.

Una y otra vez me repito en un intento de convencerme que Matías no puede hacerme daño, no se atrevería.

La otra parte de mí me dice que, si el rubio ya era cruel sin haberme amenazado antes, ahora será mucho peor.

Con ese miedo instalado en mi sistema, tomo mi teléfono de la mesita de noche. Son las 2:05 de la mañana. No creo recibir una respuesta a esta hora, pero de todos modos envío a mi amigo una súplica:

Yo: Por favor, no te alejes de mí.

Para mi sorpresa, su respuesta llega unos minutos después:

Damián: Nunca <3

Me quedo mirando la pantalla un largo rato, leyendo ese único mensaje. Tengo la impresión de que, aunque los dos nos referimos a Matías y su promesa de hacerme daño cuando Damián no esté cerca, esa respuesta engloba algo más, un todo entre nosotros.

Solo por si acaso, especifico en otro mensaje:

Yo: Gracias. En serio, ese imbécil me tiene un poquito asustado

Una vez más, no tarda en contestar:

Damián: Descuida, yo te protejo. Siempre.

Yo: Jamás me voy a cansar de agradecerte <3

Damián: <3

Por más extraño que parezca, saber que Damián está ahí, al otro lado del teléfono, me tranquiliza. Un bostezo se escapa de mi boca e instintivamente me tallo los ojos en un intento de que el sueño se vaya.

Sé que Matías no vendría a casa a esta hora y, si lo hiciera, no podría entrar a lastimarme. A menos que Santiago y él hayan estado conspirando en mi contra mientras fingen que se odian…

¿Pero qué cosas estoy diciendo? Esa absurda idea debe ser producto del cansancio, sin duda alguna. De cualquier forma, todavía hay una pregunta que ronda por mi cabeza.

Yo: Qué haces despierto a esta hora???

Esta vez no recibo una respuesta de su parte, aunque en la pantalla del teléfono puedo ver el símbolo “...” que después desaparece. Me quedo viendo cómo aparecen y desaparecen esos tres puntos una infinidad de veces mientras escribe, pero el mensaje nunca llega. Después, como si no hubiera pasado nada, el texto junto a su foto de perfil me informa que ya no está en línea.

Tal vez se quedó dormido, me digo. Tal vez es hora de que yo también cierre los ojos e intente dormir. Dejo mi teléfono sobre la mesita de noche y le doy la espalda para encontrarme con el oso de peluche que me acompaña en mis noches de desvelo. Tenía mucho tiempo que no lo abrazo para quedarme dormido, pero tal vez hoy pueda brindarme la seguridad que necesito… Ni siquiera me da tiempo de recordarme lo infantil que debo parecer; cuando cierro los ojos, me quedo profundamente dormido.

Al otro día estoy muy irritable en el desayuno. Mi hermana y su esposo lo notan, pues no paran de hacerme preguntas a las que yo respondo poniendo de pretexto a la escuela y cómo se está poniendo más difícil –tampoco es una mentira–. Me planteo la posibilidad de hablar con Santiago, mi cuñado y hermano mayor del matón que me persigue, para pedirle que le ponga un alto a Matías, pero eso no va a funcionar. Si no le hace caso a sus papás mucho menos le hará a su hermano con quien mantiene una relación complicada.

Después de descartar la idea de fingir una enfermedad para no ir a clases y sin nada más que hacer, salgo de casa y empiezo a caminar al punto donde siempre me encuentro con Damián.

—Buenos días, me presento —extiende su mano y yo se la estrecho con una interrogante dibujada en la cara—. Soy Damián, su guardaespaldas personal.

Bueno, excelente servicio.

Eso, no es ninguna sorpresa, me saca una carcajada. Al menos alguien se toma con gracia que mi vida esté bajo amenaza. Le doy una palmadita en el hombro y comienzo a caminar con dirección a la preparatoria.

—De acuerdo —le digo, dejándolo atrás por un momento—, el almuerzo corre por mi cuenta, entonces —y como veo que sus pasos son lentos, lo tomo del brazo izquierdo para apurarlo— ¡Vamos! Si caminas lento, vamos a llegar tarde a la primera hora.

—¡Como lo ordene, jefe! me responde con un saludo militar. Ruedo los ojos, pero me es imposible contener mi sonrisa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.