Como subapartado, el paso 0.5 asignado por la muy creativa Liz consiste en tener mejor apariencia física y, para conseguirlo, es necesario comprar ropa más adecuada y moderna, según palabras de las dos mujeres del Club de los corazones no correspondidos.
La noche anterior ninguno de los presentes se había sorprendido cuando me negué a la idea de gastar un solo centavo en ropa que ni de chiste voy a usar en un día normal porque, si en esta vida existen actividades que odio hacer, ir a una de las ciudades que rodean Villa de los Fundadores para comprar ropa y zapatos es una de ellas.
Además, me duele gastar todos mis ahorros, llámenme codo o tacaño, si quieren.
—No es necesario que uses trajes o algo elegante, Nicolás —se asegura de aclararme Julie rodando los ojos—. Compra ropa de tu estilo, pero más bonita. Dale un toque especial sin perder tu esencia.
—Exacto —concuerda Liz—. Apuesto que un estilo de dark academy o grunge te quedaría espectacular.
Por supuesto, no entiendo ni la mitad de las cosas que dicen y tampoco tengo la menor idea de cómo voy a llegar a las tiendas preguntando por esos estilos. «Disculpe, ¿tiene alguna playera dark academy y unos pantalones grunge?» ¿Son acaso una nueva marca de ropa?
La verdad, sigo prefiriendo mil veces ir a la Plaza del Centro y comprar ropa de segunda mano.
Para mi suerte –porque la vida no te castiga tanto en una sola ocasión– Damián es el asignado para acompañarme a una de las plazas más grandes de Ciudad de las Flores y buscar cualesquiera que sean esos estilos mencionados por Liz. Para ello, partiremos en las primeras horas de la tarde en un autobús, después de que el entrenamiento de béisbol de Damián termine.
Tiene mucho tiempo que dejé de ser partícipe de los entrenamientos como jugador del equipo, pero cuando el entrenador solicita mi presencia para tomar fotografías del equipo con mi teléfono, siempre acudo usando mi gorra y la camiseta con un gran número siete junto con el apellido de Damián en la parte de atrás, misma que me regaló varios años atrás para que la gente sepa que voy a apoyarlo a él.
El fin de semana parece tranquilo por toda Villa de los Fundadores. El sol de primavera cae sobre las cabezas de todos aquellos que osan salir de sus casas. El clima perfecto para pasar unos momentos tranquilos sumergidos en las aguas del curso bajo del río y, para las personas aventureras, subir hasta la montaña para apreciar la caída de la cascada antes del anochecer. Ese sería mi plan para este sábado si no tuviera que encargarme de mi vestimenta.
Sentado en una banca en las gradas, veo cómo el entrenador llama al equipo para reunirse en círculo antes de irse. Mientras el instructor les habla, decido acercarme para tomar una foto del equipo agrupado. Los veo juntar sus manos en el centro a la vez que todos gritan «UN, DOS, TRES, LOBOS GRISES», seguido de un aullido para nada afinado al mismo tiempo que levantan las manos.
Capturo ese momento exacto y ya casi puedo imaginar el encabezado del periódico de la próxima semana: «El equipo local se prepara para su próximo encuentro de la temporada».
Cuando termina de despedirse de sus colegas, Damián me alcanza en las gradas y nos encaminamos a la estación de autobuses cerca del parque del centro. Mientras caminamos, la gorra cubre mis ojos del sol abrasador, el calor se cuela hasta mis huesos, pero no es suficiente razón para quitarme mi sudadera. Mi acompañante, en cambio, lleva su camiseta del equipo con los botones abiertos, dejando a la vista una playera sin mangas color blanca, al igual que su piel bronceada y apenas el inicio de los pequeños –pero más notables que los inexistentes míos– músculos de sus brazos.
Hay silencio entre nosotros, cosa poco usual aunque lo atribuyo a que Damián está tratando de retomar sus energías después del entrenamiento bajo la gran esfera de calor. Por un momento, me concentro en ver cómo una gota de sudor cae desde el nacimiento de su cabello hasta perderse unos centímetros por encima de su clavícula.
Tal vez, algún día, una fotografía de Damián sea parte de una exposición en un museo y yo, lo tengo por seguro, seré su más grande admirador.
Cuando me descubre mirándolo, frunce el ceño con una pregunta dibujada en su rostro, mientras yo solo me limito a guiñarle el ojo y seguir caminando con las manos metidas en el bolsillo de mi sudadera, no sin antes notar el rubor que cubre sus mejillas.
Casi no hay nadie dentro del autobús, por lo que tenemos la libertad de escoger cualquiera de los lugares; al final, nos decidimos por unos que quedan en medio y, aunque prefiero el lugar junto a la ventana, le cedo el lugar a mi amigo para que pueda contemplar el paisaje del trayecto.
El autobús arranca, lento al principio mientras cruzamos las calles de Villa y empieza a recobrar velocidad cuando el verde de los árboles es sustituido por los edificios grises de la ciudad cercana.
—Mira, Nico —señala más allá de la ventana, hacia el cielo—. El cielo aquí se ve más nublado que en Villa, hay más nubes por la contaminación de la ciudad.
—Es una pena —le digo—. El cielo despejado es asombroso.
—Cualquier cielo lo es, no deja de ser magnífico aunque sea gris. Incluso en lo que la gente llama feo hay cierta atracción— su voz es suave, pausada y relajada, mientras que su cara está embelesada en el exterior.
Dios, desearía que todos tuvieran la fortuna de ver el color que adquieren los ojos de Damián cuando contempla el cielo. Es un acontecimiento tan único como los son los eclipses o las lluvias de estrellas, y pensar que Damián tiene el cielo en los ojos me hace sonreír.
—En mi vida solo existen dos maravillas, ¿sabes? —continúa, sus ojos buscan mi mirada—. Una de ellas es el cielo en cualquiera de sus estados.
—¿Cuál es la segunda? —le pregunto con interés.
Lo único que consigo de su parte es un encogimiento de hombros, luego se voltea a otro lado.
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Editado: 05.06.2026