Cómo encontrar el amor en un solo paso

Capítulo 11: Aviones de papel

Se me está haciendo costumbre eso de no dormir por las noches a causa de los nervios y las estúpidas mariposas en el estómago. En serio, sí así se siente el amor, entonces prefiero nunca más volver a enamorarme.

El lunes siguiente comenzamos el plan… o al menos una parte de él. Me levanto más temprano para arreglarme tal y como me explicó Liz hace unos días: me cepillo el cabello para deshacer los nudos, acomodo mi uniforme como debe ser y, cuando termino de desayunar, lavo mis dientes y aplico un poco de crema hidratante en mi cara. Como último paso antes de salir de casa, rocío mi cuerpo con la loción especial de papá.

Sin embargo… Alina no va ese día a clases y, al final, me dan ganas de salir corriendo en la última hora para gritar en medio del patio: «¿ES ACASO UNA SEÑAL, DIOS?».

Para cuando termina el lunes decido que, aunque esta sea una señal divina, no pienso hacerle caso. La vida está para cometer errores, ¿no? Y si este plan se convierte en el fallo más grande de mi existencia, al menos sabré que lo intenté.

El martes me despierto aún más temprano para buscar la ropa adecuada, sigo la misma rutina del día anterior y de todos modos, al verme en el espejo con el mejor aspecto que he tenido en años, las ojeras debajo de mis ojos revelaban parte del sacrificio que está siendo el plan.

—Te ves bien, hermano —me felicita Julie cuando bajo a desayunar.

—De hecho, bastante bien, muchacho— concuerda Santiago.

Sus cumplidos lo único que hacen es incomodarme. ¿Por qué solo hay palabras bonitas cuando estreno ropa y me peino, pero no todos los días? Tal vez solo estoy siendo dramático por la falta de sueño.

Sin embargo, cuando me encuentro con Damián en el mismo punto de siempre, me recibe con un movimiento de cabeza y con las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones. Su indiferencia, para mi sorpresa, me parece un alivio. Al acercarme a él, me doy cuenta de que él también tiene unas profundas ojeras, pero al menos su sonrisa vuelve a adornar su rostro, sus ojos otra vez llenos de ese brillo deslumbrante.

La calma que reina entre nosotros se acaba en cuanto cruzamos la puerta de nuestro salón. Liz, para sorpresa de todos, está ya en su lugar, esperando mi llegada con la mirada pegada a la puerta. A partir de ahí, suceden varias cosas en el transcurso de un minuto: primero, se quita los lentes y los limpia con su playera desaliñada para asegurarse de estar mirando lo correcto; después, parpadea repetidas veces como si estuviera en shock y no supiera cómo actuar a continuación.

Su mejor opción, al parecer, es ponerse a gritar como loca, lo que ocasiona que voltee sobre mis espaldas para comprobar que no haya una celebridad detrás de mí y esa sea la causa de tantos gritos; sin embargo, me doy cuenta de que todo el alboroto es gracias a mí, pues corre en mi dirección hasta enredar sus diminutos brazos alrededor de mi torso.

Mis compañeros de clase no hacen más que observar el espectáculo y cuchichear, cosa que me pone aún más incómodo.

—¡Santos pétalos de bugambilias! —chilla la de lentes— Luces como Timothée Chalamet en Lady Bird.

Ni siquiera me molesto en decirle que no tengo ni la menor idea de quién es ese tal Timothée Chalamet y que mucho menos he visto esa película. Mi única preocupación por el momento es separar su pequeña figura de mi cuerpo, pero sus brazos están fuertemente cruzados sobre mi cadera y su cabeza anclada a mi pecho. Damián se está riendo a mis espaldas por la escena, pero basta un solo movimiento de mi cabeza para que logre ver mi cara de pánico y acude de inmediato a mi ayuda para soltarme de Liz.

Mi amiga me mira con tal cara de orgullo que hace que algo en mi pecho duela. Tiene tanta emoción por el siempre hecho de verme vestido diferente, olvidando completamente que aún quedan los diez pasos por delante. Todos —Liz, Damián y Julie— me tienen demasiada fe. No hay ninguna duda en sus expresiones cuando hablamos del plan. El único inseguro soy yo y me pregunto si eso no será suficiente para fracasar.

Tener esa mentalidad negativa me salva de caer en la decepción cuando ese día, a la hora del receso, me cruzo con Alina y no le dirijo ni una sola mirada fugaz. Vuelvo a fallar en la salida, justo en el momento en que la veo hablando animadamente con su grupo de amigas. Ni siquiera me atrevo a pasar por su lado, sino que decido rodear toda la escuela para no correr el riesgo de cruzarme con ella. Damián y Liz –benditos sean– no me presionan en ningún momento, más bien se mantienen dándome ánimos en cada oportunidad desperdiciada, recordándome que la próxima vez lo lograré.

Se equivocaron, por supuesto. Ningún día de esa semana se convierte en el indicado. Y para sumar más problemas, Matías se ha empeñado en atravesarse en mi maldito camino cada vez que Alina está cerca, como si hubiera adivinado mi plan o estuviera vigilando de cerca a su exnovia para que nadie se le acerque. Su estúpida cara engreída me saluda con alegría, consciente de que me ha arruinado los planes.

Las tardes se vuelven un infierno. Con Damián trabajando por algunas tardes me resulta difícil pensar en algo más que no sean mis fracasos, sobre todo en la soledad de mi habitación.

Santiago, quien suele salir temprano del trabajo y goza del privilegio de poder trabajar desde casa, pasa parte de su tiempo libre tratando de sacarme algo de plática sin parecer muy insistente, pero pocas veces lo consigue. Al menos se encarga de alimentarme con cuanta comida chatarra se me antoje, aunque Julie le haya dicho miles de veces que debemos ser nutritivos.

Sin nada más que hacer, me inclino por buscar un pasatiempo para mis manos ansiosas, hasta que los videos de YouTube me llevan a la papiroflexia, arte que practiqué sin éxito alguno en los últimos años de la escuela primaria. Es así como acabo encerrado en mi cuarto, con la cara pegada a mi computadora y viendo tutoriales para hacer diferentes figuras de papel. Mi escritorio se convierte en un espacio lleno de formas de animales, aviones, corazones y demás. Para cuando Julie llega a casa, estoy tan despeinado que casi pega un grito en cuanto me ve en mi cama, alegando que parezco un loco salido de una película de terror.




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