Ahí estoy yo, parado como un idiota sin despegar mis ojos de Alina, viéndola leer otra vez el mensaje que Damián escribió para mí y nadie más. Por un momento deseo que la tierra me trague y no vuelva a dejarme salir a la superficie, porque incluso con esta distancia puedo notar cómo la piel de la morena adquiere un tinte rojizo en las mejillas, como si nadie le hubiera dirigido unas palabras así de hermosas.
¡Y santos pétalos de bugambilias! –o cómo sea que fuera esa frase loca de Liz–, pero la sonrisa que me dirige cunado nuestras miradas se encuentran de nuevo me dejan desarmado, totalmente vulnerable para que ella pueda hacerme lo que le plazca.
Detrás de mí, puedo escuchar a mis amigos contener sus propias respiraciones, atentos a cada movimiento mío o de Alina. ¿Sus mentes estarán entrando en crisis como la mía? Siento que todas las alarmas de mi organismo se encienden e incluso puedo imaginar a mis neuronas dando vueltas de un lado a otro y gritando como locas, intentando descifrar qué debo hacer a continuación.
La voz de Liz es bajísima cuando habla solo para mí:
—Es esta, Nico. Esta es tu oportunidad —el chillido que suelta después me pone los pelos de punta.
Y que me caiga un rayo si no lo es. Pasan unos larguísimos segundos en los que me dedico a imaginar la revista y los diez pasos en un vano intento por distraer a mi cerebro de la presencia de Alina más adelante. Cuento del uno al diez y hago una serie de respiraciones profundas antes de obligar a mis pies a moverse con dirección a la mesa de la morena.
Cuando doy los primeros pasos, me recuerdo tomar en cuenta los consejos de Damián sobre caminar correctamente, entonces me yergo en toda mi estatura y levanto la barbilla, luciendo desafiante ante aquellos que se cruzan en mi camino. No me inmuto cuando escucho a Liz soltar otro chillido emocionado y tampoco le presto atención a las palabras de aliento de Damián. Ahora, solo existe Alina, el espacio que nos separa y yo.
En todo momento mis ojos están sobre ella: en sus manos pequeñitas y el esmalte rosa de sus uñas, en su collar con un dije en forma de abeja, en sus zapatos con un poco de tacón… en todo menos en sus ojos.
Aun así, continúo dando pasos pequeños, rígidos al principio. Ignoro todo a mi alrededor, soy inmune a los ruidos de la cafetería y a las personas que entran y salen de ella.
En ese instante me siento poderoso, con casi todo el control de la situación, aunque casi se va por la borda cuando caigo en cuenta de que no sé qué voy a decirle una vez que llegue a la mesa. La primera idea que acude a mi cabeza es preguntar por la cámara en manos de su amiga, mostrarles mi interés en cualesquiera que sean las fotografías que hay en ella. Pero… no quiero parecer un nerd, ni siquiera sé cómo se usa ese aparato moderno, pues siempre he ocupado solamente la cámara de mi teléfono. ¿Y si digo algo que solo me dejaría en ridículo frente a ella y sus amigos?
De cualquier forma, ese es, en realidad, un buen pretexto para acercarme, por no decir que es el único que se me ocurre. Tal vez también me sirve para tener una plática con intereses en común y, de acuerdo con la revista, completar los primeros tres o cuatro pasos.
Tal vez esa es la manera de acercarme a ella, de recordarle los viejos tiempos en el campamento, de hacerle ver que siempre fui su amigo y que yo, por nada en el mundo, podría olvidar esos momentos, a ella.
Tal vez, después de volver a hablarle, me abra paso a su corazón.
Tal vez, tal vez, tal vez…
Tal vez si no hubiera estado tan encerrado en ese pequeño mundo de fantasía, si hubiera puesto más atención a mi alrededor, hubiera visto ese pie en medio de las bancas. Si no hubiera dejado mis ojos pegados a la sonrisa de Alina hubiera evitado tropezar con ese pie, y si no hubiera estado ocupado recitando en mi mente los pasos de la revista, mi cerebro habría procesado todo más rápido y no hubiera tratado de sostenerme de una bandeja llena de comida.
En un momento estoy caminando hacia Alina con toda la seguridad que tengo y, al siguiente segundo, estoy tirado en el suelo, con una bebida roja esparciéndose sobre mi ropa y un montón de comida sobre mi regazo. Puedo sentir el color ascendiendo por mi cara llena de vergüenza, que pronto se convierte en ira cuando descubro al dueño el pie.
Matías. Siempre el imbécil de Matías.
—¿Te caíste, Nicolás? —me pregunta en medio de risas. Sus amigos, el resto de los estúpidos beisbolistas, intenta aguantarse las carcajadas, sin éxito alguno.
Me pongo de pie con mi ropa clara ahora manchada de porquería. De pronto me imagino en una escena de esas películas malas de adolescentes, cuando una chica le tira un refresco en la cabeza a la otra y ella, al no soportar la pena, sale corriendo de la cafetería hasta los baños con lágrimas en los ojos.
Yo no me voy a permitir hacer eso. No sé cómo, pero voy a salir de esta desgracia con la cabeza en alto. Y, si muero, prometo convertirme en un alma en pena para merodear la casa de los Villa y jalarle los pies a Matías en la noche por el resto de su existencia.
—¿Qué diablos te pasa? —le rujo mostrando mis dientes. Jamás he escuchado mi voz tan molesta, ni tampoco he tenido el coraje de hablarle de esa forma a Matías.
Su sonrisa se ensancha al verme tan molesto.
—Solo te dejé como normalmente estás: lleno de mierda —se encoge de hombros, restándole importancia. Alrededor nuestro, un grupo de personas se reúnen y emiten una pequeña risa ante las palabras del rubio.
—Eres un imbécil —espeto, arrugando la nariz.
—Siempre dices eso Peter, búscate un nuevo insulto.
Se nota tan orgulloso por ser el centro de atención en la cafetería, por captar el interés de Alina quien, a su vez, mira todo a lo lejos, boquiabierta. Matías echa rápidos vistazos a la morena, como si quisiera demostrarle quién era el verdadero hombre aquí.
Sin poder evitarlo, le dirijo una mirada de soslayo a Alina para encontrarla cubriendo su boca con las manos, aún en la mesa donde había estado antes. Sé que ha sido testigo de mi caída y del ridículo que muy probablemente estoy haciendo justo ahora.
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Editado: 05.06.2026