Aunque a mis espaldas se encontraba un hombre que definitivamente no tenía nada que hacer aquí, justo en mi trayectoria visual divisé el objeto perdido. Sin embargo, no era el momento más adecuado para reflexionar sobre cómo había terminado ahí abajo.
Saliendo a gatas de debajo de la cama, tras haber dejado previamente el contrabando bien oculto en su sitio, recé a todos los dioses para que este incidente no entrara en la lista de los momentos más vergonzosos de mi vida, aunque me temo que ya era demasiado tarde.
Mientras me sacudía el polvo de las rodillas, recordé que, en ciertos ángulos, mi "pechonalidad" quedaba perfectamente expuesta, y no tenía la menor intención de desnudar mi alma antes del matrimonio. Así que me erguí lo más rápido posible e intenté, disimuladamente, acomodar la tela sobre mi pecho. No obstante, a juzgar por la intensa mirada de interés que sentía clavada en mí, comprendí de inmediato que el intento había sido un fracaso absoluto.
Bien, cuando el plan "A" falla, hay que recurrir al plan "B", que viene de la palabra "bofetada". ¡La mejor defensa es un buen ataque!
— ¡¿Y se puede saber qué se le ha perdido al Señor Primer Ministro en mi habitación, y encima entrando sin llamar?! Que me haya dejado encandilar un par de veces por su carita de ángel no significa que pueda venir ahora a hacer lo que le venga en gana.
— ¿Así que me considera encantador, Señorita Niñera?
¡¿Pero qué demonios acabo de soltar?! ¿Acaso eso se suponía que era un ataque?
— Bueno, ¿y a qué viene tanto sonrojo? —Cornelio dio un paso en mi dirección.
¿Pero por qué incluso en otro mundo tienen que existir los mismos clichés: el macho alfa y la ovejita inocente? ¡Aunque alto ahí! ¿Qué ovejita ni qué ocho cuartos? Yo soy una cabra testaruda, y no porque me gusten las lechugas, ni tampoco por haber nacido en el año de la cabra. Tengo cuernos, pero no de los que ponen los infieles; ¡los míos son cien veces más peligrosos!
— ¿Y qué es esa marca de carmín que llevas en el hombro?
— ¿Acaso estás celosa? —y me soltó una sonrisita de esas suyas.
— Tú no eres nadie para mí, ¿así que por qué iba a estar celosa? —resoplé en respuesta, imitando el gesto de una esposa ofendida.
No sé cómo se las arregló para acortar la distancia tan rápido, pero rodeándome la cintura con un brazo, ¡el muy caradura me plantó un dedo en la mejilla!
— ¡¿Pero bueno, qué te estás permitiendo?!
No, ¡es que de verdad! Nuestras relaciones estaban avanzando a un ritmo alarmante. ¡Incluso más rápido que el de las protagonistas de esas novelas de romances imprevistos!
— ¡Y para tu información, no me pongas las manos encima!
Mmh... ¿Cómo demonios había surgido el interés de este hombre hacia mí y qué beneficio sacaba de ello? Es que no me creo en absoluto que los verdaderos aristócratas puedan enamorarse de pobres plebeyas. Puede que Mikaella hubiera sido princesa antes, pero ahora no era nadie y su nombre no valía un pimiento. ¿Cuál era el truco?
— Linda, aquí traigo unos cuantos vestidos para que eli... —resonó desde la puerta.
¿Es que hoy era el Día Nacional de Entrar sin Llamar? ¿O acaso la aristocracia local tenía por costumbre semejante mala educación?
Y de nuevo la misma escena: yo allí parada, roja como un tomate, mientras ciertos descarados seguían en lo suyo como si nada. ¡Qué desorden! El cuerpo era mío, pero el que lo tocaba —y encima sin permiso— era él.
Justo cuando me disponía a apartar de un manotazo aquellas manos largas e impertinentes, me sujetaron de la muñeca y tiraron de mí. ¡Y esta vez no fue Cornelio!
— Disculpe, Vuestra Excelencia, pero le agradecería que abandonara la estancia. Mi querida sobrina necesita vestirse con ropa más adecuada, sobre todo para sostener una audiencia con usted —le espetó mi tía al primer ministro, ejerciendo más presión de la que aquel hombre aplicaba sobre mí.
— ¡Excelente! En ese caso la esperaré al otro lado de la puerta y la escoltaré personalmente.
— Se lo agradezco, pero Mikaella ya tiene acompañantes, ¿verdad, cielo?
Justo a tiempo, las niñas salieron del cuarto de baño, divisaron a su tío, evaluaron la situación y acudieron a mi rescate.
— Tí-í-o —alargó Ovidia—. ¿Y qué se te ha perdido por aquí?
Vesta, por su parte, corrió en dirección al quinto elemento sobrante y saltó sobre él con impulso. Por fortuna, el hombre atrapó a la niña al vuelo y la acomodó en sus brazos.
— ¡Tío, ven conmigo, que te quiero enseñar una cosa!
— Y yo los acompañaré, mientras Madame Vintelmand ayuda a Lady Mikaella.
Se marcharon, dejándonos a las dos a solas, pero la mujer no pronunció palabra. Me ayudó con la cremallera de un ligero vestido celeste. A decir verdad, me daba la impresión de que no me sentaría bien. Con los hombros descubiertos, una tela de tul vaporosa, una cola que arrastraba hasta el suelo, adornos de pedrería en la línea de los hombros y la cintura, y una abertura que subía hasta el muslo... parecía el atuendo de una hermosa hada o... de una mujer que parecía la personificación misma de la primavera.
¡Al cuerno! ¿Es que acaso le tenía tanta envidia a esa fantástica Míster Ideal?
— ¿No vas a reprocharme nada? —cambié el rumbo de mis pensamientos.
— ¿Por qué debería?
Es verdad, ¿qué había de malo? Un primer ministro con ínfulas de dueño de harén mostraba un interés injustificado hacia mí, pero a ella no parecía importarle en absoluto.
— Si te refieres a Cornelio, en ese asunto estoy tan indefensa como tú. Pero ten por seguro una cosa: si te llega a ofender aunque sea con una sola palabra, puedes darlo por muerto. ¡A mi pequeña no la va a pisotear nadie! Ni siquiera los dioses.
¿Los dioses?
— Pero lo mejor será que intentes distanciarte de él o que te hagas pasar por alguien aburrida. No me gustan nada los rumores que circulan sobre el linaje Mirium.
Y yo que pensaba que ella sería la primera y única persona que no me diría que me mantuviera alejada de él. Si alguien más venía a decirme lo mismo, no iba a poder contener la risa. Aunque pensándolo bien, lo más gracioso de todo sería que me lo dijera él mismo, a pesar de ser quien venía a buscarme. Lo confieso, la primera vez fui yo, pero las siguientes fue él quien vino por su propio pie. ¡Y encima sin ninguna razón de peso!
Editado: 25.06.2026